Proyecto Julia Lópes de Almeida 2

 

EL AGUA

 

Sin pelo, sin escamas y sin penas, somos los animales condenados para el exceso de placer del agua. Ella, que en el bautismo nos lava del pecado original, es la primera condición de vida. Fría o caliente, hizo dura la carne o quebrantándonos los nervios, es siempre a ella que debemos el mejor de los regalos: la limpieza.

Nos dice la historia que los pueblos de la edad media huían del agua como el diablo de la cruz, y que, mientras, otros más remotos tenían bañeras de profirió y termas deslumbrantes, donde iban a deleitar el cuerpo cansado del polvo y del aire.

Las bellas ruinas de Pompeya así lo atestiguan.

Ya tuve la aventura de equivocar mis delicados pasos de mujer distraída por los templos de Isis, de Júpiter y de Venus, de presionar con los pies las grandes piedras desiguales de las estrechísimas calles de la ciudad muerta, desolada, triste, elocuente en su mudez de tumba. Y cada caminata por entres las casas de oradores, poetas y filósofos, cuyos nombres retienen todavía hoy como campanas doradas en los viejos y carcomidos monumentos de la historia; cada pasada sobre los mosaicos o por entre las columnas de mármol del Fórum, de la Basílica, del teatro y de los templos, que de misteriosos secretos de extintas grandezas y serenísima fe, mis ojos ponían de manifiesto. Dentro de aquel cementerio, que más parece una leyenda viva, al doblar una esquina o al penetrar en el atrio de una casa lujosa, yo esperaba, de instante a instante, ver extendida para mí, caballerosamente, la mano patricia de un pompeyano ilustre: risa en los labios, túnica que arrastraba por el suelo, habla amable con ritmos de versos, en que ofreciera a mi cuerpo, cansado de recorrer toda la ciudad, desde su Puerta Marina y Fuente de la Abundancia hasta los últimos limites, el dulce reposos en un triclinio dorado, el sabor de las frutas más finas y de los más extraños licores. ¡Pero…! ¡Ay de mí! En medio de aquellas estrechísimas calles y de aquellas paredes derrumbadas en viva alma, a no ser, de lejos en lejos, quebrando lo poético respecto de lo loca, de algún guardia de gorra y galones en las mangas del abrigo…

En medio de las grandes cosas, conmueven muchas veces las pequeñas. Yo sabía que Pompeya tenía su pintura característica, y alegre los ojos viendo sobre el estuco rojo-oscuro, incluso negro, sus guirnaldas de flores, los finos arabescos serpenteando alrededor de las copas mimosas y de figuras gentiles, esa pintura de estilo tan original y delicado, que sedujo al propio Rafael —el más delicado artista de todos los tiempos —que la imitó— en la forma y en el color, en una de las galerías del Vaticano en Roma; oiría hablar y leería noticias, mosaicos esplendidos de Pompeya y de sus incomparables termas, pero no imagine nunca que el amor al agua hubiese sido enorme; y esa particularidades tan simples, tan de la obligación de toda la gente, se volvió luego simpático a mis ojos ese gran pueblo, extintos tanos años antes de haber nacido Cristo. Fue, por tanto, un pedazo de plomo torcido, miserable resto de un tuvo viejo, una de las cosas que más asombro me provocaron. Pompeya gastaba agua en abundancia: la canalización se extendía por todas las calles y todas las casas, con grifos igual a las de hoy, y había termas lujosas, con largos estanques, piscinas cristalinas, salones bien decorados. No bastándoles eso, todas las habitaciones tenían su atrio, sala sin techo, abierta al sol y a las aguas puras del cielo, que encontraban en el solo un depósito de mármol —el impluvium.

Roma, en su parte antigua, nos muestra también termas y más termas; desde las más deprimentes como las de Tito, que, si no vienen sin auxilio de las luces, hasta las de Caracala, donde en su tiempo de gloria habitaban estatuas celebres: Hércules, Farnesio Venus Calipígia, Flora y otras. Pero… ruinas, como las termas, solo vistas por artistas o por filósofos, historiadores o poetas, para que el saber y la imaginación reconstruyan lo que el tiempo y los hombres perversamente destruyen.

Decía yo que los pueblos de la edad media no imitaran a sus antepasados, y huían del agua como el diablo a la cruz… Felizmente, sin embargo, hubo grandes fiestas en todas las épocas y esas tuvieron siempre la fantasía extravagante… del baño.

Por desgracia, no les bastaba el agua ni el jabón aromático y espumoso. Unas se lavaban en leche de camella, como la mujer de Nerón, otras en jugo de frutillas aplastadas, que ablanda la piel y que alegra la vista; otras en agua (¡finalmente!) lluvia, como Diana de Poitiers; otras con agua destilada de miel de rosas, o con pasta de almendras bien disueltas, o con el jugo lechoso de las plantas verdes, o en vino de Málaga, como la amante de Alejandro I, de Rusia, o en infusiones de junquillos, nardos y jancitos, las flores de aroma embriagante y embriagador. María Antonieta, que hizo inventar una tina para su baño de la noche, se sumergía todas las mañanas en cocimiento de follaje de timo y de serpol.

En este nuestro Brasil, caliente y acérrimo, sobran plantas, cuya cocción daría baños olorosos. Pero para que, si los perfumistas ingleses y franceses nos mandan ya, transparentes y deliciosas, las más finas esencias, que, vertidas en agua o pulverizadas después en la piel, no dan el mismo gozo con mucho menor trabajo. Además de que, los cocimientos, desde que no sean prescritos por médicos, pueden ser peligrosos.

Para hacer el baño a la piel, esto es, vestirlas de un color suave y suavemente aterciopelado, juzgo bastante… el agua pura y un jabón delicado. En fin, para no ser avara, conceso que se eche en el baño un poco de agua de colonia.

Yo aconsejaría a todas las mujeres ricas, el lujo de mármol y metales en sus baños. Una mujer joven y hermosa (¿Cuál de ellas no se juzga así?) al enjuagar en agua caliente, que todo el cuerpo enlaza, lame, languidece, que dulces sueños proferiría, viendo por entre las pestañas cerradas los colores eternamente fugitivos de los mármoles y los reflejos de los vidrios y de los metales. Para la burguesa apresada o débil el caso que sea —la habitación del baño deberá ser sencilla, amplía y risueña. Una lona rodeaba ahí la tina, para que el agua no se pudriera el piso, si no había ladrillo; bastaba más un tapete para los pies, una silla con respaldo, perchas, un colgador de toallas, y, fijadas en la pared, cerca de la tina, y al alcance de la mano, la cesta de la esponja y la concha del jabón. Además de eso, un armario solido de mármol, las escobillas y el pulverizador, el porta ganchos, etc.

El agua es un elemento esencial de la vida y el principal factor de la salud humana. Una casa en que el filtro del aparejo sea bien tratado, y la habitación del baño diariamente frecuentado, atravesaran largos periodos de serenidad y de alegría.

 

Traducción: Sebastián Novajas 

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