Convocatoria: Camila Bustos. Narrativa

 

EL MONSTRUO DE LA NOCHE 

 

La noche me da miedo. Esconderme bajo el cubrecama como cuando era niña, ahora, no es opción.  Los monstruos de la noche, seres dentados, peludos y coloridos, que imaginaba en tiempos infantiles, se esfumaban en cuanto mi escudo textil entraba en acción. Pocos años después de aquellas batallas nocturnas, volví a encontrarme con monstruos, uno de ellos tomó forma humana, usaba plumón y pizarra. No me sirvió mi escudo en aquella ocasión.

Han pasado 11 años y todavía no logro armarme otra fortaleza para los miedos que llegan cuando el sol se va. Mi cabeza da vueltas en el segundo en que pongo un pelo en la almohada. Si no es la incertidumbre del juicio, la PDI y los abogados, son los sueños. Parece que no son sueños. Parece que son recuerdos que no pido revivir, pero que mi cuerpo sí. Son un castigo macabro e injustificado, en los que se sumerge sin previo aviso ni prudencia. De pronto estamos en escena. El monstruo barbudo y su lengua criminal. Mi cuerpo en su proceso de germinación y su crédulo enamoramiento. Ambos en un mismo cuadro que se repite noche a noche y que asquearía a cualquiera que mirara en mi cabeza. Ojalá alguien pudiera mirar en mi cabeza. Así por fin entenderían por qué el corazón se me sale por la garganta al llorar, por qué tengo mi cuerpo marcado y por qué despierto todos los días queriendo apagar mi vida.

Anoche mi cuerpo quiso castigarme otra vez y me llevó a esa casa donde todo mi mundo empezó a apolillarse. Sentí el frío que irradiaba el piso de cerámica clara en cuanto pasé el umbral de la puerta. La luz del ventanal del fondo me encandiló y me sentí presa de un cazador, que ahora sé, es experimentado. Toqué las plantas perfectamente dispuestas como escenografía del escenario que él había creado para aquella tarde. Olí la humedad. Al parecer esta casa no había sido habitada hace tiempo. Observé el pasillo que da a la escalera, tenía una alfombra gris y azul. Nunca subí los escalones. Estaba ahí otra vez y todo era igual. El blanco de las paredes con textura granizada, esa misma textura que sentiría en mi espalda desnuda unas horas después. Izquierda, derecha y al fondo: La Pieza. La pieza ajena y preparada. La pieza creada entre mis imaginarios y mis recuerdos. El verdadero escenario. Todo está en mi mente: la cama gigante, el cubrecama que me sorprendió porque era tan parecido al que tenía de niña, los veladores con pinta de asilo de ancianos, las maderas del techo con sus dibujos espeluznantes. ¿Por qué mierda no se me despegan estos detalles? Quizás si recuerdo con tanto detalle el juez me va a creer. ¡Han pasado 11 años, Magistrados, no se me ha olvidado!

Ojalá este recuerdo que me obliga a ver mi cabeza por las noches se detuviera ahí. Tengo algunas lagunas, pero también tengo imágenes estampadas a fuego en mis ojos. No sé cómo es que llegué a estar desnuda encima de ese cubrecama de motivo escocés con rayas azules y verdes, no sé cómo es que me encontré con el peso de su cuerpo sobre el mío, ese cuerpo que me doblaba los kilos, la experiencia y casi la edad, no sé en qué momento mi short rojo favorito se manchó y llevó su marca por siempre. No sé cómo llegué ahí, no sé mucho, no sabía mucho, pero sí, sí sé qué pasó en esa pieza asquerosa en la que probablemente hoy duermen tranquilos dos desconocidos, sin tener idea alguna de que la vida de una niña de 16 años se paralizó, exactamente ahí, para siempre.

Desperté con su olor asqueroso en mi cuerpo. Tengo náuseas y quiero vomitar. Quiero sacarme la piel porque estoy embetunada de sus células. Me restriego la piel tan fuerte que me queda roja y me arde al contacto con el agua caliente en la ducha. No es suficiente para limpiarme. Parece que nunca lo será.

Es de madrugada todavía y yo ya estoy nerviosa porque en algún momento llegará la noche. Si llega la noche aún existe la posibilidad de que el monstruo se meta en mis sueños y me lleve a esa casa, a esa pieza, con la conciencia secuestrada y me convierta en una presa y un objeto ¿La peor parte? Tener que verme y sentirme, una y otra vez, desnuda sobre el cubrecama de motivo escocés que, como una perversa broma de la vida, se parecía tanto al que usaba yo para esconderme de los monstruos cuando era niña, pero que luego, usó este monstruo en contra mía.

 

Mimi. 27 años. Parte de la comunidad LGBTQ+. Nacida en Chillán, pero enamorada de Concepción. Exploradora de las artes: danza, fotografía y letras.

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