Entre lenguas: Más allá del arroyo. Kate Chopin

 

 

MÁS ALLÁ DEL ARROYO

 

Traducción de Ignacio Contador Borquez

 

El arroyo describía una curva como media luna al rededor del punto en donde se encontraba el habitáculo de La Folle. Entre la niebla y la choza hay un gran terreno abandonado en donde el ganado pastaba cuando el arroyo les proporcionaba el agua suficiente.

Entre los árboles que se levantaban hacia terrenos desconocidos la chica había dibujado una línea imaginaria y nunca se posó sobre ese círculo. Esta era la forma de su única manía.

Ahora ella era una mujer negra adulta y demacrada con más de 35. Su nombre real era Jacqueline, pero todos en el plantío la llamaban La Folle, porque en su niñez la asustaron hasta “perder los sentidos” y nunca los recuperó del todo.

Fue cuando había estado conversando y haciendo tiro al blanco todo el día en el bosque. Se acercaba la noche cuando P’tit Maitre, negro, con polvo y carmín con sangre. Había irrumpido en la habitación de la madre de Jacqueline. Sus persecutores estaban cerca. El panorama la dejó confundida. Ella vivía sola en su habitación solitaria, desde hace muchos años, había sido despojada de lo que veía y sabía. Ella tenía más fuerza que la mayoría de hombres y se hizo un parche de algodón, maíz y tabado, como uno de ellos. Sin embargo, no sabía nada del mundo mñas allá del arroyo, solo lo que su mórbida fantasía creaba.

La gente en Bellissime había crecido acostumbrada a su forma de ser y no les importaba. Incluso cuando la anciana “señora” murió, no se preocuparon de si La Folle no cruzaba el arroyo, pero estaba a un costado de este esperando y lamentándose.

P’tit Maitre era el dueño de Bellissime. Él era un hombre de mediana edad con una familia, sus hijas y un pequeño niño a quien La Folle quiso como si hubiera sido su propio hijo. Lo llamaba Cheri, y todos lo llamaban así porque ella lo hacía.

Ninguna de las niñas significaba lo que Cheri para ella. Siempre han tenido todo el amor de ella y tiempo para escuchar sus grandes historias sobre cosas que siempre suceden “más allá del arroyo.” Sin embargo, ninguna había apretado su mano negra, ni descansaban sus cabezas contra sus rodillas de manera tan cómoda como Cheri lo hacía. Tampoco se dormía en sus brazos como lo solía hacer él. Cheri poco hacía esas cosas ahora, después de volverse el orgulloso poseedor de un arma y cortarse sus rulos.

Ese verano–el verano en que Cheri le dió a La Folle dos rulos negros amarrados con un nudo en una cinta roja–el agua corría tan baja en el arroyo que incluso pequeños niños de Bellissime pudieron cruzarlo a pie y enviaron al ganado a pastar. La Folle se lamentaba cuando se iban, porque amaba a esos acompañantes y le gustaba sentir que estaba allí y oírlos deambular de noche estando ella encerrada.

Era sábado por la tarde cuando los campos estaban desiertos. Los hombres habían ido en grupo a una villa vecina a hacer sus intercambios de la semana, mientras las mujeres estaban ocupadas con sus quehaceres de ama de casa,–La Folle hizo lo propio. Se puso a lavar y enmendar la poca ropa que tenía, fregó la casa e hizo repostería.

En este último empleo, ella nunca olvidó a Cheri. Ese día, ella tenía croquignoles muy lindos, con las más atractivas y fascinantes formas para él. Asi que cuando vio venir al niño atravesando el campo con su pequeño y reluciente rifle nuevo al hombro lo llamó alegremente: “Cheri! Cheri!”.

Pero Cheri no necesitaba que lo llamaran, ya que iba directo hacia ella. Sus bolsillos repletos de almendras, pasas y una naranja que había guardado para ella, directo de la cena fina que tuvo en casa de su padre.

Era un joven de rostro bronceado. Cuando vació sus bolsillos, La Folle acarició mejilla redonda, limpió la tierra de sus manos con su delantal y peinó su cabello. Luego lo miró mientras, sus bizcochos en la mano, llevaba su suave tela de algodón a la parte de atrás de la habitación, desapareciendo entre la madera. Se jactaba de las cosas que haría con su arma.

“¿Crees que haya muchos venados en el bosque, La Folle?–Preguntó, con aires de cazador calculador y experimentado.

“No, no!”–rió la mujer. “No busques venados, Cheri. Son demasiado grandes. Mejor traele a La Folle una ardilla grande y gorda para la cena de mañana y ella estará satisfecha”

“Una ardilla no sirve de nada. Te traeré más de una, La Folle.”–dijo con fuerza mientras se alejaba.

Una hora después, cuando la mujer oyó el sonido del rifle del chico cerca del borde del bosque. No hubiera pensado nada, si es que luego del sonido no lo hubiese seguido un grito de angustia.

Sacó los brazos del agua de lavado en la que estaban sumergidos y las secó con su delantal y tan rápido como le permitiera el temblor de sus extremidades, corrió hacia el sitio de donde vino el ruido.

Era lo que se temía. Encontró a Cheri en el suelo con su rifle a un lado. Murmuró lastimoso “¡Estoy muerto, La Folle! ¡Estoy muerto!” “No!”–exclamó ella con fuerza mientras se arrodillaba a su lado. “Pon tu brazo al rededor del cuello de La Folle, Cheri” “No es nada, no pasa nada”. Lo levantó en sus fuertes brazos.

Cheri llevaba su arma boca abajo. Tropezó–no sabe cómo. Solo sabía que tenía bola alojada en alguna parte de su pierna y pensaba que su final estaba cerca. Ahora, con la cabeza apoyada en el hombro de la mujer, se quejó y lloró con dolor y miedo.

“¡Oh, La Folle! ¡La Folle! ¡Duele mucho! ¡No entiendo, La Folle!

“¡No llores, mi bebé, mi bebé, mi Cheri!– dijo la mujer de manera tranquilizante, mientras avanzaba a grandes zancadas. “La Folle se preocupará de que estés bien. El doctor Bonfils va a hacer que mi Cheri se sienta bien de nuevo.”

Había llegado al campo abandonado. Mientras lo cruzaba con su preciada carga, miró constantemente de lado a lado. La invadía un gran miedo–el miedo del mundo más allá del arroyo el mórbido y loco miedo que ha tenido desde niña.

Cuando estaba al borde del arroyo, se quedó allí y gritó pidiendo ayuda como si su vida dependiera de ello–”¡Oh, P’tit Maitre! ¡P’tit Maitre! ¡Socorro! ¡Socorro!” Ninguna voz respondió. Las lágrimas tibias de Cheri corrían por su cuello. Llamó a todo el mundo en ese sitio y aún no había respuesta. Gritó y gimió, pero su voz seguía sin ser escuchada. Nadie acudía a sus gritos. Todo esto mientras Cheri murmuraba y lloraba mientras suplicaba que lo llevaran a casa con su madre.

La Folle dio una última mirada desesperada a su alrededor. Sentía gran terror. Apretó fuerte al chico contra su pecho, en donde él podía sentir sus latidos como un martillo amortiguado. Luego, cerró sus ojos y corrió de repente por la parte menos profunda del arroyo y jamás se detuvo, sino hasta llegar a la orilla opuesta.

Se quedó ahí temblorosa por un momento, mientras abría los ojos. Luego se sumergió en el sendero entre los árboles.

No le habló más a Cheri, pero murmuraba constantemente. “Buen Dios, ¡ten piedad de La Folle! Buen Dios, ¡ten piedad de mí!

Parecía que la guiaba el instinto. Cuando el sendero se veía claro y limpio frente a ella, volvió a cerrar los ojos fuerte para no ver ese mundo desconocido y aterrador.

Una niña que estaba jugando entre la yerba la vió mientras se acercaba a los cuarteles. La pequeña soltó un grito de preocupación.

“¡La Folle!”–gritó ella con fuerza. “¡La Folle cruzó el arroyo!”

Rápidamente, el grito sobrepasó las habitaciones.

“Yonda, La Folle cruzó el arroyo!”

Niños, ancianos, ancianas, jóvenes con infantes en los brazos. Todos se juntaron en puertas y ventanas para ver espectáculo inspirador. La mayoría se estremecía dudoso sobre lo que podría suceder.”Tiene al pequeño Cheri!”–gritaban algunos.

Los más audaces se reunieron al rededor de ella y la siguieron, solo para retroceder con terror cuando giró su rostro distorcionado hacia ellos. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su saliva se había juntado en una posa blanca en sus labios negros.

Alguien corrió hacia donde estaba P’tit Maitre, se sentó con su familia y los invitados.

 “¡P’tit Maitre! La Folle cruzó el arroyo. Mírala. Mira cómo carga a Cheri”. Esta sorprendente información era la primera que tenían acerca de algún acercamiento de la mujer.

Ahora se encontraba cerca. Caminó con largas zancadas. La miraban mientras ella respiraba fuertemente. Como un buey cansado. A los pies de la escalera, la que ella no podría haber instalado, dejó al chico en los brazos de su padre. Luego, el mundo que La Folle veía rojo, de la nada se volvió negro–como si ese día hubiese visto polvo y sangre. Se mareó por un momento, justo antes de que un brazo fuerte la alcanzara, cayó estrepitosamente al suelo.

Cuando La Folle recuperó la conciencia, se encontraba en casa de nuevo, en su propia habitación y en su propia cama. Los rayos de luna se veían a través de las puertas y ventanas abiertas y le dieron la luz necesaria a la vieja madre negra, quien miraba la mesa y preparaba una mezcla de hierbas. Era muy tarde.

Otros que habían venido notaron que ya no se encontraba aletargada.

P’tit Maitre estaba ahí, y junto a él, el doctor Bonfils, quien dijo que La Folle podía morir.

Pero la muerte no la alcanzó. Su voz era muy clara y estable, y le habló a Tante Lizette, quien se encontraba en una esquina. “Me darás un buen trago, Tante Lizette. Creo que voy a dormirme.”

Y se durmió en tal silencio y sin malestares, que Lizette se retiró sin hacer ruido hacia su propia habitación en sus nuevas instalaciones.

Lo mañana gris despertó a La Folle. Se levantó con calma, como si ninguna tempestad la hubiera agitado y puesto en peligro su existencia como sucedió ayer.

Se puso su nuevo traje azul y un delantal blanco para así recordar que era domingo. Cuando se preparó una taza cargada de café negro y se lo bebió con gusto, salió de la habitación y caminó a través del viejo terreno familiar hacia la orilla del arroyo de nuevo.

No se detuvo allí como lo hacía siempre, si no que cruzó de manera ágil, como si siempre lo hubiera hecho toda su vida.

Una vez que se abrió paso entre matorrales y árboles de álamo que se alineaban de manera opuesta, se vio sobre el borde del terreno, en donde el algodón, con rocío sobre este, se veía como plata congelada en el prematuro amanecer.

La Folle tomó una gran bocanada de aire mientras contemplaba el campo. Caminó lentamente y con dudas, como alguien que no sabe bien cómo hacerlo, viéndola acercase.

Las habitaciones, que ayer enviaban clamores para perseguirla, ahora estaban en silencio. No se veía nadie en Bellissime. Solo las aves que se movían de lado a lado estaban despiertas y cantando.

Cuando La Folle se acercó al amplio tramo de césped aterciopelado que rodeaba la casa. Se movió lentamente y con placer sobre el pasto con aires primaverales. Se sentía delicioso bajo sus pies.

Se detuvo para encontrar de donde provenían esos aromas que tomaban sus sentidos con recuerdos de hace mucho tiempo.

Ahí estaban, abalanzándose sobre ella desde los cientos de violetas azules que crecieron de entre los tonos verdes. Ahí estaban, derramándose desde las campanas enceradas de las magnolias sobre su cabeza. Y los manojos de jazmín a su alrededor.

También había rosas sin número. Esparcidas de lado a lado y en curvas elegantes. Todo se veía como un hechizo bajo el espumoso brillo del rocío.

Cuando La Folle siguió sus pasos lenta y cautelosamente, y la llevaron a la galería, se giró para mirar atrás hacia la peligrosa subida que realizó. Luego, divisó el río, curvándose como un arco plateado a los pies de Bellissime. La exultación se apoderó de su alma.

La Folle golpeó suavemente la puerta. Rápidamente, la madre de Cheri abrió con cautela. Rápida y astutamente, disimuló su sorpresa al ver a La Folle.

“Oh, La Folle. ¿Eres tú tan temprano?”

“Sí, señora. Vengo porque mi pequeño Cheri lo deseaba”

“Se siente más cómodo. Gracias, La Folle. El doctor Bonfils dice que no es nada serio. Ahora está durmiendo. ¿Volverás cuando despierte?”

“No, señora. Esperaré a que Cheri despierte.” La Folle se sentó sobre el escalón más alto de la terraza.

Una mirada de admiración y profunda felicidad se quedó en su rostro mientras observaba por primera vez al sol aparecer entre el nuevo mundo más allá del arroyo.

 

 

Kate Chopin (1851 – 1904) Nacida en Saint Louis, Missouri, E. U., el 8 de febrero de 1850. Considerada en su tiempo una escritora polémica y desafiante, Chopin expuso, con humor y sin ambages, el conflicto entre la supuesta inocencia femenina y la sensualidad, entre el ímpetu físico y las convenciones sociales y religiosas de la era victoriana. Las tensiones sociales y raciales en la Nueva Orleans de mitad del siglo xix también fueron escenario de su obra. Entre sus publicaciones se encuentra la novela El despertar y varias historias cortas.

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