Narrativa. Obediencia debida. Darwin Redelico

 

Interrumpe su sueño una llamada a las 3 de la madrugada. El capitán Lisandro Cardona deberá presentarse en el cuartel en una hora sin dársele explicaciones ni pedirlas. En silencio, para no despertar a su esposa y sus dos hijos, se coloca puntillosamente su uniforme. A los pocos minutos lo pasa a buscar un Ford Falcon verde de la Fuerza Aérea.

Cautelosamente recorren las oscuras y sometidas calles del Buenos Aires del invierno del 77. Van alertas a cualquier indicio que altere la paz del gran cementerio urbano.

Lo trasladan hasta el bunker de los pilotos en el Aeropuerto militar y queda aguardando solo hasta que una hora después ingresa al cubículo un subteniente que, por su aspecto, calcula que ha de ser de una generación más reciente. La escarapela lo identifica como Montero y toda su irresoluta gestualidad denuncia su inexperiencia en este tipo de encomiendas tan urgidas como misteriosas.

Montero intenta entablar conversación con su colega mayor, pero éste se muestra muy poco afín a responder, el capitán bien sabe o intuye que el silencio es un arma que un buen militar siempre debe tener enfundada y lista.

Poco antes del amanecer son informados de la ruta y misión del ejercicio de reconocimiento. Cardona y Montero, piloto y copiloto, toman posesión del cuatrimotor. Por primera vez, el veterano se dirige a su improvisado compañero para preguntarle sobre las horas de vuelo que lleva. La respuesta le confirma los prejuicios que se había formado en pocos minutos y secamente le empieza a dar órdenes e interrogar sobre el chequeo del tablero de control.

Por un momento Cardona se distrae observando a su izquierda el amanecer que anuncia un día de condiciones óptimas de vuelo, mientras su camarada revisa obsesivamente las instrucciones. De pronto, un camión militar surca el homogéneo y desértico asfalto de la pista a toda prisa y se estaciona al lado del avión al momento de calentar motores.

El piloto observa a través de las gafas cómo descienden del vehículo varios militares de alto rango, luego una decena de soldados con sus metrallas listas, y por último una veintena de hombres y mujeres encapuchados y esposados.

Cardona se obliga a sí mismo a escaparse de la escena para volver a concentrarse en el tablero y repreguntar a su colega con tono áspero sobre si tomó todos los recaudos. En pocos minutos, desde la cabina oyen como va ascendiendo todo el improvisado pasaje. Distinguen entre las voces de los jerarcas acentos argentinos, uruguayos y chilenos, aunque solo el primero (un mayor al mando del operativo) lleva la voz cantante y ordena a los pilotos despegar.

El Río de la Plata, lejos de parecer un camposanto mostraba la apariencia de un gran espejo azulado donde rebota la luminosidad de un sol que de a poco va ganando altura. Ya se habían internado varias leguas cuando, mezclado con las explosiones de los motores desde la cabina se oyen lo que parecen ser unos gritos, algunos imperiosos y otros suplicantes. El mayor vuelve a asomarse para ordenarles abrir las compuertas. Por primera vez en su carrera, Cardona sintió cierta parálisis ante un mandato, el mayor despóticamente comunicó que no la repetiría.

Cardona hizo una seña a Montero y éste obedeció, con un gesto mecánico, pero al instante se volteó hacia el interior para ver que estaba ocurriendo.

‹‹¿Usted es de River o Boca?››, por primera vez le dirigió la palabra el veterano al novato, tras notar su palidez, con una condescendencia que a éste lo sorprendió.

‹‹Boca›› respondió tajante. De reojo, Cardona vio caer al vacío algunos cuerpos y como pudo mantuvo forzosamente el diálogo.

‹‹¿Va a ver el partido de esta noche contra Talleres?›› ‹‹Si, eso creo›› ‹‹Cuando veo fútbol me olvido de todo, es como si también estuviera jugando yo››

Y como si estuvieran jugando también ellos, lejos de ahí, siguieron la conversación hasta recibir el mandato de cerrar compuertas y regresar. De ahí en más solo el estallido de los motores los acompañó hasta el aterrizaje.

Habiendo finalizado el turno, el veterano se fue a un bar hasta casi la hora del toque de queda. Calculó el regreso a su hogar para la hora en que su esposa y sus hijos ya estuvieran durmiendo: esa noche no quería verlos.

Con sigilo solo se sirvió otra cerveza y encendió su televisor (sin sonido) para ver el partido Boca – Talleres.

 

Darwin Redelico, es uruguayo. De profesión Contador Público, hace pocos años incursiona en la escritura creativa. Autor de dos libros de relatos cortos “SURsurros: voces desde la periferia” y “SURsurros: voces desde lo profundo”. Participó de varias antologías de relatos cortos y microrrelatos de editoriales latinoamericanas. Se temática y estilo es ecléctico.

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