Vasijas rotas
La sensación de la piel pegajosa, una sequedad en la garganta que corre hasta la boca y los labios. El hombre pasa la lengua repetidamente sobre los labios al sentirlos resquebrajados sin dejar de tallar la vasija. Usando la muñeca de su brazo se seca el sudor de la cara para impedir las manchas de barro por su cara, dejando una o dos en su frente y mejilla, pero sin importarle el tema continúa concentrado.
Una habitación grande; al centro el artesano esculpe una vasija. Detrás de él el umbral a un patio grande lleno de plantas de diferentes desde donde se huele la promesa de una comida caliente en la noche, se escucha el pitido de la olla soltando el vapor y se cuelan olores. El sol de la tarde pega con fuerza al piso haciendo que brille. Potente, abrasador dando una impresión de cansancio, de día finalizado, de ardiente calor, a sudor pegado y garganta seca.
Un estante de tres tablas lleno de vasijas ya terminadas descansa a su izquierda, el piso alrededor del hombre también está lleno de vasijas. Frente a él se alza la puerta dando a la calle. La puerta de madera, abierta de par en par, le hace recordar al hombre la existencia de un mundo allá afuera, exterior e ignorante de su trabajo que no para de hablar. Se escuchan risas de niños jugando, varios de ellos pasan corriendo frente al umbral de madera, chillidos, el golpe seco de una pelota contra una pared. Hasta un regaño de un hombre o una señora a la que han roto algo en la sala de su casa o establecimiento. Mujeres pasando y conversando. Una pelea entre dos perros. Los ruidos de siempre, a los cuales él ya está acostumbrado.
Se rió solo pensando en una de las voces que escuchó, una especie de chisme sacado de una conversación entre dos señoras que habían pasado frente a su puerta. Una señora le decía a la otra sobre un rumor que había escuchado. Al parecer un hombre le ponía los cuernos a su esposa y su esposa de vuelta también se los pegaba y este no sospechaba nada. La segunda se sorprendió bastante y hasta exclamó algo criticando a la supuesta mujer por su desfachatez. Sin descubrirse a sí misma, sin dar alarma alguna ni muestra de vergüenza al ser la amante de ese marido.
Sin detenerse a descansar, sigue tallando la vasija, dándole forma, curvas. Un ruido de pasos acelerados, un maullido que le erizó el pelo en la nuca y vasijas rotas lo rodearon en un momento.
Su mujer salió del patio de la casa apareciendo en la pequeña área de trabajo con escoba en mano, delantal azul y el cabello negro liso recogido en un moño del cual salían desparramados infinitos mechones de cabello. Con la escoba azotó a tres vasijas al mismo tiempo intentando atrapar al gato.
El gato corría de un lado a otro perdiéndose en el laberinto de vasijas, chocando de vez en cuando con alguna y rompiéndola. Era una luz amarilla lanzándose de cabeza contra todo a su alrededor en su carrera por esquivar los escobazos de la señora de la casa.
La mujer, ciega ante los objetos a su alrededor y concentrada en el maldito gato, iba lanzando estocadas, golpeando con nervio el piso y pisando los pedazos rotos sin un orden lógico. Achinaba los ojos enojada, blandía la escoba en el aire, pasaba sus manos por el cabello intentando peinarlo y se enojaba con los pelos revueltos en la cara.
Para cuando el gato salió de la estancia chillando ya todas las vasijas que el hombre había hecho estaban destrozadas en el suelo, pedazos de barro rodeaban la mesa de trabajo. Hasta el estante de tres niveles se había caído producto de la confusión y el jaleo provocado por el gato.
Su esposa viendo el desastre causado y sintiéndose horrible por el hecho se acercó al hombre y colocó su mano en el hombro. Cerró los ojos y sollozó en silencio. Casi un mes de trabajo había sido deshecho por un simple gato que había estado rondando la comida todo el día y que ella le dio caza como pudo tratando de evitar que intoxicara los alimentos de su familia.
La mujer sintió que le rozaban la mano, cuando vio, su esposo la miraba a los ojos. Él intentaba esconder la tristeza y echar a un lado las lágrimas que le salieron por el trabajo perdido. El rastro de una lágrima arrancada resplandecía por el sol en su mejilla. El hombre le sonrió a su mujer, se levantó y la abrazó. Limpió las lágrimas en su cara sin soltar el agarre que tenía en su rechoncha cintura. Ella lo vio como la primera vez, volvieron a ser jóvenes en los ojos del otro. Levantó el cuerpo de su esposa y la cargó encaminándose hacia la cama. Reían, bromeaban, volvieron al pasado, espantados del futuro, pero alegres de seguir juntos. Olvidaron todas las vasijas rotas, la escena del gato. Se dedicaron a inspeccionarse una vez más como si fuera la última vez. Y esa vasija aun en el pedestal, la única viva, con una pequeña grieta era la testigo del cambio de cuerpos y tiempos de esas almas, quienes decidieron dejar para luego esa preocupación y solo reír.
Ana Yilian Giroud. Escritora. Redactora de contenidos. Redactora publicitaria.
