Reseña. Mar pequeño que peregrina de Diego Alfaro. Por Franco Fuentes

 

Sigamos hablando del pasto que crece bajo nuestras lozas

 

Creo hablar por la mayoría de los chilenos, cuando digo que tener un huerto propio no es más que un pequeño sueño entre tantos que nunca se cumplirán. Armarlo inconvenientemente seria arrasar con el cemento de los patios y arar su tierra, llenar de maceteros las terrazas y dejar que las hojas se quemen al sol de verano o colocar repisas con tomates que dejarán la pieza con olor a humedad. Tal vez ese es el problema, leer Mar pequeño que peregrina pensando en uno mismo y en nuestras manos con las astillas de la mesa de cultivo, alejaría a cualquiera que no diferencie un queltehue de un zarapito. Culparlos tampoco sería algo malo, al entrar al texto me pasó algo similar, intenté acercarme a él desde la empatía, desde mi experiencia con los caracoles en las rejas y las libélulas mirándome chapotear los pies de una piscina de plástico, pero al poco me di cuenta que esta no era la manera de entrar al texto, sino entenderlo como una obra extremadamente personal que no le importa realmente una pasión estética.

Diego Alfaro entra como un hablante metatextual, uno que requiere de cierta manera, imaginar su vida, su autoexilio de la urbe y las razones por las cuales necesita un respiro, el cual solo puede obtener mientras mira crecer a las lechugas de su patio. Es en este contexto que proteger la flora de las pestes y controlar su ambiente, se vuelve un pequeño momento de desaceleración, de contemplación, de espera frente a un mundo caótico.

A través de la crónica, Alfaro nos presenta pequeños fragmentos de cada temporada y como en ellos, sucesos que a ojos urbanos parecerían banales o efímeros, se vuelven preciados recuerdos de un ser que reconoce su razón como parte de esta caja de compost.

Tampoco es extraño, entendiendo la obra previa de Alfaro, que estas fotografías del trabajo se mezclen con unos pocos poemas en verso que aparecen como ensoñaciones fugaces mientras los gusanos pasan entre los dedos, con un diálogo místico en el que la tierra envuelve el cuerpo para invitarnos a pensar en el goce del trabajo y la tradición que este lleva detrás.

Las referencias a obras musicales y literarias así como la pequeña librería que acompaña el final de cada temporada, le da aún más vida, más colores entre el verde y el marrón que nos hace ver como en los silencios del texto, sigue existiendo la caminata de una voz que peregrina entre el trabajo y el arado, buscando trozos de madera seca con los que sobrevivir ante lo impredecible de la naturaleza, por supuesto, entendiéndose a sí mismo como quien no solo cultiva el alimento propio, sino también quien detrás de todo ese trabajo, busca un espacio desde el que escribir y entender cuál es su lugar en la poética, dejando semillas para quien intente gracias al texto, bajar el libro y ver el color de las veredas siendo interrumpido por flores que broten desde sus grietas.

Si bien Mar pequeño que peregrina no puede de ninguna manera alejarse de la vida del escritor, siendo interferido por constantes referencias a la tradición literaria que se escribe en estos momentos; es a través de esta personalidad metapoética que nos invita a pensar en nuestros propios oficios, en las decisiones que hemos tomado y como dentro de ellas también hay cierta belleza que solo podemos entender cuando nos detenemos unos segundos. Porque hablar de flores, hongos, aves y conejos, no es ignorar la terrible realidad en la que vivimos, sino, sentarse y respirar profundamente para recordar como a pesar de todo, este mundo es precioso.

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