TÍO JOSÉ
Su nombre era José, Pepe no iba con su porte. Era alto y enjuto, a modo de jamelgo de un arruinado caballero manchego. La piel, castigada por los años y las jornadas infinitas en busca del sustento para su familia, dibujaba cauces secos en su rostro moreno. La tierra fue siempre su fiel compañera; una temporada buscando en sus entrañas esas piedras cuyo polvo destrozaron para siempre sus pulmones; en otras, soportando a sus espaldas el ingrato trabajo de cuidar de sus frutos. Parco en palabras, pero generosos en su sonrisa. Nunca hubo lamentos, aunque no tuviese para comer, porque con la barriga llena es más fácil quejarse. Vivía en un patio de vecinos que se levantaba a las espaldas de una iglesia, como refugio para los desamparados. La puerta de entrada era grande, vista desde la altura de un niño que todo le asombra. Puerta de madera que sus años se median por capas y colores de pinturas superpuestas con desgana. Cuartos pequeños, con enormes manchas de humedad que decoraban sus paredes, y te permitían jugar A las adivinanzas. Familias que compartían un mismo escenario de una obra nunca terminada de escribir, actores del teatro de la vida. Personajes que se mezclan y confunden, que entran y salen a su antojo, sin tener un guion que seguir, abandonados a su suerte. Sujetos a la especulación de un propietario escrupuloso con el dinero y tolerante con sus obligaciones. Allí lo encontrarás, obligado a romper sus lazos con esa tierra que sigue amando, a cambiar el oscuro profundo de su sierra de alcornocales por el negro brillante del asfalto de ciudad. Tuvo que arrinconar sus tardes de largos paseos al sol por el silencio amargo de estar sentado sin esperar a nadie, ni a nada; salvo el cansado y lento caminar del tiempo. Consumiéndose en un cigarrillo para acallar su pecho malherido por el mineral. Sabedor de que ya no hay ni cambio ni solución posible. Así es la suerte del que no la tiene, injusta. Nada hizo que pudiera molestar y llegase a recordar. Quizás no debió nacer. Se hubiese ahorrado la molestia de buscar explicaciones para sus desdichas. Sus hijos ya no están, no lo tuvieron en cuenta en sus proyectos, no formaba parte de su equipaje. Su mujer lo tuvo por fracasado, teniéndose que dejar sus rodillas en las escaleras malditas de esos pisos de limpieza diaria. José, como todos los muertos, se borró de la memoria de los vivos.
Carlos Marchena González. Sevilla. Maestro, pedagogo y psicólogo “singular”. Lector infatigable y descubridor del mundo mágico de la escritura. Autor de relatos cortos aparecidos en revistas como Alborismos, Nagari, Falsaria, Almiar, Ruta, Freibrújula , Papenfuss o Versal. Así mismo, en plataformas como Bubok relatos, Fundación de escritura Fuentetaja, Writer Avenue o Inskspired (Serie Ciudades) se pueden encontrar sus creaciones. La primera novela, editada en Amazon, se titula Eternity (septiembre 2025).
