ESCRITOR FANTASMA
Usted no sabe lo solitario que es ser escritor en este país. No sabe cómo uno va por la vida imaginando historias que espanta como se espanta a las moscas, pero que persisten, zumban en el oído, pueblan la oscuridad y avivan el insomnio. Y no tiene con quien compartir la gestación de esa historia porque uno mismo desconoce la clase de criatura que podrá engendrar a partir de esos pedazos de imágenes y personajes inexistentes, pero que rivalizan con las personas de carne y hueso en la atención de uno mismo, hasta hacerse aún más preponderantes. Y uno recibe a menudo una llamada de atención de la esposa, de los hijos, del jefe, porque se anda en un mundo hecho de ensueño, pero un ensueño corrompido, melancólico, como un ruido trepidante que uno oye y enmudece todo lo demás, y entonces no tiene más remedio que volcar su ser en ese delirio, pero sin animarse todavía a teclear algunas ideas porque sabe lo que eso significa. La condena, la condena sin escapatoria, la condena a sufrir una historia que siempre resulta ser un pálido remedo de esa otra que venía escribiendo en su mente, y el fracaso del que no se libera jamás aquel que da importancia a su escritura, porque cada cuento es una fatiga y una derrota, y va abultándose el párrafo, y el párrafo fracasa en el siguiente párrafo y las letras puntean las páginas y las páginas piden un final, un final coherente, inteligente, acorde. Y no, no hay. Por más afanosa que sea la búsqueda llega a la conclusión de no saber cómo acabar, y entonces uno pone lo que le sale, no un final sino un suicidio, y termina lleno de vergüenza y sordo a cualquier tipo de halago, pues sabe de la porquería con ganas que acaba de fabricar, seres de letras que son una pantomima comparados con aquellos otros vivientes y ululantes de la mente, desesperados por su falta de redención. Y entonces uno arrastra esa tristeza, esa melancolía del no-se-qué allí donde vaya porque las historias felices no sirven para el papel. Y se regodea en esa frustración cuando oye a los pocos amigos y colegas entre quienes regaló el libro —porque venderlo casi parece un acto de mala educación— decir algunas palabras amables, punzones en los oídos y lo azuzan a uno a una sonrisa falsa, pues sabe de la falta de mérito y sabe que hasta ahí llegará el poco público lector de su obra y vuelve, una vez más, a preguntarse para qué carajos uno se mete a escribir esas estupideces que nadie le pidió.
Por esa resignación, por eso brazos bajos, fue que acudí al llamado de la señora Valdovinos. La señora Valdovinos era una vieja excéntrica, o tal vez convenga decir solo que era una vieja. Vivía en un antiguo caserón del barrio Trinidad, donde todavía quedan vestigios de campo detrás del tránsito de callejones empedrados. Uno dobla esquinas empedradas, se interna por casitas y al poco rato surgen campos y casas quintas, restos de estancias de hace un siglo. Yo sabía de algunos libros suyos, publicados todos cuando ya se había convertido en heredera y viuda. La mujer que, entre el ocio y la vida de ama de casa de una época todavía vigente, garrapateaba poemas cuando los niños hacían siesta y el marido era solo un nombre y nunca una presencia. Y se hizo de cierta fama en este medio mediocre, pues sus presentaciones de novelas y poemarios siempre contaban con un salón alquilado, un presentador pagado, vinos y bocadillos y la complacencia de gente con plata y mucho entusiasmo para exponer su intento de cultura.
Y luego en los grupos de Facebook y Whatsapp compartía bendiciones y extractos de su prosa irresponsable. Escribiría tal vez, algún pasaje tan repleto de lugares comunes y tan fácil de meter en los colegios, que yo me aburría desde la primera oración. Escribía, por ejemplo:
«Segura del valor rotundo de su futura confesión, Anselma contrita fue junto a la Madama, su magnífica patrona, para advertirle a la misma, inmediatamente, que el Mariscal no le había sido fiel ni siquiera en los más oscuros pasajes de aquella guerra cruel y fratricida. Y ella lo sabía, porque su cuerpo macizo había sido embestido repetidamente con la fuerza toruna de ese hombre animal y desquiciado, con tal ímpetu que la dulce Anselma en esas pérfidas noches de traición aspiraba el penetrante olor a caña para ver si con ese mareante aroma alcanzaba a envenenarse y morir de una buena vez. Pero la bella campesinita que apenas chapurreaba un yopará perenne y desarreglado, corría también el riesgo de ser hallada culpable de traición a la patria amada, e ir a parar al cepo Uruguayana antes de ser violada y lanceada por cuatro oficiales corpulentos sedientos de sexo y carne. Nadie sospechaba que nueve décadas después, otro dictador impondría un reinado de terror parecido a ese, donde la mujer solo serviría como aciago divertimento de hombres encumbrados y extranjeros corruptos».
Y yo, luego de dolerme un poco con esa falta de creatividad y esa compulsión —vicio nacional— de no dejar sustantivo sin adjetivo, y repartirlos como quien salpica con los dedos manchones de tinta sobre el papel o —más exacto— como un caballo defeca sobre el asfalto, suspiraba fuerte y me preguntaba, no sin algo de envidia, si alguna vez podría tener la misma desvergüenza de llamarme escritor con esas cursilerías y esa total orfandad de todo sentido autocrítico.
No había timbre frente al portón de madera del gran caserón de muralla de piedra. Aplaudí varias veces, esperé varios minutos. Unos gatos salieron a mirarme, aburridos. Los perros cumplen mejor la función de campana. Al fin, oí la puerta destrancarse y el sonido de la madera al ser arrastrada sobre las baldosas de layota. Surgió la señora Valdovinos, reflejada su espalda por un gran espejo en el recibidor, hablando no sé qué cosa de esta puerta y estos gatos y este timbre y no viene el técnico y otros balbuceos más. Lucía pequeñita y delgada, pero bien erguida, enjoyada y delineados los ojos sobre sus pesadas ojeras. Tenía ese aire a la vez distinguido y ridículo de las aristócratas asuncenas y despedía nubes de Chanel número cinco.
—Pasá, pasá, el candado está abierto. Pasá pues.
Descorrí una cadena de un dedo de ancho, abrí el portón y le pasé la mano. Me plantó dos besos en las mejillas y supe que el perfume persistiría en mí incluso después de bañarme. Fuera de ese aspecto que me daba algo de alergia, reconozco que se le notaba el mundo encima. Toda muy segura, amable hasta la exasperación, pendiente de la comodidad de uno. De edad indeterminada, tal vez bien conservada a los setenta o muy deteriorada a sus cincuenta y cinco. Me invitó a pasar a una antesala en penumbra. La fría luz del invierno entraba por grandes ventanas de barrotes de hierro, semejantes a los de la Casa de la Independencia. Olor a cigarrillo, pipí de gato y humedad, y una enormidad de libros en estantes, mesas, repisas. Notó mi asombro.
—Te muestro, te muestro —me apuró. Literatura española. Demasiada. La colección completa de Agatha Christie. Neruda y Rubén Darío en todos los colores. Y mil volúmenes de autores desconocidos, casi todos yanquis, con portadas de dibujos melodramáticos y títulos pretenciosos. Pero ningún Dostoyevski, Faulkner ni Virginia Woolf. —Te presto cuando quieras —dijo, mientras se escapaba a preparar dos tazas de café y me hacía sentar en un sofá de espuma vencida y tapiz áspero.
Se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo. No tardé mucho en darme cuenta de que la señora Valdovinos no respiraba aire, sino humo, y por eso se rociaba perfume cada noventa minutos. Me habló como proponiendo un negocio. Lo era.
—Bueno, al grano —empezó. Leí tus cuentos en internet. Me encanta tu estilo, sos un gran escritor.
—Gracias.
—Sin embargo, escribís sobre temas que no gustan en este país. En Paraguay, el que más o menos lee algo inmediatamente va por el lado de la historia. La vida de un adolescente común y silvestre no puede interesar a nadie. Tiene que estar enmarcada en alguna gran epopeya, alguna lucha. Tiene que ser inspiración. Y si pretendés salir por tus propios medios, vas muerto. Acá todo es contacto, amiguismo. ¿O vos pensás que porque esto es cultural —con los dedos trazó unas comillas en el aire— deja de ser igual que todo?
—Así mismo es —reconocí.
—Yo ya escribí mucho, pero siento que todavía me falta para quedar en la posteridad. Y ya estoy vieja. Me desespera la idea de morir sin trascender, sin que mis libros trasciendan.
Pronunció la frase que resonó, resuena hasta ahora, en mi mente.
—Vos vas a escribir para mí. Te pago. Y te doy la mitad de lo que ganemos.
Así fue como me alquilé para escribir historias. Eufemismo para prostitución de alma. El pago era indigno, recibir la mitad de nada no me sabía a negocio. Pero el triunfo del escritor no está en los guaraníes imaginarios que nunca tendrá. Si entró al oficio es porque renunció a otras actividades más alimenticias, tal vez remuneradas, pero menos importantes. No, el triunfo del escritor está en ser leído, ser analizado, ver cómo esa obra de su imaginación toma forma y empieza a caminar entre los vivos, los lectores.
La señora Valdovinos me dio un adelanto para comprarme un poco de ropa y pagarme el Uber. Para que no le viniera con la bola de las reguladas o los paros de colectivo. Debía presentarme puntual a las ocho de la mañana, escribir de corrido hasta la una, almorzar y luego dos o tres horas más.
Me dio un tema. Tiempos de la dictadura stronista. Una mujer casada de la aristocracia asuncena se enamora de la hija adolescente de una amiga. Diferencias de edad, homosexualidad, amor prohibido. Acometí ese dechado de lugares comunes con mucha responsabilidad. La señora Valdovinos me permitió comprar de su dinero algunos libros para investigar. Aceptó considerar como parte de «escribir» ver videos de Youtube y examinar fotografías antiguas, a sabiendas de que la escritura se pergeña antes, en la mente, en los materiales, en la investigación y la concatenación de datos. Y luego en el papel sale cualquier otra cosa.
Con todo, mi principal fuente de información era ella misma. Para poder perfilar mejor a mi protagonista, cada tarde, entre nuestras charlas y el café, yo le hacía algunas preguntas. La señora Valdovinos, fumando frente a mí, con alguno de los gatos sobre el regazo, tomaba con interés mi cuestionario. En particular, le gustaban mis indagaciones acerca de la vida sexual de su tiempo. ¿Realmente era tan aceptada la infidelidad como dicen? ¿Era cierto que las mujeres nunca transgredían la moral y las buenas costumbres, así como se pintaban? La señora Valdovinos exhalaba el humo con una sonrisa. «No le vayas que a contar a nadie», era su fórmula para confesarse. Allí contaba que, en París, en Roma, en Buenos Aires, sobre todo en Buenos Aires, siempre había alguien que la hiciera gozar un rato. Truculentos encuentros a espaldas de su marido, mucamas alcahuetas, jóvenes atléticos y señores experimentados, algún que otro muchacho de la servidumbre. Con todo, las rameras eran las otras. La esposa de tal o cual embajador, de ese que era ministro de la Corte, y ni qué decir de la señora Nosequé, esposa del ingeniero Queseyó. Más puta que una gallina. ¿Y tu marido qué tal, señora Valdovinos? De la peor calaña, afuera hacía todo lo que no era capaz de hacer adentro de mi dormitorio. Me respetaba demasiado, un aburrido, un cuadrado.
Noté el disimulado entusiasmo que la señora Valdovinos tenía por estas conversaciones. Cuando no estaba en algún cuarto de la casa, leyendo y fumando, entraba sin tocar la puerta al pequeño estudio donde yo hacía mis apuntes, y se sentaba frente a mí, primero para preguntas retóricas de cómo iba nuestra novela, si había dormido bien anoche, ¿quiero otra taza de café? Y con esa excusa se ponía a recordar.
—Eso me hace recordar de la vez que mi marido llamó a contarme que iba a llegar tarde porque estaba con Roberto, su mejor amigo, terminando supuestamente un informe para los ingenieros del lado argentino. Lo que no sabía era que yo en ese mismo momento estaba sentada desnuda en el regazo de Roberto.
Además de a cigarrillo, su risa olía a whisky. Y a pesar de que el invierno iba ganando cada vez más los cuartos de la casa, la señora Valdovinos usaba ropa cada vez más ligera. Había empezado con pulóveres de cuello de tortuga. Ahora se ponía batas transparentes, faldas de seda y zapatos de taco alto dentro de su casa. En el baño social, una tanga de encaje colgaba de un aro de loro y me saludaba como una bandera cada vez que iba a mear. Y aprovechaba cada revisión en la pantalla de la computadora para colocarse detrás de mí y apoyarme una mano en los hombros, dejarla ahí, deslizarla hasta mi cuello, tocarme la piel.
Un día me ofreció doscientos dólares. Por cada vez que, me dijo. Así fue como me alquilé. Eufemismo.
Como no tenía nada más que hacer, terminé la novela en cinco meses. La titulamos Tu nombre en mis labios. Un culebrón potente. La señora habló con su editor, entiendo que puso más plata que de costumbre, y en dos semanas se hizo la presentación. Habló con sus amigos de la prensa, con sus amigos escritores, con sus amigos auspiciantes. La novela saltaba en revistas dominicales, en la página tres de los diarios, historias de Instagram, en publicidades de Youtube, en Facebook. Se convirtió en un modesto bestseller, y los muchos artículos pagados que festejaban la mejor obra de la autora opacaron las críticas serias.
Por sus muchas entrevistas en radio y televisión, no supe nada de ella durante semanas. Por fin, una tarde, me llamó. Estaba tan contenta, quizás borracha.
—Vení, por favor, te tengo una sorpresa.
Una hora después, me hizo pasar a la sala. Había vino y algunos chocolates sobre la mesita. Y rastros de líneas de cocaína. Me dijo lo contenta que estaba, lo bien que habían resultado las entrevistas, la posibilidad de que la novela se editara también en Argentina y México. Estaba estridente, casi voluptuosa. «Ya vengo», dijo. Desapareció un minuto y volvió con unas hojas escritas que me entregó. Me dijo:
—Quise devolverte el favor. Escribí nuestra historia, haciéndome pasar por vos. Ya lo presenté al concurso de cuentos.
No sé si se notó mi expresión de horror. De todos modos, la señora Valdovinos estaba tan ebria y exultante que resultaba obvio su convencimiento de haberme hecho una gran distinción. Ella tenía copia de mi cédula, todos mis datos. Por supuesto que pudo haberlo hecho, meterlo todo en el sobre y adjuntarlo a la carpeta azul de ese cuento patético que un jurado estaría ya leyendo, con un título sin imaginación alguna, escrito con un tono pretencioso y despectivo hacia los colegas, sermoneando sobre cómo escribir, y revelando, a medida que avanzaba, ciertos detalles indecorosos de nuestras reuniones. Y el final, otro lugar común, una muerte sin aclarar. Y el seudónimo, también pura presunción: «Pigmalión».
Me dio náuseas, y más náuseas sentí cuando la vieja empezó a acariciarme el pecho por detrás, mientras yo temblaba con ese manojo de páginas en las manos. Sentí asco, por ella, por mí, por la novela, por el cuento. Detuve su muñeca, ella creyó que era un gesto de dominación y se sonrió. Atrapado en el corpiño, me mostró dos billetes de cien dólares.
Al día siguiente encontraron su cuerpo. Estaba tan drogada y llena de alcohol, que la causa de muerte saltaba a la vista. La casa, la cama, los vasos y cubiertos limpios, todo estaba en orden. La policía, siempre tan perezosa, entrevistó a algunos vecinos, pero cosa rara, nadie sabía nada. Murió sola, intoxicada, feliz.
Tu nombre en mis labios ganó el Premio Nacional. Ese cuento de mierda, nada.
Pigmalión
Ricardo Loup. Asunción, 1986. Abogado, escritor, guionista y docente universitario. Es autor de la obra Este lado de las cosas (Arandurã, 2017), una colección de cuentos, publicados con el patrocinio de la Sociedad de Escritores del Paraguay y de la antología personal Comandante Mosca y otros cuentos inconexos (Arandurã, 2021). Incluido en antologías locales e internacionales de cuentos; varias de sus obras han resultado premiados en el Paraguay en concursos literarios de cuento, novela y ensayo.
