Narrativa. Aurora Inés Moreno Torres

 

La lotería de las diez

 

Angie, una mujer casada con Antonio —un oficinista que trabajaba en la oficina postal—, tenía una buena relación matrimonial, dos hijos, un empleo estable, y Angie además trabajaba medio tiempo en la oficina de turismo.

Al llegar a casa, Antonio encontró a Angie en la cocina terminando de preparar la cena. Ella extendió el mantel y sirvió la sopa todavía humeante en los platos; su primer comentario para Antonio fue:

—No te olvides que hoy juega la lotería. ¿Sabes a qué horas es?

Antonio se dispuso a tomar la primera cucharada de sopa y no respondió nada. Angie volvió a preguntarle; no obtuvo respuesta. Ella terminó de servir la cena y se sentó al frente de Antonio, que parecía distraído en sus pensamientos.

En la calle sonaban los pitos de los carros, las sirenas y el sonido de los vidrios cuando pasaba el tren.

Angie trató en vano de sacar a Antonio de su ensimismamiento.

—¿Sabes qué pasó hoy?

—No, cuéntame.

—Revisando páginas en internet encontré el horóscopo y te cuento: para Capricornio, mi signo, «hoy te benefician los juegos de azar».

Él solo atinó a hacer una leve sonrisa.

—Pero eso no es todo.

—En la otra página decía: los números que hoy recomienda la IA para la lotería… ¿y qué crees? Aparecía mi número: 6495. Lo que no decía —¡esos tramposos! — es la serie; la mía es la 94.

Antonio respondió:

—No vayas a creer que todo lo que dicen esas páginas es real, ya sabes: la lotería siempre se la gana la esposa del gerente.

—No, claro que no, pero a veces existen las coincidencias, y la suerte es loca y a cualquiera le toca.

Volvió y le preguntó a Antonio sobre la hora del sorteo.

—Es a las 10. ¡Ya no estés preguntando tanto!

—Como el reloj de pared no funciona…

Mientras terminaba de arreglar la cocina, Angie empezó a pensar en la posibilidad de ese premio mayor.

«¿Qué pasaría si me gano esa lotería? Haría lo que nunca he hecho: viajar a Portugal, me alojaría en un hotel cinco estrellas en Lisboa. Visitaría los mejores restaurantes, recorrería todos los museos, luego iría a Grecia. Sería mi primer viaje sola; a Antonio lo dejaría con los niños, que responda por la casa. Le dejaría un dinero, no mucho, seguro se los malgasta».

Antonio abrió la puerta de la cocina.

—¿Me puedes prestar un vaso para tomar agua?

Angie, sin mirarlo, le alcanzó el vaso con agua. Ella siguió en sus pensamientos.

«De regreso compraría un penthouse con cinco habitaciones, para no tener que dormir con Antonio; me fastidian sus ronquidos. Compraría una casa de recreo cerca a la playa, para cuando me haga falta el sol. Por ningún motivo invitaría a la familia de Antonio: esas personas solo fastidian y hablan todo el tiempo cuando vienen de visita, no se les ocurre ni recoger la mesa».

Angie escuchó que Antonio le subió el volumen al televisor.

«Tendría que pagarles todos los gastos, para que Antonio no me reprochara delante de ellos: con toda esa plata y no hacía una buena cena para su familia. La madre de Antonio me miraría con cara de reproche, insinuaría que nunca le caí bien. Antonio y su padre se quedarían hasta altas horas de la noche tomando, riendo a carcajadas, despertando a todos, escuchando esa música inmunda que odio, desordenando la cocina, regando todo por el piso. Al otro día tendría que levantarme a recoger todo ese desorden, limpiar los baños, aspirar mi nuevo juego de sala. Eso sí, abriría las persianas para que les fastidiara la luz. Verlos a ellos durmiendo en mi juego de sala recién comprado, semidesnudos, me produciría un asco irritante».

Al terminar de arreglar la cocina, Angie se dirigió hacia la sala. Antonio estaba, como siempre, metido en el celular. Ella le preguntó si ya estaban en el sorteo de la lotería.

—Quiero irme a dormir —dijo, sabiéndose millonaria.

Antonio le dijo que le dejara ver el número para no confundirse. Angie sacó el billete de su bolso y lo colocó en la mesa.

—Voy a revisar los números —le dijo Antonio—. Es el 6495.

Angie gritó de emoción, pero faltaba la serie que anunciaban después de los comerciales. Ambos se quedaron callados; Angie sentía que su corazón se iba a salir. Nunca se había sentido tan cerca de ganar una rifa, menos esta, que la sacaría de pobre.

Anunciaron la serie ganadora: era la 96. Ninguno de los dos dijo nada.

Angie miró a Antonio con desprecio; él tampoco tenía buena cara. Antes de cerrar la puerta de la cocina lo volvió a ver: notó que se había envejecido, se estaba quedando calvo y la barriga le había crecido de forma exagerada.

Sintió que su risa le fastidiaba, peor si la hacía solo cuando estaba revisando su celular. Le molestaba que llegara de la oficina y se tirara en el sofá a esperar que ella lo atendiera, como si fuera su empleada. Odiaba que subiera los pies a la mesa de la sala, que los domingos se quedara en pantaloncillos en la casa; peor, que no se duchara y se rascara todo el día como perro con sarna.

En ese momento, y ya pasadas las diez de la noche, Angie tomó su bolso, se puso la chaqueta, se cambió los zapatos. Antes de salir se miró al espejo, tomó el billete de lotería que estaba en la mesa, lo arrugó en sus manos y lo dejó caer al piso.

 

Aurora Inés Moreno Torres, colombiana, historiadora con formación en Literatura con énfasis en escrituras creativas, mis gustos al escribir auto ficción, recojo historias por la calle en el transporte público, esos relatos los convierto en cuentos o poesía.

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