Traducción por Angelo Chacón Sequeira
Au Lecteur
La sottise, l’erreur, le péché, la lésine,
Occupent nos esprits et travaillent nos corps,
Et nous alimentons nos aimables remords,
Comme les mendiants nourrissent leur vermine.
Nos péchés sont têtus, nos repentirs sont lâches;
Nous nous faisons payer grassement nos aveux,
Et nous rentrons gaiement dans le chemin bourbeux,
Croyant par de vils pleurs laver toutes nos taches.
Sur l’oreiller du mal c’est Satan Trismégiste
Qui berce longuement notre esprit enchanté,
Et le riche métal de notre volonté
Est tout vaporisé par ce savant chimiste.
C’est le Diable qui tient les fils qui nous remuent!
Aux objets répugnants nous trouvons des appas;
Chaque jour vers l’Enfer nous descendons d’un pas,
Sans horreur, à travers des ténèbres qui puent.
Ainsi qu’un débauché pauvre qui baise et mange
Le sein martyrisé d’une antique catin,
Nous volons au passage un plaisir clandestin
Que nous pressons bien fort comme une vieille orange.
Serré, fourmillant, comme un million d’helminthes,
Dans nos cerveaux ribote un peuple de Démons,
Et, quand nous respirons, la Mort dans nos poumons
Descend, fleuve invisible, avec de sourdes plaintes.
Si le viol, le poison, le poignard, l’incendie,
N’ont pas encor brodé de leurs plaisants dessins
Le canevas banal de nos piteux destins,
C’est que notre âme, hélas! n’est pas assez hardie.
Mais parmi les chacals, les panthères, les lices,
Les singes, les scorpions, les vautours, les serpents,
Les monstres glapissants, hurlants, grognants, rampants,
Dans la ménagerie infâme de nos vices,
II en est un plus laid, plus méchant, plus immonde!
Quoiqu’il ne pousse ni grands gestes ni grands cris,
Il ferait volontiers de la terre un débris
Et dans un bâillement avalerait le monde;
C’est l’Ennui! L’oeil chargé d’un pleur involontaire,
II rêve d’échafauds en fumant son houka.
Tu le connais, lecteur, ce monstre délicat,
— Hypocrite lecteur, — mon semblable, — mon frère!
Al lector
La estulticia, el error, el pecado, la avaricia
invaden el alma y afanan nuestros cuerpos,
y alimentamos los amables remordimientos
como los mendigos nutren sus piojos.
Nuestros pecados son tercos, cobarde el arrepentimiento;
nos hacemos pagar generosamente nuestras confesiones,
y volvemos alegres al camino cenagoso
creyendo que con viles lágrimas lavamos todas nuestras faltas.
Sobre la almohada del mal es Satán Trismegisto
quien adormece largamente nuestro espíritu encantado,
y el magnífico metal de nuestra voluntad
hace evaporar con maestría de químico.
¡Es el Diablo quien sujeta los hilos que nos mueven!
Hallamos encanto en lo más repugnante;
cada día nos acercamos un paso al Infierno,
sin horror, a través de tinieblas que apestan.
Como un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,
robamos, al pasar, un placer clandestino
y lo exprimimos fuertemente como una naranja seca.
Apretujado, hormigueante, como un millón de helmintos,
en nuestros cerebros se agita un pueblo de demonios,
y, cuando respiramos, la Muerte a nuestros pulmones
desciende como un río invisible de quejas y lamentos.
Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio
no han bordado todavía con sus placenteros diseños
el cañamazo banal de nuestros maltrechos destinos,
es porque nuestra alma, ¡ay!, no es lo bastante osada.
Mas entre los chacales, las panteras, los linces
los simios, los escorpiones, los buitres, las serpientes,
los monstruos chillones, aulladores, rampantes, que gruñen,
en esa infame exhibición de fieras de nuestros vicios,
¡hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Sin necesidad de terribles gritos ni de grandes gesticulaciones,
gustosamente haría de la tierra un despojo
y de un bostezo engulliría el mundo.
¡Es el Tedio!: el ojo rebosante de involuntario llanto,
que sueña con cadalsos mientras fuma su pipa.
Tú conoces lector, este monstruo delicado,
¡hipócrita lector, mi semejante, mi hermano!
Charles Baudelaire (1821–1867) es uno de los poetas más influyentes de la literatura universal y una figura central del simbolismo. Nació en París, y su vida estuvo marcada por tensiones sociales, dificultades económicas y una constante exploración de los límites morales y estéticos de su tiempo. Su obra más célebre, Las flores del mal (1857), provocó un escándalo inmediato por su tratamiento explícito del erotismo, el spleen (tedio existencial) y la decadencia urbana. Algunos poemas fueron censurados por atentar contra la moral pública. Sin embargo, con el tiempo, el libro se consolidó como un hito que redefinió la poesía al introducir una sensibilidad moderna: la belleza de lo perverso, lo efímero y lo marginal. Baudelaire también destacó como crítico de arte y traductor; fue responsable de introducir en Francia la obra de Edgar Allan Poe, cuya estética influyó profundamente en su propia visión literaria. Su legado reside en haber capturado la experiencia de la vida moderna —la multitud, el hastío, la fugacidad— con una sensibilidad nueva, que marcó a generaciones de escritores posteriores.
