El purgatorio: una tormenta sobre la educación chilena
En una noche calma, antes de la tormenta que traería algunas de las ráfagas de viento más escandalosas que recuerde la capital chilena, se reestrenó en el Teatro Mori de Bellavista un montaje de aquellos que se festejan, porque vienen a sacudir el abúlico presente de la juventud chilena.
El purgatorio, obra escrita por la dramaturga María José Pizarro y llevada a escena con la gran calidad interpretativa del colectivo CTM, llegó para dar un chapuzón de inteligencia crítica a las conciencias en sequía de nuestra sociedad.
La historia nos sitúa en el contexto de las movilizaciones estudiantiles de 2006, protagonizadas por miles de estudiantes de enseñanza media. La llamada Revolución Pingüina puso en el centro del debate público las profundas desigualdades del sistema educacional chileno: las irregularidades en la administración de los recursos, la inequidad en la calidad de la enseñanza y las precarias condiciones de infraestructura de numerosos establecimientos.
Un escenario donde las inclemencias de la naturaleza parecen sumarse a las de un sistema educativo que funciona como un verdadero laboratorio de ciudadanos, obligados a batallar contra profesores mal pagados, directores mafiosos y hasta tías del aseo con serios problemas de control de impulsos.
En el lúgubre escenario del bello Teatro Mori de Bellavista, un profesor recién llegado a impartir clases de Religión cuestiona que el establecimiento tenga un solo alumno —situación inspirada en una historia verídica— y que deba invertir horas de viaje para llegar hasta allí. Mientras tanto, las profesoras de Matemáticas e Historia intentan complacerlo con conversaciones tediosas o simplemente ignoran sus quejas. Después de todo, ninguna de aquellas circunstancias aparecía en el anuncio que el pobre profesor leyó antes de ingresar al colegio El purgatorio.
A partir de esta espera, que parece prolongarse indefinidamente, comienza a desplegarse un sinfín de anécdotas y experiencias del cuerpo docente. Uno de los mayores aciertos de la dramaturgia consiste precisamente en otorgar coherencia a esta sucesión de relatos, encadenando situaciones positivas y negativas que permiten reconocer las contradicciones, frustraciones y pequeñas resistencias de quienes ejercen la docencia en Chile.
El trabajo de guion tiene además la virtud de no abandonarse por completo al absurdo, aunque lo roce constantemente. La obra busca entretener al espectador, pero mediante una comicidad que incomoda, que provoca y que incluso puede llegar a preocupar. La risa aparece como una reacción inmediata frente a situaciones que, observadas con mayor detenimiento, revelan una realidad bastante menos graciosa.
Las carencias afectivas, las agresiones de los alumnos, las diferencias sociales entre los colegios santiaguinos, los establecimientos privados y las escuelas rurales, así como la mirada de desprecio hacia los asistentes del aseo o de la cocina, van construyendo un retrato tan grotesco como reconocible. A ello se suma la figura dominante del director, cuya autoridad se sostiene también en su capacidad de administrar los recursos y condicionar la vida laboral de quienes dependen de él.
Todo este entramado encuentra sustento en un elenco de actuaciones sólidas, capaces de transitar entre la caricatura, la ironía y el desamparo sin perder la credibilidad de sus personajes. Un verdadero aguacero de buenas interpretaciones y un agrado para quienes buscamos encontrar este nivel de trabajo en la escena teatral nacional.
Pero junto con ese aguacero escénico llega también una tromba de cuestionamientos sobre una educación chilena que todavía no consigue sacudirse del todo su enorme dependencia del mercado ni superar las dificultades para garantizar una formación de calidad. La obra parece recordarnos que los problemas de la escuela no se explican únicamente por lo que sucede dentro de sus salas, sino también por las condiciones sociales, económicas y políticas que las rodean.
Así, El purgatorio termina por convertirse en algo más que el nombre de un establecimiento educacional. Es un espacio de expiación colectiva, un lugar donde todos parecen cumplir alguna condena: desde el alumno invisibilizado hasta el profesor sindicalizado; desde quienes enseñan hasta quienes sostienen silenciosamente el funcionamiento cotidiano de la escuela.
La referencia al caso real de la Escuela Rural G-713 de Santa Juana, en la Región del Biobío, otorga a esta ficción una dimensión todavía más inquietante. Porque, finalmente, el purgatorio no parece ser una estación de paso hacia alguna forma de redención, sino un lugar donde la espera se prolonga y las promesas de transformación permanecen suspendidas.
Y mientras afuera se anuncia la tormenta, sobre el escenario ya ha comenzado a llover.
Estrenada originalmente en 2016, la obra regresa con un nuevo elenco para conmemorar los diez años de trayectoria del Colectivo CTM. Las funciones están hasta el 10 de agosto de jueves a sábado. ¿A cuánto? $ 9.200.- General $ 5.200.- Estudiantes y Tercera Edad.
https://teatromori.com/obra/Q7OVeSGZ/2024-07-26-el-purgatorio
Miguel Echeverría M.
Imágenes presentación






Fui a ver la obra en el Teatro Mori de calle Constitución., atraído por la reseña. Pero esperaba más profundidad y menos excesos, especialmente en el lenguaje y en algunos personajes esperpénticos., particularmente la profesora de matemáticas.
Es un producto satírico, tiene momentos graciosos, y pretende (y logra, pese a lo grosero en la forma) una crítica mordaz al sistema educativo chileno. La veo como una comedia de brocha gorda con situaciones y diálogos rayanos en el absurdo. Pero carente de sutilezas. Provoca cierta risa, más que la reflexión. El recurso del niño-alumno ausente, puede ser un aporte como elemento para resaltar el enfoque crítico y sarcástico. Pero llega a ser muy incómodo en su grosera expresión verbal, que sobrepasa la pura irreverencia y acidez.