©davidbuevilDavid Bueno Villafane (@davidbuevil).
SUEÑOS ENQUISTADOS
A Edwin se le enquistaron los sueños. El primero le apareció detrás de la oreja, entre la mugre y los rulos grasosos. Pensó que era un grano de esos que hay que reventar con algo grande y punzante, un destornillador, tal vez, pero después de consultar con su tía Celestina ella le dijo que bastaba con frotar la protuberancia con sal gruesa y tirar los granos al fuego, parte de las instrucciones era que después de haber lanzado los granos, uno debía alejarse lo suficientemente rápido de las llamas para no escucharlos reventar.
Así lo hizo hasta que la protuberancia se desprendió y cayó al suelo como un globito de agua. Edwin la levantó y vio que en su interior algo se movía: era él de niño, jugando fútbol en la mejor liga europea y levantando la orejona. ¿Era su primer sueño? Al menos el que mejor había estructurado a tan corta edad. Al que desistió después de haber metido un gol en contra en unos cuartos de final en un torneo de barrio. Qué vergüenza, pensó. Que inútil, sintió.
Pese a la amargura, eligió una cadena de hierro, le sacó el óxido como mejor pudo, pinchó la pelotita y la colgó de su cuello como accesorio. Los que vendían chespi a cacharrata podrían tener las cadenas de oro más gordas, pero ¿quién podía tener colgado del cogote una pelotita que contuviera un sueño completito?
Ostentó la cadena con total impudicia. Pese a que iba todo rotoso, empujando la carretilla por los laberintos del mercado, con olor a aceite reutilizado y un desodorante que se empeñaba en tener el efecto contrario, Edwin caminaba orondo porque estaba seguro que nadie tenía algo igual colgando del cuello.
—¿Qué pio es eso, vairo? —dijo su amigo.
—Un sueño enterito —respondió Edwin, sobrando.
—Por diez mil te compro ahoraite —propuso el amigo. Sin comprender realmente lo que era aquella esfera.
—Ni loco. Ndaipori vyro —respondió Edwin.
—Veinte mil ahoraite. Hakure —retrucó el otro.
Edwin no era tan boludo para rechazar esa oferta. Veinte mil equivalía a un soyo con tortilla, picante incluido, y dos latas de cerveza. Dejó ir su primer sueño por una suma estrafalaria y pensó en lo imbécil que era su amigo y como la gente soltaba plata tan fácilmente.
—Itavylaja los perros —dijo para sí mismo.
Esa noche llegó a su casa satisfecho. Explotó las ampollas que tenía en las manos, como de costumbre, y prendió la tele para somatizarse como Dios manda. Las opciones no eran muchas, pero eran igual de estimulantes. Entre el morbo y la lujuria optó por el primero, porque tenía las manos muy adoloridas por haber empujado la carretilla todo el día y puso el noticiero para saber a qué celebridad habían asesinado esta vez. En la tele estaba su amigo, con una facha que no podía asimilar, la misma cara de mandril, pero la ropa que ahora usaba era cara, se notaba porque el logo que tenía la remera casi no se podía ver. «José Reyes, oriundo de la ciudad de Capiatá, de oficio cuidacoches en el microcentro asunceno, ha sido el fichaje más inesperado de la temporada. Cincuenta millones de dólares para jugar por la Vecchia Signora» decía la periodista.
Edwin hizo un esfuerzo sobrehumano para unir los puntos. ¿A qué se debía que su amigo disfrutara de un éxito tan inesperado? Si a la mañana nomás le había jodido un veinte mil por la pelotita que contenía su sueño y ahora andaba en Lambo. Toda la energía que adquirió con el soyo con tortilla fue dirigida a sus neuronas, a las dos que guardaban menos distancia entre sí, el soyito con tortilla fungió de combustible para unir esos dos chisporroteos exangües que estaban separados por un abismo enardecido de ecos, y esta fue la conclusión a la que llegó:
—Isuerte ko tembo.
Edwin se durmió rabioso por la envidia, pero a la mañana siguiente todo se había esfumado gracias a la magia de la rutina. Lo único que tenía en mente era que tenía que empujar, una vez más y solo Dios sabía cuántas faltaban, la carretilla por sinuosidades encriptadas que solo unos elegidos como él podían descifrar. Llegó a la tienda y saludó al dueño. Esperó a que el primer cliente saliera cargado de bolsas para poder ofrecerle sus servicios. Lo que lo motivaba era pensar en el almuerzo. ¿Hoy tocaría una marinera con arroz blanco o un puchero hakumi asy? Se deleitó con la fantasía de ser millonario para poder comer todo lo que quisiera, a la hora que quisiera, sin necesidad de tener que levantarse temprano para llevar de aquí para allá las pertenencias de los demás a cambio de unas monedas.
Después de tanto fantasear con riquezas le empezó a picar el pecho. Otra protuberancia se asomaba entre su tetilla izquierda y su axila. Se inspeccionó al igual que un chimpancé que busca garrapatas en su piel y en la nueva esfera incipiente en su cuerpo, podía verse a sí mismo ataviado de fortuna. En el nuevo sueño enquistado, a Edwin le faltaban manos para acarrear tanto dinero, así que contrataba a otros carretilleros para que llevaran todos los billetes a grandes bóvedas que estaban dentro de su mansión.
Repitió el proceso indicado por la tía Celestina y esta vez se guardó la esfera en el bolsillo. Debía pensar bien su próximo movimiento. Capaz veinte mil guaraníes era muy poco para un objeto tan peculiar. Edwin era reacio a considerar relaciones causales: lavar un auto no implicaba que luego lloviera y haberle vendido la esfera a su amigo no tenía nada que ver con que al mismísimo día siguiente le lloviera el éxito.
Volvió a colgarse la pelotita del cuello. Esta vez el sueño era más detallado y colorido. Brillaba con rabia sobre el pecho de Edwin. Tarde o temprano otro oferente saltaría para, primero averiguar que era esa pelotita tan peculiar y, segundo, para regatear hasta más no poder en beneficio propio y perjuicio de Edwin. Aunque ahora él ya estaba preparado: si su amigo había soltado veinte mil guaraníes tan fácilmente, esa debía ser la cifra que le serviría de base. Se atrevía a soñar con una venta de cuarenta mil guaraníes, si era goloso hasta de cincuenta mil, en su mente ni apareció el billete de más alta denominación, porque hacía ya tantísimo tiempo que uno no pasaba por sus manos que hasta se había olvidado de que santo ocupaba ese lienzo.
Varios preguntaron qué era lo que le colgaba del cuello, pero ninguno le hacía alguna oferta. Le picaba el cuerpo de ansiedad por decir que su sueño enquistado estaba a la venta, pero la tía Celestina, que guardaba entre los pliegues de su rostro tanta sabiduría como las estanterías de Babel, le recomendó que se mostrara desinteresado de la venta del sueño, que incluso se sorprendiera u ofendiera un tanto si alguien le planteara comprárselo.
Así anduvo por los recovecos del mercado, mientras los ojos de otros transeúntes se ensartaban en su sueño como kabichu’is en una melena encrestada. Hizo tantos cálculos con respecto a la posible venta que se le olvidó la primera regla de la calle: no dormirse. Refrenó el impulso de palparse el cuello en busca de la pelotita, era evidente que ya no estaba y lo único que lograría al desafiar esa certeza sería acrecentar su actual status de pollo. Por lo menos no olvidaría la segunda regla: sin lloro.
Edwin se dio cuenta de quien le había robado el sueño al día siguiente. Fue su amigo de toda la vida: Rubén. Lo increpó para ver qué respondía.
—De la noche a la mañana sos millonario, che ra’a. Contame el secreto —le dijo Edwin.
—Ningún secreto. Compré binguito y gané. Ni más ni menos —respondió Rubén.
—Hay más probabilidades de que te caiga un rayo a ganar el bingo. Algún amuleto habrás encontrado por ahí para tener tanta suerte —le dijo Edwin, mientras se rascaba el lugar en donde antes le colgaba el sueño.
Rubén sabía que Edwin sabía lo que ocurrió, pero no admitiría nada porque lo adquirido lo tenía por derecho, el de la calle, pero derecho, al fin y al cabo. A pesar de eso sintió lástima por Edwin y le dio trabajo como carretillero en su nueva mansión. Ahora en vez de recorrer los laberintos del mercado tenía que acarrear las bolsas de dinero de Rubén, desde el camión que estacionaba en la entrada hasta la bóveda que se encontraba al fondo de la sala. No era justo, pero al menos tenía un trabajo mejor remunerado. Los días siguientes trató de sopesar su derrota y sentir agradecimiento por las migajas recibidas. De todas formas, su vida ya era una serie de resignaciones, desde aceptar haber nacido en un agujero hasta el presente, que sus amigos vivían los sueños que él había creado.
Así estuvo durante un mes, carretilleando el dinero de su amigo que parecía no tener fin. Al primero del mes siguiente cobró su sueldo y su rabia contenida se apaciguó un poco, pero a Rubén, que por primera vez le tocaba estar en el lugar de empleador, le generó un odio desconocido el hecho de tener que pagar a sus empleados por tareas que él hubiese querido que las hicieran de por sí. Entonces, ya que gastaba tanto dinero en ellos (lo mínimo que establecía la ley), decidió humillarlos para que supieran quien mandaba. Los mandó rodear la mesa y los obligó a mirar mientras él comía platillos que sus empleados no podrían degustar en sus vidas, salvo que la mano benevolente de un Dios bajara y les convidara un bocado. A veces amagaba con darles algún pedazo, pero enseguida lo dejaba caer al suelo para que su rottweiler comiera las sobras.
Esa noche Edwin soñó de lo lindo: que en un arrebato de furia se abalanzaba sobre Rubén para arrancarle la piel a mordiscos y que de esa forma saciaba el hambre que bullía en él. A la par se le formó una nueva pelotita con el sueño concebido, esta vez apareció en la ingle. Al otro día no puedo evitar rascarse de vez en cuando, simulaba acomodarse el bóxer para poder eliminar la picazón. Había soñado con tanta furia que el sueño era del tamaño de una pelota de tenis y cayó mientras empujaba la carretilla por la mansión. La perdió de vista, no quería agacharse para buscarla porque los demás lo acusarían de vago. Miró furtivamente mientras aparentaba trabajar y pilló al rottweiler zampándose la pelota sin masticar apenas.
Se arrepintió de soñar algo tan feo. El rencor lo convirtió en un ser ruin por poco tiempo. Agradeció que el perro devorara la pelota sin que nadie la encontrara y decidió no soñar nunca más, porque los sueños no le traían más que pesadumbre y ansiedad, eran la promesa de algo que jamás llegaría por más de que los tuviera en sus propias manos en forma de esferas y salieran de su propia piel, como esos sapos que encuban sus huevos en la espalda.
Una vez más la tele lo apartaría del pensamiento. Pensar era una actividad de gente adinerada, alguien que le echara jabón a su shampoo de contrabando no debería desperdiciar su tiempo en esos menesteres. En la pantalla salía el rottweiler de Rubén, con el hocico cubierto de sangre, a unos pocos metros atrás estaba Rubén, desollado, hecho un ovillo en su propia sangre. Los noticieros ya no se molestaban en pixelar las imágenes. ¿Quién les diría algo en la era de la libre expresión? Cómo Rubén no tenía hijos ni padres a quien heredar, ni ninguna otra persona que quisiera agarrar su dinero maldito, el rottweiler heredó hasta el último guaraní partido que se encontraba en las bóvedas de la mansión.
Edwin volvió a la mansión al día siguiente, esperando que algún encargado le pagara la liquidación, sin Rubén era obvio que ya no habría dinero que acarrear de un lugar a otro. Sin embargo, se encontró con que los otros carretilleros de la mansión acarreaban carne y huesos de cuero y todo tipo de juguetes que le interesaran a un perro.
—¿Seguimos trabajando como si nada? —preguntó Edwin a uno de sus compañeros.
—Sí. Mismo trabajo, diferente mercadería. El nuevo jefe está de buen humor. Si le pedís un adelanto, seguro que te lo da.
Edwin fue hasta el despacho que antes era de Rubén y encontró al rottweiler con el monóculo de oro puesto que su dueño había comprado en el desenfreno de un capricho de mal gusto.
—Rubén no tenía problemas de vista y se compró esa boludez —pensó Edwin en voz alta.
—Ciertamente no me soluciona el daltonismo, pero los grises se ven mucho más nítidos. ¿En qué le puedo ayudar?
—¿Seguimos haciendo lo mismo o nos van a liquidar? Quiero saber si sigo teniendo trabajo —dijo Edwin.
—Por supuesto que tiene trabajo. Ahora no puedo prescindir de nadie. Hará lo mismo de siempre, pero acarreará otras cosas.
—Carne y huesos de cuero y todo tipo de juguetes que le interesaran a un perro, como dijo el narrador —dijo Edwin.
—Efectivamente.
Edwin reflexionó un rato antes de responder.
—En el fondo sabía que no iba a ser milloca, pero trabajar para un perro ya es demasiado.
—La culpa no la tengo yo, señor. Si quiere el trabajo quédese y si no váyase a la mierda. Si quiere cumplir sus sueños tome mi ejemplo y arrebátelos a como dé lugar, no crea que porque salieron de su mente o porque se formaron en su piel como forúnculos y cayeron al suelo como adornos de navidad ya son suyos. Sea hombre y vaya en su búsqueda, de ser posible sin llorar como una perra.
Edwin reflexionó una vez más, era la segunda vez en el día y sus neuronas estaban a punto de armar una huelga en protesta por la explotación laboral. Se alejó del perro con monóculo y salió de la mansión. Se sintió un poco perdido, sin velas que lo llevaran por un buen rumbo, pero a la vez era dueño de cada paso que daba. Respiró bocanadas ingentes de libertad y en una de esas inspiraciones su estómago retumbó por el hambre. Se frotó las manos llenas de callos, paró su marcha y dio media vuelta en dirección a la mansión, para ir a hacer lo que mejor sabia: empujar carretillas.
Pablo Guillermo Franco Beltrán. Nacido en Ciudad del Este, Paraguay. De profesión abogado, se graduó en la Universidad Nacional de Asunción en el 2020. En el 2019 fue ganador del segundo premio del Concurso Nacional de Cuentos Cortos del Club Centenario. En el 2021 publicó en coautoría un libro de cuentos titulado Dibujando el alma – Ha’angahai Anga.
