Cartas desde la cama
¡Uuuh!… ¡Qué rico, patitas al agua! Rememorando el verano cuando la lluvia golpea la ventana y el viento mueve la cortina. Cartas, la parte de ti que me acompaña cada noche. Tu presencia ausente escrita en papel, tu seducción distante, tu atracción de hombre y compañía de amante.
Tengo ya muchas cartas guardadas en esta caja de metal, decenas de ellas, sin orden ni tiempo, porque contigo no hay momento concreto en el que disfrute más que en otro, porque tú eres mi amparo, mi disfrute de alegrías, mi soñar de caricias, porque en ti y tu distante existencia encuentro el mayor placer, el que celosamente guardo para ti, el que ningún otro podrá vivir en mí.
De tus cartas recibo aquello que necesito. Imagino tu puño escribiendo lo que cada noche leo. Lo sueño seguro y viril, detallando bajo una luz de velas la pasión que te desvelo. Veo tu mano dibujando deseos, escondiendo las imágenes de ellos entre las palabras, entregándote a mí, renglón a renglón, en un descenso de hoja que a punto de alcanzar el fin se alza en nuevo episodio al pasar la página.
Eso es lo que más me gusta en tu manera de amarme, el río sin fin que haces fluir sobre mí, la sensación de terminar feliz y ver otra vez aparecer los destellos con los que pueblas el placer de mi universo. Tú y tus palabras. Tú y tu manera de decirme, carta tras carta, que me amas, que no puedes vivir sin sentirme cada día, que tus sensaciones no son nada si sobre mí no las derramas.
Sensaciones me regalas escritas, las que me hacen sentir la emoción de tenerte cerca, las que me descubren que tu entrega acierta sobre cada uno de mis deseos. Placer me da leerte cada noche, deleitándome en tus palabras, frenándome en las más bellas y dulces, incluso en las más provocativas y perversas. Tu lejanía me hace esclava de los pensamientos, de tus noticias siempre de amor y pasión, las que por su carnal ausencia me convierten en sumisa sirvienta que espera tu vuelta.
Vivo entre cartas tu compañía de amante, en esas cartas en las que nunca me cuentas tus problemas, en las que desde hace ya años, desde que empezaron a llegar, solo sé gozar con ellas. Lo sabes bien, sabes que yo no te contestaré nunca, porque eso es lo que quieres y yo lo acepto. Mi silencio es la muestra de que te pertenezco, de que mi alma es fiel a ti y doblega mi cuerpo. Sí, es ella, mi parte más profunda y espiritual la que me lleva a tu lado, la que me obliga gustosa a residir en la cárcel de tus sentidos, la que desea ser querida, amada, usada e incluso violada por letras.
Hay quien no entendería este anhelo de ser dominada por tinta y papel, esta necesidad de perderme en tus extremos. Pero esta faceta oscura también soy yo, y solo en la irrealidad de tus cartas me atrevo a darle rienda suelta sin temor.
Tus cartas son mi noche sin soledad, tus frases las cuerdas que me atan al capricho, tus palabras las caricias y dominios, tus letras los besos y mordiscos. Cada noche soy tuya en este lecho donde te leo. Cada noche me desnudo para ti en esta habitación tibiamente iluminada. Cada noche abro la caja de metal donde te guardo y te leo sentada en la cama.
Reviso tus cartas frente al espejo que me acompaña, como si en mi reflejo estuviese tu cuerpo. Entre todas las recopiladas escojo una, la primera de la noche, una de las cartas que seguramente habré leído otras veces en otro momento que no fuese el primero. Es por eso que me gusta tanto leerte, porque sin orden alguno, aunque me lo hubieses contado otras veces, recibirte en cualquier carta siempre convierte la noche en diferente.
La primera carta de la noche, como ahora hago en esta mi solitaria noche, me abre la puerta hacia ti. Luego ya no hay una segunda, tan solo todas juntas. Tu aparición de espejo me trae el gran deseo que de ti tengo. Por eso no hay segunda carta sino un sinfín de partes que leo entre todas las cartas esparcidas sobre el lecho. Me encanta revolcar mi cuerpo entre tus letras, dejar que las hojas se peguen a mi piel, sentir que las frases me atan a la cama y que las palabras migran del papel para ser peregrinas, en busca del más íntimo placer, sobre la piel.
Adoro sentir tus letras inundando a la mujer, haciéndome dependiente de tu lejana pasión. Muero por cada vocal y su pronunciación, por soñar la forma de tus labios en ellas cada vez que me roza el papel. Enloquezco con tus pensamientos, los más extremos, crudos y sinceros, los que no se avergüenzan de mostrar con claridad lo que me harían sufrir si estuvieses cerca. Gozo, como nunca podría, al sentirme envuelta por tus párrafos convertidos en cuerpo de hombre, sometida a las oscuras lujurias de un grupo de líneas.
Me ladeo en la cama, con mis manos supliéndote, mutando mis dedos en mensajeros explícitos del deseo ajeno. Allí donde gire y ponga la mirada te veo, allí donde vaya de la cama te leo y tus palabras llegan siempre a tiempo, precisas para que se prolongue el limbo del instante que me place sin romper el trance. Cuando creo alcanzar el cenit del placer que me traes, aquel en el que quedo con mi cara pegada a tus hojas, manchando de carmín tus letras, me llamas unos folios más allá y me mimas mientras te miro a los ojos. ¿Cómo no voy a ser solo tuya si solo tú eres capaz de darme el cielo?
Cuando siento llegar el orgasmo, cuando amenaza el final del encuentro, cuando mis manos ya no son mías y me estimulan con desenfreno, entonces tu voz me habla del amor sin sexo. Atrapada me tienes a tus maneras, a tu capacidad de hacerme sentir, a tu dependencia. Cualquier mujer desearía lo que tú haces de mí, cualquiera se dejaría hacer si esas maneras la llenan y cubren de placer.
Amado mío, tú sabes cómo soy y qué preciso, tú puedes llevarme a un hermoso paisaje y amarme sin tocarme, tú eres capaz de todo conmigo, incluso de hacerme sentir la puta que en mí necesito. Solo tú y nadie más puede hacer de mí lo que quiera en este lecho de pecado con amor. Paso las noches querida, amada, sintiéndome deseada y orgullosa de ser mujer, gozando como hembra que soy, sin perjuicios ni culpa, solo porque todo lo que hago lo hago contigo.
Sé que no necesitas que te explique cómo me siento, sé que no deseas mi esclavitud, pero bien sabes tú que no puedo evitar deberme a ti como si fueses amo. Sí, lo sabes porque me escuchas decirlo cada noche, porque, aunque lejos me sientes, conoces mi entrega de alma y cuerpo, porque el silencioso nocturno de tu escritorio se llena de mis jadeos y gemidos a cada párrafo escrito. Me sometes, me haces tuya aún sin ser tu voluntad, solo porque nadie como tú me ha hecho sentir antes lo que aquí. Vivo en medio de tus extremos, nadando entre ellos, gozando con todos, aceptando el todo de tu puño y letra.
Como cada noche en mi lecho, me nacen alas con tus palabras. Retozo hipnotizada de placer y amor, alejada de la realidad diaria. Retozo en el limbo de tus ecos, sobre tus cartas de amor y sexo que cada día escribes para esta cama, encerrada en esta jaula invisible que has construido, en esta dependencia a tu oculta existencia. Adicta soy a tu manera de amar, a tus extremos que otras temen, a tus verdades viscerales. Puede que esté loca, pero solo de noche, cuando me alejo del día para ir en tu búsqueda, usando el único camino que conozco, los sueños de tus cartas en mis manos.
Entre hojas que son sentimientos, emociones, deseos, carne y espíritu, entre ellas me masturbo al son de tus delirios. Te leo: «…y rompería todo tu cuerpo con mis besos… mis manos se multiplicarían en miles y aparecerían cientos de razas para que todos los hombres te cubriesen… te exhibiría en una vitrina mientras te penetro a contra natura, para que vieses los ojos de la envidia en aquellas que miran…» ―y así salto hoja tras hoja, atrapando frases y párrafos que me llevan a la temida cima, porque en ella me sacias y te pierdo entre lágrimas quizás de alegría.
Hábil es mi placer hacia ese aspecto, hábil por egoísta de no hallar el final. Mi goce de cuerpo seda la voluntad de alcanzar y domina el parpadeo de los ojos, haciendo que ladeo y vista, en ese baile de desenfreno, busquen el mismo objetivo en otra esquina. Así hallo la calma necesaria, al descubrir la media hoja que me das entre las demás y leerte de nuevo: «…en este oscuro escritorio me siento solo al saber que una mujer me espera… si pudiese amar a otra no sabría a quién, yo solo conozco un cuerpo al que puedo llamar mujer… viajar hacia ti es como pasear por un prado a media tarde, la llanura más hermosa cuyo horizonte encandila en el relevo de la noche al día… sé que sabes ser barco, por eso soy creador de este mar de palabras, para que puedas navegar hacia mí costado… me gustan tus ojos porque me reflejo puro en ellos, me gustan tus labios porque saben siempre a nuevos, me gustan tus orejas porque puedo caer en ellas, me gusta tu nariz porque la alzas al reír…», ―y otra vez me ladeo para remontar el placer hacia su cúspide: «…me sentaría a observar cómo lames a no sé cuántos hombres, como tu boca perversa, la que yo he educado, tortura de placer a esos infelices… hoy deseo atarte y vendarte los ojos, no solo de noche, sino todo el día, hoy más que nunca te quiero mi sucia esclava de alcoba… cuando te imagino sobre mí me sonrío, me hace feliz ver tu placer en el sacudir de tu pelo, saber que gozas al trote de tus pechos, que tus tiesos pezones son provocación para mis dedos… lo sabes, sabes que mientras te penetro disfruto buscando tu otra entrada con los dedos y que sueño perderme en ti como si fuese el erecto y carnal ariete de un negro…», ―y así una y otra vez te leo, subiendo y bajando esa cima que cada vez cuesta menos de remontar.
Gozo cada noche, con tus cartas, con tus frases y palabras, contigo en exclusiva. Virgen de otros me mantengo en esta cueva clandestina, un lujoso lugar escondido a la vista de todos menos de ti. Pura de cuerpo para ofrecerme sin condición al único que merece mi amor. Mis ojos son los tuyos al mirarme al espejo. Al ver mi reflejo puedo sentir lo que tú, puedo imaginar lo que imaginas en ese lugar lejano en el que te encuentras, en esa distancia que te hace único. Me veo, observo la imagen de mi placer, el recorrer de las manos y masturbar de los dedos.
Mi boca está entreabierta, mi lengua recorre perfilando de humedad los labios. Mi nariz respira profunda y excitada, los orificios de mis fosas se dilatan al ritmo del jadeo. Mis ojos se niegan a cerrarse, generando un parpadeo que convierte en fotogramas la imagen. Mis pechos endurecen y se alzan al compás del respirar, mi espalda se arquea, mi cabeza se ladea, mi cadera es poseída por una danza reproductiva. La cintura contornea, la pelvis se alza, las piernas indecisas se separan y acercan, y mis manos me confunden las verdaderas presencias entre neblinosas caricias.
El sonido de tus cartas bajo mi cuerpo, el arrugar de las hojas en cada envite de mi entrega, tu arropo de amante otoño, convierte todo lo escrito en palabras de tu voz. Mis manos son completamente tuyas, sus caricias de palma ya no son tiernas ni rudas, son solo estimulación que me aleja de este lugar y me hace viajera de tu vera. Tus dedos me visitan, se untan de mí y exploran mi sexo con inmunidad. Los deseos dentro, quiero ser torturada por las yemas de tu capricho, soñando que tantos dedos son tu erecto miembro.
Ya no miro espejo alguno, tu imagen y la mía yacen juntas en la mente. Nos veo amándonos con pasión, entregados sin límite de tiempo, el uno sobre el otro, el otro sobre el uno, tumbados o de pie, conmigo de espaldas o teniéndote al frente, en cualquier posición y en todas a la vez, rodeando con mis labios tu pene, sintiendo tu hambre de vulva, penetrada por tu lengua, por tus dedos, por tu dura verga, llenando mi boca con la humedad del beso, escociéndonos con ello, bañados de tacto sin saber de quién de nosotros son estas manos.
Nos veo gozando como animales en celo, abrazados de piernas y brazos, entregados al límite opuesto, empeñados en fundir nuestras carnes en un único cuerpo. Te veo a ti desaparecer en mí, penetrando todo tu ser bajo mi piel, hasta poseerme por completo y quedar levitante en este goce que ahora provocas por dentro.
Tu presencia controla mi aire, mis pulmones actúan al ritmo de tu respiración. Viajas por mi sangre hasta alcanzar el corazón y allí decides jugar al riesgo de la excitante arritmia. Me aceleras como jamás podría, me detienes y haces que casi muera para de nuevo bombearme hacia la cima. Me dominas y eres tú, experto en hacerlo todo en sintonía, tutor de mis rincones, quien me arrastra al límite de ser mujer.
Tus manos acarician lo más profundo de mi sexo, tu lengua se ancla a la raíz de mi clítoris, ya no sé si tu pene se clava en mí o intenta salir, no puedo ya conocer si la estimulación que generas en mis pechos es sobre ellos o lo haces por dentro. Mi placer se funde al tuyo en uno, la más potente manera de sentirme viva y morir a la vez, la misma manera con la que me rebelo al no ser capaz de soportar más.
Así es, estallo, exploto, porque no hay otra manera de explicarlo, al lograr tu presencia el alcance de mis límites, al romper tu placer sobre el mío. Me agrieto en chillidos y gritos de luz en un paraíso alcanzado, lucho por naufragar hasta la orilla de la playa y descansar, lucho para echarte de mí en esta extrema experiencia, a la que siempre me sometes, con la que podría perder la existencia.
Cuando estás en mí, mi entrepierna deja de serlo para convertirse en sexo todo mi cuerpo. La ascensión a la cima se desborda en catapulta hacia un cielo luminoso, en una batalla por arrancarte de falsas carnes y no perecer de sentidos con la adicción de amor. Mi respiración ya no es tal, mis ojos ya no ven, mis manos yacen caídas y el pecho alzado, hacia un Dios que solo alcanzo con la libertad del alma escurrida entre fisuras de lava. Detono en estruendo gozoso y logro al fin arrancarte de aquí. Tan deseado en ausencia, tan insoportable el perpetuo tumulto de tu presencia.
Te devuelvo a tu lejano lugar, de retorno al escritorio donde nacen tus palabras, para que en tu siempre retiro pueda imaginar, para recuperar de tu soñada mano otra carta que, bien seguro, recibiré temprano mañana. Así es como terminan mis noches de amor, así son nuestros nocturnos de amantes, negándome a aceptar que tu lejanía me afecta. Mitigaré ahora, después de levantarme del lecho, el dolor que avecina la salida del sol. Sentada frente a tu escritorio, tomaré papel y pluma e imaginaré la carta de tu próxima visita, que bien sé está escrita.
JC Petermann (63 años, residente en Campinas, São Paulo, Brasil). Periodista y escritor. Graduado en Letras Portugués-Español, trabaja como creador de contenido y revisor para agencias de publicidad, sitios web y editoriales. Desde 2008, colabora con el Portal Galego da Língua – Galiza, publicando sobre cultura brasileña y Lusofonía. Autor de Arenas de PortoNovo (Caravana Editorial 2024), publicado en Argentina y Brasil. Instagram @jcpetermann y @areiasdeportonovo.
