Poesía. Retsel Adejo

 

HERENCIA DEL FUEGO SAGRADO
(El olimpo en mis versos)

Capitulo I
(Antorcha insurrecta)

No busco la corona ni la espada,
ni el aplauso fugaz de los salones,
sólo legar al mundo mis canciones,
como un Homero ciego en su jornada.
Mi voz será la antorcha inmaculada,
cruzando tempestades y estaciones,
y elevaré en mi hija los blasones,
de un verbo que jamás se desvanece.

Capitulo II
(Sangre de Orfeo)

De Darío he heredado la mirada,
de Orfeo la lira eterna que trastoca,
mi letra es terremoto y llama loca,
mi alma es de titanes elevada.
Las musas me tendieron su emboscada,
mi verso es astro que nunca se sofoca,
y en mí el Olimpo vibra y me convoca
un fuego que al abismo prevalece.

Capitulo III
(Voz sagrada)

Las Moiras me dictaron su sentencia,
mi verbo es el crisol de los ancestros,
el canto es monumento y son los versos
cadenas que disuelvo en mi conciencia.
Mi pecho es torbellino y resistencia,
mi estilo redibuja eclipses manifiestos,
soy clásico, fundador de nuevos gestos,
y el arte es mi inmortal correspondencia.

Capitulo IV
(Relámpago hereje)

Virgilio tiembla al ver mi nacimiento,
sus églogas se rinden mansas al latido,
mi pluma es un relámpago encendido,
y hiende con mi grito el firmamento.
Horacio reconoce el movimiento,
el arte es asombrado con sentido,
los dioses han jurado lo prohibido,
que en mí renace el fuego y su momento.

Capitulo V
(Oráculo de fuego)

Las liras en mis manos se estremecen,
mi rima incendia toda geometría,
renace en mí la antigua profecía,
los bardos y los dioses me obedecen.
Las musas en mis venas permanecen,
mi voz es un ciclón que desafía,
mi cuerpo es vendaval que no vacía,
y siglos de silencio en mí perecen.

Capitulo VI
(Grito del abismo)

Las urnas de los tiempos se quebraron,
mi verbo los abismos transfigura,
resuena en mi garganta la armadura,
los dioses en mi canto despertaron.
Los siglos y sus voces me llamaron,
mi llama es el destino que perdura,
la estrofa es tempestad que no fractura
los muros de la sombra, se apagaron.

Capitulo VII
(Nombre eterno)

El cielo ya murmuran mis historias
los héroes me preguntan el camino,
mi tinta es tempestad, trueno divino,
mis frases desmantelan sus victorias.
Los bardos se disuelven en las glorias,
mi arte los eclipsa en su destino,
mi aliento es el relámpago genuino
que siembra voz en sus memorias.

 

SONATINA PARA LILLIAM

Ella anuncia un silencio… ¿Qué tendrá mi amada?
Sus suspiros se alzan con la luz de alborada,
que ilumina su rostro, donde anida el fulgor.
Guarda calma en reposo, brilla como la aurora,
y su alma, cual lira que mi canto decora,
teje sueños dorados en su hermoso candor.

Se han callado las Arpas del Edén y sus coros,
y en la alcoba reposan como cetros de oros
las palmas de los Magos y el laúd de David.
Un silencio de siglos la corona en su espera,
como Helena en la torre de la luz verdadera,
como Isis contemplando la matriz del sinfín.

¿Sueña acaso con Eva, la del soplo primero?
¿O con María intacta y su verbo sincero,
que tejió con sus manos al Señor del Amor?
¿O en Minerva que nace de la mente infinita,
o en Gaia que en su vientre la Tierra concita
con volcanes de lava, de jade y de fulgor?

¡Oh, la bella doncella de sonrisa de Luna!
Se ha tornado en un arca, en la barca de espuma
que navega los mares del dolor y el temblor.
Más que reina de Tebas, más que Ninfa de Elora,
lleva en sí a Camille, la pequeña, mi Aurora,
resplandor que arde puro con aroma de flor.

Ya no teme a los tronos, ni a los juicios de aceros,
ni a los falsos profetas, ni a los astros severos
que en los cielos giraban sin destino ni fin.
Ella es madre del alba, del futuro en un canto,
como un faro en el tiempo, como un cáliz de encanto
donde brota la vida del jardín más sutil.

¡Oh mi bella Socorro, de los ojos de cielo!
Está presa en su espera, en su amor sin recelo,
en la cuna de vida que su cuerpo formó.
El palacio del tiempo, que los hados custodian,
guarda el fruto dorado que los siglos anuncian,
mi princesa heredera, su victoria y honor.

¡Oh Lilliam! ¡Oh trono del milagro del mundo!
Estás cerca del grito que atraviesa el profundo
velo azul de los siglos y la ley del umbral.
Estás siendo la puerta de lo eterno y lo puro,
la que da a la esperanza su terreno más duro,
la que enfrenta a los dioses con su carne mortal.

-¡Calla, calla, mi reina! -dice el viento que canta-,
hacia vos va el destino con su antorcha que encanta,
en su carro de nubes, con su rayo de amor.
Nuestra hija, lucero que en tu seno se forma,
llegará como el verso que la vida transforma,
a encenderte el camino con su eterno primor.

 

Lester Javier Rodríguez Ojeda (Managua, Nicaragua, 19 de noviembre de 1990) es un poeta de voz clandestina y verbo luminoso. Amante de la obra de Félix Rubén García Sarmiento, escribe desde la entraña de lo cotidiano con una mirada lírica, crítica y profundamente humana. Se define a sí mismo como un “Alquimista del verbo”, fiel a la palabra como oficio de conciencia y espejo del alma colectiva. Estudió Promoción Social y Humana en la Universidad Juan Pablo II de Managua, Nicaragua, donde fortaleció su vocación por la justicia y el arte como herramientas de transformación. Su poesía, más que ornamento, es testimonio y revelación: un acto de resistencia amorosa frente a la indiferencia del mundo.  Su vida transita entre el silencio creador, el compromiso social y la esperanza viva que brota del amor y la palabra.

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