Sara Ces traza el ciclo de la muerte en este inventario del dolor y poética de la resistencia en diez actos que es Cae la tierra. Y lo hace a través de una voz poética que se presenta desde el verso inicial como un yo rotundo, presente, ético. Un yo que se equivoca y sufre. Afirma. Denuncia. Sabe.
Desde los primeros versos se anuncia ya la presencia constante de la autora —«Escribo, como si sirviera de algo»— que habla desde dentro, en idioma nativo.
Su modo de expresar una temática tan compleja se aleja de lo solemne y elimina cualquier carga retórica. El lenguaje, elegido con terquedad, muda de lo fúnebre a lo fatalista. Otras veces es frío, imperativo e incluso desafiante. El lamento apenas se deja ver, apartado de un manotazo por el pesimismo y la rabia.
Hay mucha verdad en la obra. Furia, ensañamiento, odio. Cartografía de sentimientos sin concesiones al adorno, enlazados en una sintaxis que acoge palabras exactas, domésticas. Sustantivos y verbos desnudos, de impacto seco. Fogonazos que a veces se transfiguran en símbolos del más puro estilo surrealista.
En la bella Introducción Sinfónica a la obra del poeta Augusto Ferrán, Gustavo Adolfo Bécquer alude a un tipo de poesía «Natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía». Así es la poesía que elige Bécquer y así es la poesía de Ces.
En la resolución del duelo, la cual trata minuciosamente, la autora nos sacude con un tono directo impecable, con el que rastrea distintos escenarios para evocar imágenes rápidas, muchas veces en primer plano o plano detalle. En ocasiones las palabras actúan como puñetazos que provocan una brusca inversión del punto de vista, como si se tratase del objetivo de una cámara. Cuando escupe, protesta o pide justicia, Sara Ces es cine. Cine de autor, con un excelente guionista y un meticuloso director.
Entre las distintas secuencias el sentido unitario se hace patente. Aparecen estructuradas en un orden perfecto, sin mácula, en el que los títulos conforman la unidad.
Mientras las páginas recorren temas como la muerte, el dolor, la vulnerabilidad o el desengaño, Ces salta de una emoción a otra como un saltimbanqui, cuyas acrobacias declaran la ausencia de sentido de la vida y conceptos como dolor, denuncia, rabia o miedo cristalizan en cinco ejes fundamentales:
El eje metafísico
El poemario se estructura en su forma como una liturgia del deceso. Emula una arquitectura fúnebre y ritual de una profundidad sobrecogedora, desde una poética que se inscribe en la tradición elegíaca más rigurosa.
La presentación niega la vida y el primer poema anula la esperanza. Muerte es final. Mueren las ciudades, muere el cuerpo y muere la confianza. La autora actúa como cronista de la ruina, generada por un capitalismo que mercantiliza el espacio urbano, erosionando así la identidad humana.
El eje íntimo
El dolor es materia prima incandescente. La figura materna funciona como un espejo clínico, convertido en metáfora de la visión traumática sin consuelo. La lucidez solo se alcanza a través del padecimiento.
Predomina lo visceral, la catarsis. La asfixia sistémica de la víctima y su vulnerabilidad se revelan en la mudez bajo el agua. La escritura se convierte en acto de exorcismo literario que consigue hacer efectivo el grito. Del mismo modo, el monólogo interior saca los monstruos —demonios— al exterior.
El eje denuncia. Cinismo patriarcal / mudez punitiva
Aborda la crítica directa al agresor y trata sin tapujos la corrupción de los poderosos. Destaca el tratamiento que recibe la figura del depredador, oculto tras la pancarta violeta, coreando consignas que su naturaleza traiciona. Es la apropiación del discurso feminista por parte del poder contrario al feminismo. El grito ahogado —que queda registrado en el papel como un acto de resistencia— no es debilidad, sino la muestra de la desigualdad de fuerzas estructural y la injusticia de tal asimetría. Aquí, una marcada semántica del abuso expresa la necesidad rabiosa de justicia restaurativa.
Por otra parte, advierte que la violencia no opera en solitario, sino que se inserta en una estructura de control —psicopolítica del miedo—. Las referencias a Orwell nos hablan de vigilancia emocional. La monotonía del ciclo vital es la alienación de Huxley.
Olvido y fallo del sistema
El tratamiento del alzhéimer y las mujeres cuidadoras sacrificiales es un punto de gran tensión ética. Es la metáfora definitiva del fallo del sistema presente en toda la obra. Esas ancianas como dios manda representan la abnegación que la modernidad y la divinidad han decidido olvidar.
El eje tradicional y la influencia de Lorca
El eco granadino, de herencia lorquiana, no funciona como simple ornamento en la obra, sino que reconstruye una nostalgia ácida. Emergen en ella elementos vegetales, convertidos en símbolos de naturaleza adversa —árbol veneno, árbol sin agua—, que remiten a un presagio de muerte. Los objetos punzantes —alfileres, cuchillos— conectan con la angustia y el dolor físico, elementos recurrentes en la simbología de la opresión femenina de Federico. Subyace también la luna espía, su arquetipo por excelencia, junto al ritmo flamenco en la narración de una traición «yo bailaba, él mentía», técnica que enlaza lo festivo con lo trágico. Y se percibe el legado en esa dualidad emocional —risa/rabia/duda— tan característica del universo de Lorca.
En el tratamiento de estos temas, Sara Ces juega con los campos semánticos de un modo muy original. El clínico —pulso, hora de la muerte— funciona como una deconstrucción biológica de la pérdida, que desemboca inevitablemente en tierra y fosa. No hay descanso. Rezo, epitafio, pésame y de nuevo tierra. El final no es el vacío, sino el silencio. Silencio que precede a un retorno atávico. Es una visión del tiempo circular, en la que la muerte se transforma en útero de un nuevo origen. De hecho, la vuelta a casa siguiendo a las hormigas es un acto radical en la obra: el reconocimiento de que ante el desengaño, la corrupción y la memoria borrada, solo nos queda el retorno a la tierra. Es la armonía de los contradictorios de Heráclito de Éfeso, para quien «en la circunferencia, el principio y el fin coinciden». Bajo esta visión, nacimiento y muerte se funden en un mismo umbral: la caída del árbol es el único camino para que el jardín vuelva a florecer. Llamar nacimiento al último capítulo es el cierre perfecto para esta estructura armónica.
No es un poemario para quienes buscan consuelo, sino para el que, entre el miedo y el vacío, necesita recordar que el grito —aunque sea bajo el agua— es lo único que nos mantiene vivos. Resistencia.
Autora
Sara Ces, nacida en León en 1991, es graduada en Trabajo Social. En 2016 inicia un recorrido formativo en las Artes Escénicas a través de la actuación, ampliando posteriormente su interés hacia la dramaturgia y la dirección escénica. Ha publicado en las revistas literarias Ceniza, Montaje, Autores, Águila del Cáucaso, Luminaria y Santa Rabia Poetry, en los fanzines Arrebol y Un poco de nada. Ha sido seleccionada para el primer número de la revista Glaziar y forma parte de las Antologías Cal y Añil: La Casa Clava´, (Téchne e IEHCAM, 2025), A causa de tu ausencia (Ediciones Komala, 2025) y Mapa de lo indomable II (Ediciones Caleidoscopio, 2026). Actualmente forma parte de la dirección artística y poética del proyecto de arte textil Miedos y Eso, en colaboración con la artista Paz Cano. Ha publicado su primer poemario, Cae la tierra, en Aliar Ediciones (2026).
Reseñadora
Yolanda Cano es filóloga, de las de Hispánicas; de las que aman la lengua con obstinación. Cuenta historias, no sabe si para construir o para desmontar estructuras. En el fondo, tiene algo de punk. En relatos como El Rojo, publicado en La Nueva Crónica de León, explora la orografía del trauma de quienes habitaron el frente durante la Guerra Civil. Sus textos poéticos adolescentes hallaron eco en la revista literaria Diente de León.
Siente el paisaje como una herencia biológica: la roca desnuda del Pico Cueto desde el jardín de frutales en su primera infancia en La Losilla, en la montaña leonesa; la luz blanca y sólida del Mediterráneo valenciano que marcó su juventud. Esa conexión orgánica con la naturaleza cristaliza hoy en el Bierzo, donde la Aquiana, las viñas y los sotos de castaños dictan sus escritos. Su trayectoria transita por espacios en los que el tiempo se ha quedado detenido: los muros del Monasterio de Carracedo, el Castillo de Ponferrada y el rigor gélido de Leitariegos, en cuyas cumbres la cirria impone el respeto absoluto por la montaña. Su literatura es un territorio de resistencia. La madurez se revela como una impostura y el drama, la tristeza y la infelicidad transmutan en herramientas de análisis ético ante el vacío. Frente a la ficción del sistema, solo le queda la verdad de la palabra inobediente.
