Reseña. Pensión de alimentos de Rocío Escobar. Por Francisca Pérez Morales

 

Rocío del sol nocturno

 

Los poemas del libro Pensión de alimentos componen un viaje tanto luminoso como oscuro, mediante el cual se reconstruye una memoria fragmentada arraigada en el cronotopo, es decir, el espacio-tiempo. La cabra del cerro, animal de un espacio mítico en la ciudad, pertenece a otros tiempos, tal vez, a espacios láricos tellieranos. Este símbolo también se corresponde con un lado oscuro, que se encarna en la chupacabros. En uno de los poemas, la caza nocturna se revela a la chupacabros como algo que acerca a la hablante a la verdad, siendo, en sus palabras: «más real que un bufón y menos que un fantasma». Por lo tanto, se queda prendada en el limbo de apariencias y verdades esenciales a la identidad de esta voz. En paralelo, se escucha la polifonía de voces de las cabras, cuando se reúnen en rituales de lo secreto, conectadas con la carne y la leche, encumbradas en un festival dionisíaco local y oculto en los cerros. Lejos de la intimidad femenina del ritual con las cabras, está la imposición institucional, como lo es el ritual del sacramento eucarístico: «Mis muslos contemplaron por vez primera / las Gárgolas de mi deseo ambiguo, / dijeron te vamos a cercar con estas / la que no es templo no es catedral no es mesquita / no es pagoda / es el vacío negro del infinito que reafirma estos muslos / tus angelitos de la guarda serán». En este espacio, las metáforas para hacer comprender a una niña misterios como la Trinidad o la Resurrección, se desbordan. En un lugar cargado de espiritualidad oscura, se lleva a cabo el ritual de la cabra que, como una virgen en negativo, es forzada a abrir su lengua para ingerir la carne en un acto de horror: «en un acto de fe / me repitieron / me ponen un pedazo de cuero en la fauce».

Más adelante se esbozan los pilares que van componiendo la materia de estos textos: Eloy, es decir, el padre o entramado familiar que teje la identidad de esta obra, desde el símbolo del alimento; el cuero, representación de una materna ancestralidad y de la corporalidad que la misma voz va adquiriendo en su relato; ya que estos poemas están cargados de un misticismo que busca la emancipación de lo institucional. En perspectiva, desde un inicio la resistencia de la cabra radica en la proyección divina de su padre en la figura de Dios: «¿Quién es Dios? /Dios es mi padre, mi padre es Eloy, me abandona / y lo perdono. / ¿Por qué me hizo Eloy? / Me hizo porque me ama». Al igual que para las beguinas, en estos poemas Dios aparece en las tribulaciones, en el erotismo y a veces, los mitos locales, haciendo honor a las leyendas que suelen contar las abuelas y que componen el entramado identitario de Chile.

En este sentido, el cronotopo se propone como la ventana a un futuro donde la institución se toma los espacios públicos y privados, artificiales y naturales para limitarlos, por ejemplo, la manera en que las pantallas permean poco a poco las montañas o el poder de la Gobernación de la Montaña Andina. Poco le importa el hambre a las entidades institucionales representadas, frente a lo cual los seres que habitan estos entornos regresan a la carne, alimentándose tanto de otros como de sí mismos para sobrevivir, en un universo mítico que refleja nuestra sociedad.

En medio de un tiempo donde la literatura pareciera inspirarse en la languidez de las plantas de departamento, donde el estilo de la poesía norteamericana parece imponer una voz pulcra, que a veces roza la intención sanitizante, estableciendo normas y lineamientos que permean la estructura en la cual se desenvuelve el llamado «campo cultural chileno». En este contexto, como un rayo oscuro, la poesía de Escobar atraviesa y quebranta los esquemas gringos (o canadienses), irrumpiendo para iluminar la sombra que, como un manto donosiano, está allí esperando, lista para correr el tupido velo. Por consiguiente, Pensión de alimentos opera como una carta de Tarot, específicamente La Torre, con su rayo negro lapidario. Así, el relámpago de Escobar rompe con la Torre de marfil de la academia, y su poder destructor reside en el lenguaje, en sus palabras eléctricas y punzantes. Sin miedo, desacralizando la lengua sanitizada que rige cómo (y sobre qué) se debe escribir: «Kristeva dijo, / tus dobles te han de ampliar las fauces / o te han de reducir a palabras / no, le digo / yo soy el bastardísimo ciervo sediento / que bebe del agua viva». La poesía de Rocío desacraliza el artificio del lenguaje, es movimiento, como ella misma dice, repetición, en un vaivén entre un tango matizado con erotismo, pasando por piezas líricas de voces que se escuchan en las calles o la Iglesia, hasta la gótica danza de un ritual ocultista.

Este libro desprende vitalidad, rabia y hambre, pero también espiritualidad, metamorfosis y realidad, tambaleando entre el cariño y la violencia, «la sangre es violenta / violenta es la verdad», reza uno de los poemas. Así, Pensión de alimentos nace como un libro en el cual la crudeza de la vida se entrelaza con la ancestralidad y el maquillaje del horror, donde la lengua neobarroca no disfraza la realidad, sino que se hace parte de la misma, dando cuenta de un mundo atrapado, pero en transición hacia una nueva era.

 

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