¿EL AMOR VENCERÁ?
Traducción Sebastián Novajas
Por todas partes, millones de personas conmemoraban el paso de una importante fecha. Como si se tratase de una mera cuestión pasajera, lo cierto es que todos se olvidaron de un pormenor fundamental; aquel instante que tanto celebraban ya había sucedido hace minutos atrás en otro lugar y, seguramente, iría a repetirse, dentro de breve, en otro más. Pero el ser humano se rige, pura y simplemente, por si mismo y por aquellos que lo rodean, además del lugar donde vive.
Si todos conmemoraban efusivamente, existía una persona que sufría, viviendo un momento de dolor y de alegría: «el parto». Cuando las doce campanadas de la media noche tocaron estruendosamente por todos los lugares públicos; salía de su vientre aquel que allí habitara durante nueve meses. Es un niño, gritaron todos aquellos que lo rodeaban. Que bonito, parece un ángel, dijo, deslumbrada, la amable comadrona, que, desde la primera hora, estuviera al lado de la pobre criatura.
Después de la tormenta vino la abundancia y el llanto del niño rebasaba en intensidad, la alegría de aquella que lo cargaba en el vientre. Todos los presentes sintieron ganas de dar largas a su emoción, abrazándose, libres de la ansiedad que los consumió durante horas. A fin de cuentas, no era normal que una criatura, poseyendo un cuerpo tan debilitado por las penurias de la vida, sacando fuerzas de flaqueza para dar vida a otros. Él era un bonito y fuerte representante de su especie pareciendo, además dijo, cargar un aura que a todos enterneció. No había duda que aquel niño tenía algo especial; todos los sintieron, pero nadie conseguía definir exactamente lo que era.
Esperando en la puerta de la sala donde todo se desarrollaba, el padre, victima de un nerviosismo que le impedía estar quieto, quedó petrificado cuando, en frente vio surgir un pequeño ser envuelto en simples mantas; aquel era su tan deseado hijo. Y sintió necesidad de tomar en brazos y abrazarlo, de hacerle sentir cuanto lo amaba. Entonces, recordó todos aquellos años que pasaron, junto con su esposa, tristemente solos, vagando de un lado a otro, entre especialistas, esperando que algún le concediese el privilegio de la fertilidad. Pero, por más que lo buscasen, no había método que lo concretase.
Y, más tarde, percibieron que Dios les podría conceder lo que deseaban; de forma humilde se dirigían a aquel ser superior, implorando que el amor que traían dentro de ellos pudiese ser direccionado a un hijo. Incluso sin haber sido curado mínimamente de su problema, y aunque la medicina no hubiese encontrado solución, la verdad es que la esposa comenzó a sentir el milagro de la gestación poco después de la manda realizada. Y, postrándose en el suelo, lloró, agradeciendo a Dios por el hijo que siempre había deseado, incluso sabiendo de antemano que sería del todo imposible aquel embarazo. Sin embargo, sentía dentro de si algo que le decía que aquel hijo era suyo; por eso fue incapaz de levantarse e ir a comprobar en una prueba de fertilidad. El niño era, de hecho, un ofrecimiento divino.
Parecía un pequeño ángel; lindo y puro. Pero la civilización estaba condenada, visto que por todos lados pululaban sectas satánicas. Fue por eso que una de esas comunidades diabólicas; la cual se jactaba de vivir en la tierra tal como su maestro haría, esto es, practicando todo el tipo de liviandades; al saber de la localización exacta de aquel niño, habían visto en su fecha de nacimiento el cumplimiento de la profecía. Según ellos, aquel niño debía ser eliminado a cualquier costo, bajo el riesgo que el reinado diabólico llegase a su fin. No solo se basaban en las Sagradas Escrituras, como también en una llaga especial que el niño tenía en el cuerpo.
Cierto día la madre recibe una cara intimidatoria y en ella estaban expuestas las acusaciones y respectivas consecuencias para su hijo. Antes inclusos de haber terminado ya su cuerpo temblaba y las lágrimas caían abundantemente. Estaba completamente trastornada y, en realidad, eso era lo mínimo que podría sentir de momento. La vida de su único y amado hijo estaba en peligro. Llamó a su marido. Juntos se desplazaron hacia la casa, pero, ahí, se encontraron con un terrible espectáculo visual: esta había sido incendiada y, alrededor, había letreros amenazadores, cuidadosamente pintados a mano. En estos, decían: «el hijo de Dios debe morir». Padre y madre lloraban; estaban destrozados.
Antes que el destino les pegase nuevamente, decidieron huir, con lo puesto, e iniciar una vida, de forma incógnita, lejos de allí. Durante el viaje conversaron poco. No sabían dónde irían a parar y como lo harían para sobrevivir. Diez horas de desolación después, se sintieron cansados y estacionaron el auto en una berma para descansar. Cual no fue el espanto cuando, breves segundos después, una intensa luz irrumpió en el interior del vehículo, como queriendo llamarlos, indicar un camino. Poseídos de una fuerza renovada, siguieron aquel foco y, algunas horas después, llegaron a una tranquila aldea, poco poblada.
Allí, fueron recibidos con los privilegios propios de aquellos lugares especiales y rápidamente encontraron forma de encajar, siendo acogidos como iguales. Nuevamente se sintieron seguros y, si no fuese la extraña llaga que nunca cicatrizaba en la mano del hijo, todo era perfecto. Por más especialistas que buscasen, la sangre brotaba de forma continua en aquel lugar, sin que hubiese razón para tal herida que jamás cerraba.
El joven, aunque estimado por la comunidad, creció un poco alejado de los demás. Mientras, todos se sentían bien junto a él. El niño les daba bienestar y una sensación de tranquilidad.
Un día como tantos otros, el joven tuvo un desmayo, sin razón aparente, durante el cual sintió fuertes convulsiones, retorciéndose con dolores y hablando una lengua extraña que a todos dejó pensativos. Atribuían tal hecho a la enfermedad que lo afectaba. Sin embargo, era más que eso: después de recuperado, el niño dijo que sentía la necesidad de estar con el padre espiritual.
La madre decidió, entonces, lo llevaron al párroco local, un sexagenario cansado de la vida, lo cual se vio profundamente intrigado con aquello que veía y oía. El adolescente tenía algo especial y aquella llaga que se empeñaba en no sanar lo hacía reconocer aquel escenario. Algo superior evitó que el padre exprimiese sus sentimientos; como si sus palabras le fuesen sustraídas. Afectado por el fuerte mal, el párroco solo sería curado con la nueva visita del joven y respectiva imposición de las manos de este. Solo con el toque divino, este lo había curado.
Más nadie vio lo que sucedería y el padre se limitaba a levantarse y a ver, a su lado, aquello que parecía ser una luz redentora. El padre percibió que se trataba de un milagro. Se extendió la buena nueva a los cuatro vientos. No tardó que, en aquel mundo moderno, la noticia corrió y llegó al conocimiento de los miembros de la secta satánica.
En esa noche, el joven tuvo pesadillas indescriptibles y su sufrimiento fue atroz. Al día siguiente, sintió una urgencia en dirigirse a la multitud que allí lo iba a ver: había que practicar el bien a cualquier precio. Evitar el sufrimiento ajeno, pues eso es aliviar la propia alama. Y terminó afirmando que no poseía poderes divinos, pero se limitaba a cargar el poder inherente de quien practica el bien y que estaba al alcance de cualquiera.
Al día siguiente los miembros de la secta asesinaron al joven y a los progenitores de una forma cruel y dejaron su marca bien presente en las inscripciones colocadas en el lugar del crimen. La desaparición de este buen joven, puro e inocente tuvo la condición de una introspección generalizada y todos llegaron a la conclusión que estaban equivocados: invertir las guerras, el odio, el sufrimiento era más fácil de lo que se imaginaba; no bastaba el amor.
Pedro Silva. Trilhando o seu caminho literário alicerçado na serenidade que a independência permite, o escritor Pedro Silva (1977) possui obras publicadas em vários países, nomeadamente Portugal, Brasil, Espanha e Chile. Para além disso, colaborou com órgãos da imprensa escrita em Portugal e Brasil. Licenciado em História e Pós-Graduado em Estudos Portugueses Multidisciplinares, é ainda Cidadão Honorário da Cidade Velha (Cabo Verde), Medalha Municipal de Mérito – Grau Ouro (Tomar – Portugal), Patrono da Biblioteca Municipal Pedro Silva, sita em São Martinho Grande (Ribeira Grande de Santiago – Cabo Verde) e Medalha de Mérito do Jornal “Audiência”. https://pt.everybodywiki.com/Pedro_Silva
