Recuerdo los nogales de mi colegio. Cada año llegaba la cosecha de nueces y los patios se llenaban de conversaciones. Caminábamos mientras rompíamos las cáscaras con las manos hasta llegar al fruto. El colegio era pequeño, fácil de recorrer. Durante el invierno la cordillera aparecía nevada al fondo y había tardes en que todo parecía guardar un mismo ritmo. Las manos manchadas, la tierra húmeda, el frío, las risas, las estaciones sucediéndose con una lentitud que entonces parecía natural.
Mucho antes de preguntarme por el sentido de esas escenas, ya estaba aprendiendo algo de ellas. Abrir una nuez exigía paciencia; había que detenerse, mirar, insistir hasta llegar al fruto. Con el tiempo comprendí que muchas de las cosas más importantes de la vida se parecen a ese gesto. Requieren atención, tiempo y la disposición de permanecer.
Durante mi infancia, también me gustaba abrir el diccionario por cualquier página y copiar una palabra al azar junto a su significado en una libreta que solía traer conmigo. Había un placer difícil de explicar en descubrir un sinónimo, en comprobar que una palabra podía conducir hacia otra y que el mundo, gracias al lenguaje, siempre tenía la posibilidad de hacerse un poco más amplio.
También inventaba entrevistas a personajes ficticios. Recortaba fotografías de revistas y les imaginaba una historia. Miraba con detenimiento las fotografías que venían dentro de los portarretratos y me preguntaba quiénes eran esas personas, qué celebración las había reunido, si seguían siendo felices después de que esa foto había sido tomada. De esas preguntas nacían cuentos, poemas y nuevas historias. Sólo mucho después comprendí que aquellas horas tenían un valor que entonces no alcanzaba a reconocer. Eran horas entregadas a la curiosidad, a la observación y al lenguaje.
Vivimos en un presente donde el neoliberalismo ha instalado la idea de que casi todo debe justificarse por lo que produce, por la eficiencia que promete o por aquello que puede convertirse en una cifra. Pareciera que cada minuto necesitara demostrar su utilidad y que aquello que no genera rendimiento perdiera importancia. En ese paisaje, escribir lo que nos ocurrió durante el día, llenar un cuaderno de ideas, leer sin apuro, mirar por la ventana de una micro o demorarse en una conversación, aparecen como pequeñas interrupciones. Sin embargo, son precisamente esas interrupciones las que abren espacio para otras formas de habitar el mundo.
La poesía, la escritura y todas esas prácticas que todavía suelen considerarse inútiles conservan un tiempo distinto. Invitan a permanecer un poco más frente a las cosas, a dejar que una idea madure, a observar aquello que normalmente pasaría desapercibido. Quizás por eso resulta importante defender esos espacios e insistir en que irrumpan en todas partes, en la escuela, en el trabajo, en una sala de espera o en una libreta que viaja doblada dentro de un bolsillo. Escribir unas líneas, leer un poema o detener una conversación para compartir un recuerdo también transforma la manera en que atravesamos el día.
Más al sur guardo otros fragmentos. Los atardeceres interminables de Punta Arenas, la nieve cambiando por unas horas el color del paisaje, las frambuesas en el patio de mis abuelos, las caminatas por el parque Chabunco, el sonido del agua, el viento golpeando los árboles y esa extraña tranquilidad de caminar sin la preocupación de llegar rápido a ninguna parte.
Gran parte de lo que he aprendido nació allí, aunque durante mucho tiempo no lo supiera. Aprendí a observar antes de nombrar, a escuchar con paciencia, a descubrir que una conversación podía quedarse dando vueltas durante días y que un paisaje también podía enseñar algo, aunque nunca pudiera traducirse en una explicación.
Con los años comprendí que los afectos se parecen a muchas de esas cosas que aprendí de niña. Casi nunca ocupan el centro de la escena. Una amiga que escucha sin apuro, unas manos que preparan la mesa, alguien que recuerda preguntarnos cómo estamos, una historia contada antes de dormir o un cuaderno lleno de recuerdos suelen parecer gestos pequeños. Basta con que falten para descubrir el lugar inmenso que realmente ocupan.
Cuando el presente se vuelve difícil, regreso a esos recuerdos porque encuentro en ellos algo que también pertenece a otras personas. Están mis abuelos, mis compañeros de colegio, las voces que escribieron el diccionario que yo leía con entusiasmo y quienes compartieron conmigo las nueces de los nogales. Todos siguen allí, acompañando la memoria. Quizás por esos gestos sigo creyendo en la colectividad y en su importancia. Las palabras que copiaba en mi libreta venían de otras voces, las historias que imaginaba nacían de rostros desconocidos, las nueces sabían mejor cuando eran compartidas y los paisajes cambiaban cuando alguien más los miraba con nosotros. Incluso la escritura, que tantas veces parece un acto solitario, termina siendo una conversación con quienes estuvieron antes y con quienes llegarán después.
Cuando miro hacia atrás, lo primero que encuentro es mi admiración por una palabra recién descubierta, una historia creada a partir de una fotografía anónima, un puñado de frambuesas tibias bajo el sol magallánico, una nuez abierta entre amigos, un sendero en el extremo sur y una tarde cualquiera en que el tiempo parecía avanzar más despacio.
Pienso entonces que las cosas más importantes casi nunca levantan la voz, permanecen en los márgenes. La poesía, la escritura, la amistad, las conversaciones, la contemplación, el juego, el tiempo compartido y la costumbre de anotar una idea antes de que desaparezca pertenecen a esa familia de cosas aparentemente inútiles que nuestra época ha ido relegando y, aun así, sostienen una parte esencial de nuestra experiencia.
Quizás por eso conviene seguir escribiendo, seguir leyendo poesía y seguir llenando cuadernos de ideas que no prometen ninguna utilidad inmediata. Cada una de esas prácticas amplía nuestra manera de mirar y de estar con los otros. Nos recuerdan que una conversación puede permanecer durante años, que un paisaje continúa acompañándonos mucho después de haberlo dejado atrás y que una palabra descubierta en la infancia sigue insistiendo.
Pienso otra vez en aquellas nueces. Había que sostenerlas entre las manos, romper la cáscara con paciencia y esperar. El fruto aparecía sólo después de esa espera compartida. Es posible que ocurra algo parecido con la memoria, con la escritura y con los afectos. Permanecen allí, silenciosos, esperando que alguien vuelva a prestarles atención.
Catalina Villalobos Díaz es artista interdisciplinaria, educadora e ilustradora. Es licenciada en Educación, profesora de inglés, y magíster en Literatura Comparada, con estudios en literatura infantil y juvenil y especialización en infancias y derechos humanos. Se ha dedicado a la docencia y a la mediación lectora en espacios comunitarios, escuelas y universidades, así como al desarrollo de talleres y proyectos multiculturales orientados a la niñez y los derechos humanos. Ha vivido en Australia y Dinamarca, donde profundizó su formación académica y artística y colabora en revistas literarias. Además, realizó un voluntariado en una escuela rural en Nepal. Actualmente articula educación, feminismo, derechos humanos y creación desde una perspectiva situada y comunitaria.
