Reseña. Abril de Claudia Carvajal. Por Ignacia Sandoval

 

LA DESNUDEZ HONESTA DE UNA PIEL NUEVA EN ABRIL DE CLAUDIA CARVAJAL

            Escribir breve supone la complejidad de encerrar un mundo completo en la letra A y ABRIL, obra articulada a partir del tanka, es uno de esos textos donde la palabra traspasa la existencia temporal porque no busca adornar la realidad, sino documentar el naufragio casi deseado por la ausencia, la repentina toma de conciencia, la caída y la inminente transformación.

Desde la primera página, la poeta chilena inicia un diálogo transoceánico con lectores y lectoras, que deja entrever que la tristeza, el frío y el paso del tiempo no son solo estados cíclicos innatos, sino sincronicidades emocionales de una existencia que se vive con la libertad de saberse sintiente y contemplativa en un mundo exacerbado de una inmediatez evidentemente artificial que, por supuesto, no es esencia natural del ser humano. Y es precisamente a esa esencia, al estado íntimo y salvaje de la memoria, donde Claudia Carvajal nos devuelve.

Su escritura (desde siempre) se reconoce por la fusión álmica-sensorial de la hablante lírica con los paisajes marinos sumamente tangibles para representar el amor, el desamor y la soledad como trampas que nos invaden desde una imaginería abierta en su sensibilidad, porque la belleza en ABRIL solo puede mostrarse real para quien decide leerla entre líneas, pero superflua para quien la observa desde arriba. Y es que no es un libro que por constituirse de versos breves es estático, sino que se mueve en transiciones libres e intensas que van desde la pasividad y aceptación del dolor hacia el respiro violento de saber volver:

«No soy la niña mansa que el libro describía». 

Así también, en este poemario, el cuerpo en su fragilidad y magnificencia, es el territorio en disputa: hay una insistencia casi litúrgica en la sangre donde la poeta rechaza, por un fin mayor, la paz inmediata y abraza el incendio de su propia carne para darle la forma que ella busca y desea para sus cenizas:

«No me hables hoy de la paz de los templos ni de oraciones/ mi cuerpo es el incendio donde me reconozco».

La hablante lírica se muestra también ambivalente y escurridiza en su anhelo de convivir con lo permanente y lo que se disuelve pues sabe que no tiene el control sobre toda su existencia pero que sí puede plasmarla para hacerla completamente suya comprendiendo que el ser y estar en el mundo exige el desapego:

«sostener el horizonte en un parpadeo, pero el contorno de su rostro se vuelve humo».

Y es que, en ABRIL, quien nos cuenta, lo hace para terminar de saberse totalmente propia a partir de una catarsis que no se agota incluso después del último verso donde «su propia mano dicta la salida» en la desnudez de una piel nueva y honesta.

Como último punto, considero justo y necesario destacar uno de los poemas que constituyen el devastador, pero liberador final de ABRIL, porque Claudia Carvajal no nos ofrece un poemario de absolución completa, sino una declaración de guerra contra la nostalgia:

 «Tres abriles en la carne, pétalo de sal inamovible/la cicatriz no es cierre, es deshielo».

Estos versos representan a la perfección el universo de ABRIL pues a lo largo de su obra, la poeta retrata la sanación no como un olvido hermético, sino como un proceso vulnerable, donde la herida se ablanda y se transforma negándose a desaparecer del todo, lo que hace que su escritura deje el sabor (o el sinsabor depende del lector o lectora) de una honestidad brutal, donde las cicatrices brillan antes que cualquier otro tipo de acercamiento impostado. Así es la escritura de Claudia Carvajal.

 

Ignacia Sandoval

Profesora de Lengua y Literatura

Poeta

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