Hay libros que en cada página contienen espejos. Otros, parecen advertencias, luces rojas brillantes en medio de la oscuridad. El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez es ambas cosas a la vez: un espejo que nos posiciona frente a nuestro propio rostro político y una advertencia sobre el silencio que se vuelve condena cuando se deja de nombrar lo vivido. En sus páginas, el dictador sin nombre habita un tiempo circular donde la historia no avanza, sólo se oxida. Un tiempo que, aunque escrito hace medio siglo, parece marcar el termómetro con el mismo mercurio, hoy proveniente de Latinoamérica.
Porque en este país tan nuestro y tan ajeno, tan vasto en espíritu como fragmentado en memoria, se desangra una historia que se repite con la indolencia de lo ineludible. Los nombres alternan, los uniformes cambian, los discursos se maquillan, pero los gestos del poder se mantienen intactos, como si sus raíces fueran demasiado profundas para ser arrancadas. Un patriarca cae, otro asciende. Algunos prometen curar la nación, ordenar la anarquía, purificar la patria, ofrecen la redención de un Dios que parece estar ausente o del que se atreven hacer uso. Todos prometen algo, pero permanece el molde, el esqueleto, la sombra que los engendra y degrada lentamente empezando por teñir sus dedos a un negro alquitranado, hasta que la piel ha sido reemplazada por completo.
El patriarca no es un hombre, es un sistema emocional, político y simbólico que se regenera. Un silencio que permanece escondido entre sus propias sombras, hasta que aprende nuevas voces o las arrebata. Un dios terrenal que se nutre del miedo, la esperanza o la eterna costumbre latinoamericana de elegir un “líder” que encarne al pueblo, incluso si éste termina devorando todo a su paso.
Y no solo Latinoamérica conoce bien esa liturgia, la procesión se extiende hasta el rincón más alejado del mundo, siendo más evidente con cada día que pasa.
Vivimos en el palacio húmedo y mohoso del patriarca: un palacio hecho de instituciones débiles y corrompidas, memorias quebradas y pueblos que se cansan, olvidan, se vuelven a esperanzar y al poco tiempo extravían sus recuerdos. Y mientras olvidamos, los ciclos se reorganizan. La historia se lanza a un barranco, se reescribe, se disfraza, pero nunca se supera, nunca se recupera. El poder absoluto florece incluso en tierras áridas, donde debería haberse marchitado hace décadas.
En la novela, el patriarca carea a un pueblo que murmura, que lo teme y al mismo tiempo lo ama, que lo ve radiante, aunque esté podrido. ¿No es ese también nuestro murmullo nacional? Aquí se respira la paradoja del caudillo: lo cuestionamos, lo rechazamos, lo celebramos, lo elegimos. Quizá por eso en nuestros países no mueren los líderes; sólo se heredan el disfraz, se reciclan, se rebautizan y regresan con algún detalle para aparentar novedad.
La geografía tampoco ayuda. Cada país, encerrado en sí mismo, cargado de alturas que separan más de lo que unen, refugiándose en valles que le proporcionan confort, han cultivado una soledad política que favorece al patriarca. El dictador gobierna desde un palacio en ruinas, rodeado de aves muertas y silenciosos rituales, todos arrastran los restos de antiguos poderes que nunca terminan de desvanecerse, cambian de bandera, de aliado, de color, pero no de esencia.
Y entonces llega lo incómodo: no es la presencia del patriarca lo que perpetúa el ciclo, sino nuestra incapacidad de arrancarle el esqueleto a ese cuerpo podrido.
Cada vez que amanece, naciones enteras despiertan creyendo que el rayo que atraviesa la rendija es el sol anunciando una nueva era, pero en realidad se azota la misma puerta por la que el patriarca nunca salió. No es nostalgia ni fatalismo: es una observación casi anatómica. Aquí el tiempo político funciona como el tiempo circular del libro: «avanza» en espiral, siempre regresando al punto inicial, siempre repitiendo aquella coreografía enseñada hace siglos, actuando para un pueblo dividido, cobrando por el miedo a que sin un padre político todo se desmorone (¿cuánto más?).
García Márquez no ofrece consuelo. Su patriarca muere, sí, pero su muerte no libera nada. La historia vuelve a comenzar, porque el verdadero protagonista de la novela es la eternidad del poder y no el hombre que lo encarna.
La pregunta no es cómo derrotar al patriarca, sino cómo abandonar la necesidad de tener uno. Cómo romper el hechizo de esa soledad política que nos mantiene orbitando en la nebulosa de la incertidumbre, arrodillados en medio de una noche interminable. Cómo construir un país que no dependa de figuras que aseguran salvación, sino de instituciones capaces de prevalecer incluso cuando sus líderes se han ido.
Por eso El otoño del patriarca continúa siendo tan brutalmente relevante y actual, nos muestra como la decadencia del poder absoluto no termina cuando el periodo del dictador termina, sino cuando sus formas se entierran y atan a un ancla que cae a lo más profundo del lago más alto. Pero al parecer, todavía, ninguno ha cavado esa tumba.
Y mientras no lo hagamos, continuaremos cultivando nuestro propio otoño: un país suspendido entre la esperanza y el desgaste, entre la memoria y el olvido, entre el deseo de libertad y la costumbre del viejo patriarca que siempre está ahí, aguardando por su retorno.
Nuestros pies descalzos caminarán guiados por el viento que generan aquellos murmullos esperezados, entonces se posarán sobre las hojas secas de una historia que parece castigo divino. Hasta que algún día decidamos escribir un invierno definitivo para cosechar, por fin, otra primavera.
Fernanda R. Miranda Brañez, nacida el 29 de enero de 2004, tiene 22 años y cursa el quinto año de Medicina en la Universidad Mayor de San Andrés. Miembro del Club Estudiantil de Neurocirugía Walter E. Dandy, actual delegada departamental de La Paz e investigadora. Miembro de Mission Brain: área de investigación. Publicó textos como: La monstruosidad se gesta en lo invisible, Bolivia Kintsugi, Exilio en el jardín del Edén, entre otros. Miembro de Sapere Aude: plataforma cultural interdisciplinaria, dentro de la cual forma parte de la Dirección Académica. Voluntaria en Best Buddies: inclusión de personas con discapacidad intelectual y del desarrollo. Miembro de Girls in Astronomy: área STEM. Miembro del coro de la Alianza Francesa.
