Poesía. Iván Gonzalo Rodríguez (España)

 

FINISTERRE

 

Yo, que había leído el universo,
lo creía completo.

Tuvieron que morir los navegantes
que tomaron el mar por una pared del orbe;
Roma tuvo que hundir en el agua una palabra
para nombrar su límite y su miedo;
y un mismo sol debió ahogarse mil tardes
sin instruir a nadie,
para que yo llegara a estos barrancos
y entendiera, al tocar la piedra,
que el fin del mundo era tu rostro.

Estaba ahí, en el arco de tu sien,
en la frontera tibia de tu mano,
en ese punto donde la mirada
se rinde
y se abre, sin saberlo,
ese reverso blanco de los mapas.

Yo, que había leído el universo,
no sabía que estabas tú —la única palabra
que no admitió el catálogo—
en el borde de todos los mapas,
rompiendo el círculo
para que el tiempo,
por una sola vez, tuviera un destino.

 

OBRA PÓSTUMA

 

En algún lugar dice la Escritura
—o quizá debería decir— que a cada muerto
le es dada una tarea entre los vivos.

Sé cuál fue la de aquellos dos: mi padre,
tu hermano, que en la vida no se vieron,
dos corrientes de origen tan distinto
que el desorden reúne en esta casa
y hoy se tocan, tu mano con mi mano.
Dejaron que el amor que no cabía en su carne
se volviera camino.

Hay ríos que descienden hasta un hombre
para entregarle un rostro. Vino el tuyo
por cauces que cavaron esos muertos
con la sola paciencia de no estar.
Ellos vieron aquello que yo no:
mi vacío tenía ya tu forma.
El azar es el pseudónimo que usan
los muertos cuando firman lo que aman.

Pensar que mientras yo perdí las tardes
fiando al azar las calles y las horas,
dos sombras corregían el borrador de mi vida,
y su única enmienda eras tú.

Nunca te pregunto lo que habrías tachado.

Alguien me buscará en esto que he escrito;
no me hallará. Estoy en otra parte;
en la manera de nombrarte a oscuras,
la obra póstuma de ellos dos.

No sé de Dios, del tiempo, ni Escrituras.
Sé, con la fe de quien ha tocado el limo,
esta sola certeza:
para llegar a ti, que eras la firma,
hasta la muerte tuvo que ayudarme.

 

KAROL G REHÚYE A GARCILASO DE LA VEGA

¡Oh dulces prendas por mi mal halladas!
GARCILASO DE LA VEGA, Soneto X

¿Quién es este señor con su soneto
que me escribe «señora, ardo por ti»?
Bebé, yo ya lloré, yo ya sufrí:
la tusa la maté: fin del cuartero.

Insiste con sus ninfas, indiscreto,
me dice que hasta el Tajo habla de mí.
«Si antes te hubiera conocido», sí,
quizás; pero llegaste ya obsoleto.

Me monto al Makinón y, ya soltera,
me largo pa’ Provenza con mi gente:
doscientas copas y te superé.

Amárgate tú solo en tu ribera,
contándole tus penas a la fuente,
que yo soy Gatúbela, miau, bebé.

 

NO SE RETIRE

 

Antes se pagaba a mujeres para llorar
a los muertos de las casas que no daban
abasto. Plañideras: tarifa por hora
y, supongo, por decibelio. De niño
me parecía el único oficio decente,
cobrar por lo que a los demás nos sale
gratis y mal. Aquella noche marqué
el número que llevaba dos años doblado
en la funda del móvil, blando ya
como la fruta que nadie elige.

Contestó una grabación. Me avisó
de que la llamada podía ser grabada
para mejorar la calidad del servicio
y me pareció razonable: si iba a ser
lo último que dijera, que sirviera
de algo. Después agradeció mi paciencia
y explicó que todos los agentes
estaban ocupados. Claro.
Yo era el único
con la noche libre.
Dos compases de arpa
que volvían a empezar sin resolver.
Cambié de oreja.
Cada dos minutos una voz sin cuerpo
me pedía por favor que no me retirara.
No me retiré.
Las plañideras, al menos, se presentaban.

A los veinte minutos me prometieron
una breve encuesta de satisfacción
al final de la llamada. Ahí me quedé.
No me pienso morir
debiéndole a nadie una opinión.

Trabajo aquí desde marzo. Tarifa por hora,
como las otras. En la formación
nos ponen llamadas viejas, anónimas,
para que aprendamos a sostener el silencio,
y un martes me tocó la mía:
cuarenta y tres minutos de arpa
y una respiración que reconocí
como mi propia letra en un cuaderno escolar.
Levanté la mano solo para preguntar
si podíamos cambiar la música. Me dijeron
que ésa tiene los mejores números,
que con ésa la gente aguanta. Salgo
en la memoria anual, en el apartado
de casos resueltos, sin nombre, redondeado.
En las jornadas me presentan como
lo que sale bien. Y salió bien. Nunca
me han preguntado qué fue lo que me salvó.
Tendría que explicarles que no cogió nadie.
Que funcionó a la primera.

 

37 GRADOS

 

Anders Celsius, 1742. Propuso una escala
en la que cero era el punto de ebullición
y cien el de congelación.
Alguien la giró después de su muerte, —Linneo,
o Strömer, o Ekström, los archivos no se ponen de acuerdo—
y decidió sin saberlo que arder
fuera un número alto.

Ese fuego es sangre. La única lumbre
que hemos sabido llevar de cueva en cueva sin que se apague,
la que los cuerpos amontonados en la boca de las grutas
se pasaban unos a otros mientras afuera la nieve
enterró a los que no supieron juntarse.
Lo mismo había dentro de mi madre
y el mundo entero era su sangre
pasando junto a mi oreja.

Ahora se abre el hueco donde el aire se vuelve oscuro
y el oscuro se vuelve cuerpo:
temperatura de bodega de barco, de mano cerrada.
Entro y no cruzo ninguna frontera térmica.
Treinta y siete a un lado, treinta y siete al otro,
y en medio nada que un termómetro sepa decir.

Hay un anillo de músculo que se cierra detrás de mí
como el agua detrás del nadador,
un latido que me toma,

me suelta

y vuelve a tomarme
igual que la marea a un pecio.
Tu cadera sube a buscarme
y yo te oigo
respirar contra mi oreja, dos veces, tres,
y cada vez que respiras se te contrae
ese anillo y me repite la misma frase
en un idioma de una sola palabra.

Los griegos tenían un verbo para esto, τήκω,
que usaban igual para la cera, para la nieve
y para las personas que ya no pueden más.

Este es el sitio
al que nadie puede volver despierto.
Todo lo que digo esta noche sobre el fuego
depende de un sueco que corrigió a otro sueco.

 

SIETE DE SEPTIEMBRE

 

El aire de esta noche ha estado en otros.
Ha estado en un caballo, en un sótano,
en la boca de un hombre ya sin aire,
y entra en mí, y sale, y va hacia otro.
Se pasa. Como el pan. Como la sangre.
Se come sin haber sembrado el trigo.

Isabel duerme. Su costado sube.
Pongo la mano. Está fría, y ella
se encoge un poco y vuelve.
No sabe que soy yo. Bajo la palma
va llenándose y va vaciándose.
Le huele el sueño a leche.
Sueña algo que no sabré. Y late contra mí.

Pronto seré mayor que mi padre.
Después será un chico al que conocí.

Hoy, treinta y cinco.
Pude ser otro o nadie. Salí yo.
Me pusieron mi nombre en el tobillo.
Oía a mi madre desde la sangre;
luego la oí por el aire, y era otra.
Así entró todo lo demás:
el orbayu de Asturias, Isabel.

La cal de esta pared la amasó alguien
que ya está muerto y sigue sosteniéndome.
Se le notan los dedos.
Nada le debo, y le debo la casa.

Saco la mano por la ventana.
La lluvia la toma por una teja.

Isabel, sigue. Sube. Baja. Sube.
Y el aire que me sobra ya es de otro.
Mira. Es siete de septiembre. Llueve.

 

Iván Gonzalo Rodríguez (Madrid, 1991) es poeta, crítico y antólogo. Formado inicialmente en Comercio Internacional, Transporte y Logística, actualmente cursa estudios de Filosofía en la UNED y un Máster en Strategic Business Analytics en EAE Business School, formación que ha ampliado con estudios en pensamiento político, teología y geoestrategia. Su obra poética ha sido incluida en diversas antologías, entre ellas 24 poetas tímidos (Amargord, 2013), Madrid en trazo y verso (Séxtasis Ediciones, 2017) y 54 poetas que corrieron la maratón de Chicago (Ars Poética, 2018), así como en publicaciones literarias como Revista Plantígrados, Revista Rastro, Aullido, Irredimibles, Revista Zun, Santa Rabia Poetry y Casapaís. Ha obtenido distintos reconocimientos en certámenes literarios y ha colaborado con medios y revistas especializadas como Licencia poética, Oculta Lit, Ariadna R-C y Philobiblion Revista de Literaturas Hispánicas. Como antólogo preparó Luz Violenta. Antología poética 1998-2021, de Jesús Urceloy (Reino de Cordelia, 2021).

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