
Estorbo: la sátira como ejercicio de justicia
La tarde del viernes 16 de octubre, una sala teatral se dispuso a convertirse en el marco de un cuadro introspectivo. La compañía Alaraca presentó este inicio de proceso creativo con una propuesta provocadora, capaz de elevar la sátira a la categoría que se merece. Porque allí también reside una de las esencias del teatro: reírse de todo y, sobre todo, de nosotros mismos.
Dos intérpretes dieron vida a personajes marginados, no por su origen económico, sino por sus amores, deseos e intereses. Personajes a quienes la sociedad encierra en sus propias definiciones o, sencillamente, deja caer.
El dramaturgo Fran Báez propone un ejercicio literario que comienza situándonos en los círculos de La divina comedia. La referencia a Dante y a Virgilio, su acompañante en el descenso por los círculos del infierno, abre paso a una sucesión de escenas duales entre una mujer performática y su conciencia, o quizás su identidad masculina. Un descenso que no solamente atraviesa los infiernos personales, sino también aquellos que la sociedad se ha encargado de construir.
Aparece entonces el Chile de los años noventa, ese país de Sábados Gigantes, donde la televisión entregaba a la mujer el papel de objeto y convertía los estereotipos en entretenimiento familiar. La notable interpretación de Don Francisco y sus presentadores recupera una época en que la humillación podía confundirse con espectáculo y la discriminación encontraba refugio en la carcajada colectiva.
Y es precisamente en ese momento cuando la sátira se roba la escena.
Porque la crítica puede ejercerse con distintas intensidades. Puede ser somera, insinuarse apenas, o descargar todo el odio acumulado de una existencia en el acto de reírse de quienes antes se rieron de nosotros. No era venganza. Era justicia.
Los personajes juegan con pelucas que se integran con precisión a sus transformaciones escénicas. El vestuario y la caracterización no funcionan solamente como recursos humorísticos, sino también como mecanismos para transitar entre identidades, recuerdos y caricaturas de una sociedad que necesita ponerle nombre a todo aquello que no comprende.
En medio de esas transformaciones persiste una historia: la de una chica para quien, en su realidad y contexto, parecía no existir otra definición posible que la de lesbiana.
Su recorrido aparece en reversa, como si la memoria necesitara desandar sus propios círculos infernales. La encontramos adicta a las pastillas, rompiendo con su primer pololo, incómoda ante la atracción que le revela su amigo gay y enfrentada al drama escolar de una compañera que la acusa de lesbiana, camionera o torta. Palabras lanzadas como piedras, pronunciadas con la naturalidad de quienes aprendieron a reconocerse así, con esas palabras con esos insultos que se celebraban o quedaban ahí como para profundizar las interrogantes.
Pero la sátira tiene que ser así. Plantear las cosas al pan, pan, vino, vino.
Y ahí aparece el nervio de la obra: esa risa contenida que provoca lo crudo y directo de una gran verdad cuando se pronuncia con la intención de incomodar. Ambos intérpretes ejecutan ese ejercicio con sutileza, administrando el humor sin despojarlo de su violencia original. La carcajada se instala, pero deja una incomodidad que permanece incluso después de que la escena ha terminado.
Estorbo encuentra en ese contraste una de sus principales virtudes teatrales. La interpretación, el juego de identidades y la sucesión de escenas permiten que el humor no se limite a ilustrar una denuncia. La vuelve corporal, incómoda y reconocible.
Una oportunidad para que la ironía grafique toda esa gama de emociones que van desde reír para no llorar hasta hablar sin tapujos del orgullo, de la identidad y de todo lo que ha costado conquistar avances en la visibilidad de la comunidad LGTBQ+.
Porque el teatro necesita incomodar para recordar que aquello que alguna vez fue motivo de vergüenza hoy puede ocupar el centro del escenario.
COORDENADAS
21, 22 y 23 de octubre
19:30 h
Sala Lab. U. Mayor
Santo Domingo 711, Santiago



Miguel Echeverría
