¿Cuándo, en definitiva, nos convertimos en madres? Hay libros donde las preguntas se aclaran; otros, donde solo se expanden. El debut literario de la chilena Constanza Carmi, La vida que venía. Historias de maternidad, pertenece a los segundos. Su lanzamiento en LOM Ediciones no podía ser más oportuno: justo este año, cuando el Congreso se enfrascó durante varias semanas en un debate sobre si escuchar o no los latidos de un feto antes de abortar. Justo, cuando la maternidad en Chile arroja cifras alarmantes. Y justo, cuando la autora de este libro explora esta nueva etapa de su vida, criando a sus dos hijas. Porque, a diferencia de ahora, su texto arranca desde otra postura: «escribí sobre maternidad sin ser madre».
Conocí a Carmi el año pasado. Ambas periodistas, habíamos estudiado en la misma universidad y coincidido con los mismos profesores que nos implantaron la pasión por escribir. Empezamos a tomar café juntas y a pasear a Leo, su hija de siete meses, de carita rellena, rulitos y un par de empanaditas por pies. Afirmada en su asiento, Leo mostraba sus choclitos y aleteaba las pestañas a quien se le cruzara. Su alegría congelaba el tiempo, lo suspendía como un eclipse. Me producía tanta ternura mirarla; entendía algo del deseo de tantas mujeres por ser madres.
Un día, mientras empujaba el coche de Leo por la acera, Carmi me contó que una editorial publicaría su primer manuscrito. Estaba aliviada, me dijo; creía que nunca vería la luz. La felicité y le pregunté si podía leerlo. Cuando le pregunté cómo lo había estructurado, pero no supo definirlo: era una crónica en primera persona, una recolección de testimonios, una novela periodística. Clasificaciones que, al fin y al cabo, solo importan a los ortodoxos de la no ficción. Nos reímos.
Esa noche Carmi me envió el documento. Lo abrí en el computador y, ya en la primera hoja, su confesión inicial me interpeló: desde el otro lado del espejo, yo, la lectora, leía también sobre maternidad sin ser madre. Desde ahí, el texto se escurrió con soltura hacia una disputa por el origen de la cuestión —Carmi presentaba a Eva, no a la Virgen María, como la primera madre—. Un remezón que nunca había pensado. Más allá de los argumentos, bíblicos o biológicos, me pregunté qué era lo que convertía a las mujeres en madres: ¿el acto de concebir, de gestar, de parir o de criar? No pude trazar una línea. ¿Existía, acaso, alguna? Sin embargo, lo que se encaminaba hacia un ensayo académico dio un giro inesperado.
La autora recordó a las madres que conoció en Moscú, cuando se mudó allá recién casada y sin hijos. Esas historias fueron su entrada al abanico infinito de la maternidad —o de las maternidades—. Pronto, reveló un segundo remezón: «coincidiendo con mi primer aborto en 2022, Rusia invadió Ucrania». Y así, tras levantar una de las capas más privadas del libro, Carmi elevó la narración hacia una mirada global: la maternidad durante la guerra. El testimonio de una ucraniana es el primero de los treinta y dos que recogió para este proyecto. Hacia el final de su relato, esa mujer le admitió que ser madre en un infierno así era «simplemente imposible».
A medida que avanzaba entre sus páginas, recordé el rigor de la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, autora de La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 1985): datos precisos y confesiones crudas, esas que solo se consiguen con empatía y sensibilidad. Ante mí se desplegaba un trabajo robusto. Y, de telón de fondo, se evidenciaba la naturaleza de su autora: una mujer que, a través del dolor ajeno, intentaba comprender lo que le aquejaba.
Siguiendo la urgencia periodística, Carmi se centró a continuación en las mujeres de Gaza. Tras el ataque de Hamás a Israel, los acontecimientos mundiales volvieron a solaparse con su propia intimidad. Ella, descendiente de inmigrantes palestinos, consiguió entrevistar a madres palestinas para escuchar sus reclamos. En 2022, más de sesenta mil embarazadas se encontraban en riesgo de no recibir atención médica durante los bombardeos. Una le dijo: «nunca imaginé sentir esta culpa por traer otro niño al mundo». Otra: «la pesadilla de dar a luz me acecha». Hablaban de la maternidad desde la supervivencia.
Madres que pelearon por sus hijos, que escaparon a otros países, que enviaron remesas, que cometieron errores, que sufrieron violencia, que los lloraron, que los amaron. Madres en todo su esplendor. Y, a medida que iba leyendo, mi cotidiano también se llenó de madres: las que trabajan y las que no, las que hacen tratamientos de fertilidad, las que no lo planificaron, las que paren acompañadas o solas, las que guardan los dientes de sus hijos, las que no vuelven a dormir pero que sueñan con verlos crecer, las que los acompañan mientras caminan y las que los recogen cuando se caen. Madres buenas, madres malas, madres de cuyos vientres venimos todos y donde descansa el destino de toda la humanidad.
Pero el vaticinio más inquietante de la autora llegó cuando puso, finalmente, el foco sobre sí misma. Tres años atrás, antes de practicarse su aborto, Carmi guardó las palabras de su médico: «Escucha su corazón». Esas mismas palabras que este año recordaron la discusión sobre los derechos de la mujer y los del hijo. ¿Dónde estaba, nuevamente, la línea?
En julio, la Fundación Colunga publicó una radiografía sobre cómo viven los menores de 6 años en nuestro país: uno de cada cuatro crece en pobreza multidimensional, y uno de cada diez, en pobreza severa. Vale decir: un 27% no tiene una cama propia, un 44% vive en barrios violentos y un 16% no recibe ningún tipo de apoyo estatal. El cuidado, por lo tanto, recae casi por completo en las madres. Tres de cada cuatro asumen su crianza por completo, y solo un 4% puede contratar apoyo. Una de cada cinco dice sentirse sola, triste y sin ganas, mientras que los síntomas depresivos posparto alcanzan al 20% a los seis meses de vida del bebé —justo cuando termina el postnatal—.
En este escenario, la propuesta parlamentaria que pretendía modificar el artículo 119 del Código Sanitario evidenció la distancia que existe hoy entre el debate sobre el aborto y las condiciones concretas en las que se materna en Chile. El impulsor de la iniciativa, el parlamentario del Partido Nacional Libertario Cristóbal Urruticoechea, la defendió argumentando que buscaba «salvar vidas». De hecho, sostuvo que en países como Hungría el aborto había disminuido cuando las mujeres escuchaban los latidos del corazón de sus fetos.
De inmediato, la ministra de Salud May Chomali, lo desmintió, explicando que no existe evidencia científica de aquello y que en realidad este tipo de actos podría revictimizar a las mujeres que deciden abortar legalmente. Según el Ministerio de Salud, entre 2023 y 2026, 1.280 abortos legales fueron efectuados por causal de violación, y 157 correspondieron a niñas menores de 14 años.
De acuerdo a la encuesta Criteria, el 54% de la ciudadanía rechazaba la iniciativa de Urruticoechea. Miles de mujeres se movilizaron en todo el país en contra de ésta. Semanas más tarde, el presidente José Antonio Kast le cerró la puerta al proyecto, declarando que su gobierno «no va a avanzar en esa materia».
Pero el rechazo a la propuesta tampoco derivó en mejores condiciones para las madres. El país todavía registra el número más bajo de nacimientos de su historia y la tasa global de fecundidad llegó a 0,99 hijos por mujer. Un estudio desarrollado por el Laboratorio de Gobierno identificó que el 31% de los mayores de 50 años tuvo menos hijos de los que deseaba, principalmente por barreras económicas, laborales y de vivienda. A su vez, la Encuesta Bicentenario UC 2025 agregó que, entre los jóvenes de 18 a 24 años, el 22% declaró no querer tener ninguno.
Es por todo esto que la lectura de La vida que venía se vuelve primordial. Carmi nos ofrece una perspectiva sincera y fundamentada sobre un tema tan universal que, por haberlo dado por sentado durante tanto tiempo, hoy nos preocupa con sorpresa. Su libro abarca las complejidades de traer y criar una nueva vida en el mundo, y en Chile. Se han conseguido avances, pero las iniciativas dirigidas a menores de 5 años reciben actualmente el 3% del gasto del gobierno. Incluso esta semana, el Parlamento no consiguió acordar quién debería pagar la sala cuna de los menores de dos años.
El relato honesto de Carmi nos muestra —y no moraliza— qué atraviesa quien elige ser o no ser madre; porque cuando una mujer toma esa decisión carga con el peso del veredicto ajeno y el de las circunstancias en las que se encuentra. La autora no pretende resolver el dilema entre las posturas provida y proaborto, feminismo y conservadurismo, religión y laicismo; lo que hace es volver a la maternidad a secas, esa que nos convoca a todos y nos enfrenta a un examen colectivo. El libro, finalmente, nos entrega el ejercicio contrario: nos propone escuchar a las madres. Y su autora lo hace de la mejor manera: dando a luz a su segunda hija, Sofía.
Constanza Carmi Wehbi (San Felipe, 1987). Nació en San Felipe en 1987 en una familia de origen palestino-sirio. Es madre de dos hijas. Ha vivido en Moscú, Beijing y La Haya. Fue periodista de Russia Today en español y ha colaborado con la Revista del Domingo de El Mercurio. Trabajó cinco años con profesores en programas de educación de la Universidad Católica de Chile, el Ministerio de Educación de Chile y la ONG británica Global Action Plan. Fue parte de la Fundación Belén 2000, que ayuda a niños en Cisjordania. Durante un año dio clases a un grupo de adolescentes rusos en el Colegio Pablo Neruda de Moscú. Ha dictado talleres sobre Latinoamérica en el Instituto Cervantes de Pekín para jóvenes chinos. Enseñó español como voluntaria a refugiados sirios durante cuatro años.
Belén del Castillo Pairoa (Santiago, 1997). Periodista de la Pontificia Universidad Católica. Ha publicado en medios como La Tercera, The Clinic y Revista Anfibia. En 2021 obtuvo el Premio de Periodismo de Migraciones y el Premio Pobre el que no cambia de mirada. En 2022 coescribió el libro Agitadoras: Siete perfiles de un Chile feminista y en 2023 participó de la tercera edición de Crónicas Migrantes. En 2024 obtuvo el Premio Nuevas Plumas Chile. Es profesora del Taller Editorial en la Universidad Diego Portales. @b.de.belen
