Reseña. Paisajes del cielo inferior de Joel González. Por Miguel Echeverría

EL CIELO TAMBIÉN SE CONTAMINA

Hay libros de poesía que uno lee y después deja sobre el velador. Y hay otros que, por alguna razón, se quedan dando vueltas. Paisajes del cielo inferior, de Joel González, pertenece a estos últimos.

Desde Limache, González construye un paisaje que está bastante lejos de ser una postal bonita. Aquí hay animales, niños, madres, casas, pobreza, contaminación, dictadura, muerte, música, fútbol y recuerdos que parecen venir de un Chile que todavía reconocemos, aunque muchas veces prefiramos no mirarlo demasiado.

El título ya nos entrega una pista. Este no es un cielo celestial. Es un cielo inferior, terrestre, contaminado, habitado por quienes viven abajo. En el poema “Amanece en Limache”, por ejemplo, los animales parecen tener una conversación propia mientras las máquinas van apagando ese mundo. La naturaleza habla, pero nosotros llegamos con motores, humo y ruido a decirle que ahora mandamos nosotros.

Y esa tensión está presente durante todo el libro.

González escribe desde la memoria. Pero no desde una memoria cómoda. En “Naturaleza muerta” aparece la infancia, el pan tostado, las vacas, las películas de cowboy, la lluvia y esa pobreza que todavía no tenía nombre estadístico. Es una infancia que hoy puede parecer lejana, pero que al mismo tiempo está respirándonos en la nuca.

Hay poemas especialmente duros, como “De la vida real” y “Zona de sacrificio”, donde la poesía deja de mirar desde lejos y se mete directamente en aquello que muchas veces preferimos convertir en cifra: la droga, la calle, el abandono, la contaminación y la pobreza. No hay aquí una pobreza romántica. Hay cuerpos que duelen.

También está la historia de Chile. Y quizás uno de los momentos más interesantes del libro sea “Jécar”, porque la dictadura aparece primero desde el recuerdo de un niño que lee una revista escondido en el patio, mientras su gata lo observa. Después viene el asesinato de Jécar Neghme, los 18 tiros, la CNI, la memoria del padre asesinado durante la Caravana de la Muerte. La historia grande entra por una ventana pequeña.

Algo parecido ocurre en “Yo vi cuando Caszely perdió el penal”. Ahí está el niño de ocho años frente a un televisor en blanco y negro, mirando fútbol mientras afuera existe la dictadura. Y eso es precisamente lo interesante: la historia no ocurre solamente en los libros de historia. También ocurre frente al televisor, en la cocina, en la escuela, en la calle, mientras uno espera que Caszely haga el gol que, por unos segundos, permita olvidar la miseria.

González tampoco le teme a las referencias. Aparecen Kurt Cobain, Lennon, Satie, Redolés, Teillier, Gastón Soublette, Gaza, Ruanda, Caszely. Podría parecer demasiado, pero en este caso tiene sentido: el poeta arma su propio archivo de recuerdos y obsesiones. Un archivo bastante chileno, por cierto, donde la cultura popular puede convivir perfectamente con la tragedia histórica.

Y después está la muerte. La muerte aparece en casi todas partes. A veces como recuerdo, otras como amenaza, otras simplemente sentada esperando. Pero no todo es desesperanza. También están los pájaros, los gatos, la lluvia, una madre preparando té, un árbol, una bicicleta, una canción. Pequeñas cosas que parecen decirnos que todavía queda algo por salvar.

Quizás por eso Paisajes del cielo inferior termina hablando también de nosotros. De una generación que creció entre la televisión en blanco y negro, la dictadura, la pobreza, el smog y la existencia en una vida más acelerada. Un mundo donde hasta el cielo parece haber sido privatizado.

Joel González escribe desde abajo, desde la memoria y desde ese territorio donde las cosas todavía tienen nombre. Y eso ya es bastante. Porque mientras existan pájaros, gatos, madres, niños y alguien dispuesto a recordar, quizás este cielo inferior todavía no esté completamente perdido.

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