LAS SALCHICHAS DE HÉCTOR
Metió las monedas en la rendija y apretó el botón. Escuchó el rodar de la botella hasta que se detuvo. Levantó la compuerta.
Caminó hacia el fondo del pasadizo. Su esposa lo esperaba.
—El médico te prohibió tomar eso —dijo ella.
—La máquina se equivocó. Yo quería agua.
La mujer le quitó la botella y la guardó en su bolso. Presionó el botón del ascensor. La puerta se abrió. Estaba repleto. Dejaron que se cerrara.
—No me mires así —dijo él.
—Por tu culpa estamos acá. Ahora ni podemos bajar. ¿Por qué comes tanto?
—No fue por eso.
—¿Entonces?
Héctor no respondió. Dio media vuelta y se dirigió a las escaleras. La mujer lo siguió con la mirada hasta que desapareció. Suspiró y apretó otra vez el botón.
Al llegar al último peldaño, Héctor entró en el vestíbulo del primer piso. Se apoyó en una columna frente a la puerta del ascensor y sacó un pañuelo. Se lo pasó por la frente y el cuello.
—No entiendo por qué te complicas la vida —dijo su esposa al salir del ascensor.
—No me gusta esperar.
Ganaron la calle y caminaron hacia el estacionamiento. Subieron a la camioneta. Héctor giró la llave y arrancó.
—Dale, dale —gritó un joven que apareció detrás del auto—. Está libre, varón. Dale.
Héctor bajó la ventana y le alcanzó una moneda. Encendió la luz direccional y enrumbó hacia la avenida.
—Las clínicas parecen hospitales —dijo.
—En particular esta. Tuve que llamar muchas veces para lograr la cita —dijo su esposa.
Héctor conducía frotándose el abdomen de vez en cuando. Llegaron a casa. Entró en la cocina y se sirvió un vaso de agua. Lo bebió con premura.
—No tomes tan rápido —dijo su esposa desde el umbral.
El hombre se sirvió otro vaso y siguió bebiendo.
—Héctor, qué inconsciente eres —dijo ella y se dirigió a su dormitorio.
Héctor dejó el vaso en el lavamanos y regresó a la sala. Tomó el control remoto y encendió la televisión. La imagen de una serie sobre médicos y enfermeras apareció en la pantalla.
—La gastritis es por comer comida chatarra —dijo uno de los médicos.
—No fue por eso —respondió el paciente.
Héctor apagó la televisión. Un fuerte ardor le atravesó el abdomen. Eructó. Su esposa volvió a su lado.
—Deberías escuchar a ese médico.
—Ese médico es de ficción —dijo Héctor mientras cruzaba hacia la cocina.
Abrió la refrigeradora. Sacó unas salchichas y las metió en el horno microondas.
La mujer meneó la cabeza.
—Tengo hambre —dijo él. La miró de reojo y colocó las salchichas calientes en un plato.
—¿Por las puras gastamos en la clínica?
—Tú me quisiste llevar.
Héctor entró al dormitorio. Aseguró la puerta y dejó el plato en la mesita de noche. Se acuclilló y metió la mano debajo de la cama. Tomó una botella de gaseosa y la colocó al costado de las salchichas.
La destapó y empezó a beber. Volvió a frotarse el abdomen.
Martianus Hlothari, seudónimo de Elías Ernesto Aguirre Siancas (Lima, Perú), es doctor en neurociencias y docente universitario. Su escritura explora las grietas que se esconden bajo lo cotidiano. Es autor de los libros de relato La montaña de las dimensiones (2026), El escudo sin vida (2026) y La frialdad del metano (2026). Su obra ha sido publicada en revistas y portales literarios de Canadá, Chile y Perú.
