Columna. ‹‹Vuelven las botas, y no son para la lluvia››. Por Miguel Echeverría

Lluvias torrenciales. El invierno austral en su máxima expresión. Solo los habitantes de este rincón del mundo conocen la fuerza con que corren los ríos cuando las gotas les marcan el rumbo de su descenso hacia el Pacífico.

El retumbar de la lluvia, el destello de los relámpagos y el estruendo de los truenos remecen la tierra. El agua avanza con rapidez, golpea puentes y caminos que atraviesan antiguos bosques y recuerda que la naturaleza siempre encuentra su cauce. Ese fenómeno invita a una comparación inevitable.

Porque volvieron las botas. Pero no precisamente para ayudar.

Sin desmerecer el trabajo de soldados y jóvenes que cumplen el servicio militar, quienes han salido de sus cuarteles para apoyar a las comunidades afectadas, lo que también reaparece es una puesta en escena: autoridades con gorras militares y gestos de autoridad, acompañadas por medios de comunicación pertenecientes a grandes conglomerados empresariales, empeñados en exhibir una solidaridad cuidadosamente encuadrada para las cámaras.

La solidaridad, sin embargo, se expresa de otra manera. Está en el apoyo mutuo entre vecinos, en las ollas comunes, en quienes sostienen a otros cuando la crisis económica golpea con fuerza. Una realidad que difícilmente experimentan las capas profesionales de mayores ingresos y, menos aún, quienes impulsan el programa gubernamental de José Antonio Kast.

Mientras las cámaras apuntan a la emergencia, quedan en segundo plano las propuestas legislativas que comprometen las finanzas públicas y restringen derechos laborales y de las mujeres. El proyecto político de Kast mira hacia atrás y recurre con frecuencia a polémicas que desvían la atención de los problemas de fondo. Se vende lo urgente para ocultar lo importante. Nuestros derechos contra un sistema frontal de reaccionarios.

Una característica de la dictadura-cívico militar, donde este gobierno adopta un reflejo inmediato en sus políticas económicas, era la condescendencia con las grandes fortunas internas o extranjeras. La famosa teoría del chorreo es una verdad física que no aplica en la práctica como vemos en los rebalses y anegamientos diarios, y que ejemplifica en la nueva ley de los súper ricos claramente el caos que este produce en las capas de menores recursos.

Quisiera creer que nadie lamenta que estas lluvias no hayan provocado una tragedia mayor. Que solo hayan removido el cauce del río, recordándonos cómo la naturaleza avanza hacia su destino sin titubear.

Así también deberíamos defender nuestros derechos: con la fuerza de un río crecido, sin desviarnos del cauce y sin titubear.

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