Oso de agua, 2025, 137 pp
I. Bestiario
Desde la Edad Media, los bestiarios han funcionado como espejos deformantes del mundo humano. No eran simples catálogos zoológicos. Cada animal era un signo moral, una lección de vida o un emblema de pecado. El león simbolizaba la fuerza divina, la zorra la astucia, el cerdo la gula. Se trataba de leer en los cuerpos animales la escritura de Dios. Con el tiempo, esa tradición se transformó. Borges la retomó para levantar sus Manual de zoología fantástica; Cortázar exploró lo animal como irrupción de lo otro en “Bestiario”.
En Faunario (Oso de Agua, 2025), Tomás Veizaga se inscribe en esa genealogía, pero desde un lugar profundamente contemporáneo. Lo animal, en este sentido, ya no es alegoría trascendente, sino metáfora de lo encarnado. El hambre, la frustración, la vergüenza y la rabia son abordadas como síntomas sociales, escenificados no en códices teológicos, sino en parques, calles, centros comerciales, acuarios y moteles baratos. Allí donde antes se buscaba un sentido cósmico, ahora emerge la evidencia de un enjaulamiento social y económico. La precariedad laboral, la soledad, la imposibilidad de sostener vínculos, la violencia doméstica y social, la enfermedad y el agotamiento físico son distintos tópicos sociales reconocibles en estos cuentos, hilados por un núcleo común: la animalidad como parte y extensión de lo humano.
Lo animal aquí no es un simple motivo decorativo: es la forma en que se expresa lo que queda reprimido en los cuerpos humanos. Los personajes —niñeras, oficinistas, estudiantes fracasados— se ven rodeados de bestias que reflejan sus propias carencias, sus pulsiones o sus derrotas. En Faunario, cada criatura no es otra cosa que la traducción simbólica de una experiencia humana que, sin embargo, nos recuerda que bajo la máscara civilizada aún se agita la pulsión del instinto.
El loro herido devuelve a María la conciencia de que no puede salvar ni siquiera a sí misma; el perro del frente se convierte en el recordatorio de un hijo ausente y de un fracaso matrimonial; las rémoras y tiburones encarnan la lógica cruel del mercado que devora al pequeño comerciante; el ostión robado cristaliza un amor tóxico y hace de prótesis de una masculinidad fracasada.
II. Escritura
En términos de estilo, Veizaga oscila entre el registro coloquial y la claridad y precisión narrativa, con un oído atento a la oralidad. Lo cotidiano se narra sin grandilocuencia, y es esa llaneza la que hace estallar la violencia o la desesperación, generando un efecto de realismo quebrado, es decir: las escenas empiezan con lo banal —un paseo en el parque, una práctica de tiro, una compra en el supermercado— y terminan revelando lo siniestro. Un niño que haya a un gato recién nacido y a su madre muerta bajo las ruedas de un auto, un hombre que opta por la huida y el servilismo como una forma de suspender sus responsabilidades con la realidad, un biólogo que tras un fin de semana en una granja sospecha de las reales intenciones de uno de su compañero de trabajo.
Es ese tránsito hacía lo extraño y deforme lo que convierte a los cuentos en pequeñas emboscadas. Uno empieza leyendo un relato reconocible y termina dentro de un territorio hostil, entre zarpas y colmillos.
«Al pollo le cortaron las ingles. Las caderas fueron dislocadas de manera precisa y brutal. Un tajo partió desde la cloaca al esternón y le sacaron las tripas, que fueron a parar al mismo balde que contenía las plumas con la cabeza. Pero algunos órganos quedaron en el cuerpo todavía» p. 95.
«El niño comenzó a mirar alrededor preguntándose dónde pasaría la noche, cuando escuchó al gatito llorando de nuevo. Su madre era un gato muerto. De pronto vio unas luces, y escuchó claramente el crujido de la grava bajo las ruedas de un vehículo que se acercaba por el estacionamiento. El auto se detuvo, apagó el motor y se abrió una puerta. El niño se abrazó las piernas con más fuerza, temblando. Recordó su herida, la gata llena de moscas. Oyó pasos, muy cerca, hasta que se detuvieron frente a él. Levantó la mirada y vio a una mujer que le dijo: —Ya, súbete al auto» p. 66.
III. Esperpentos
Sí algo llama la atención inmediatamente en estos cuentos son el tipo de personajes que desarrollan las historias. «Los rezagados, los porros, los desmotivados, depresivos y/o artistas en cubierto» p. 41, forman parte de la contracara del imaginario del exitismo neoliberal. En este sentido, lo patético, lo grotesco, junto a lo siniestro, articulan figuras esperpénticas, reflejos deformados del ideal social que en su representación abren una herida, un mundo que se esconde tras la frágil pose del éxito. El fracaso, la duda, la demora, la espera, son las principales características de estos personajes:
«Él, que creía en el horóscopo y el tarot, decía que así eran los cáncer: como los cangrejos. O dejaba la grande con sus pinzas (que no sirven para otra cosa), o se hundía en su caparazón y se metía al fondo de una grieta anónima. Nadie que se haya ganado un apodo por vomitar sobre un plato de chorrillanas en un bar de Bellavista puede ser silencioso por mucho tiempo» p. 43.
«A veces juntaba un montón de colillas que iba recogiendo por la calle y se enrolaba un cigarrillo con los restos. Esperaba afuera de una botillería hasta que abrieran, esperaba a algún microtraficante en alguna esquina del centro por horas, esperaba afuera de la Secretaría de Estudios hasta que saliera “alguien”, esperaba una carta que lo dejara reincorporarse a la universidad, esperaba a alguna hembra de cualquier edad que le respondiera sus miradas lascivas en algún antro de Bellavista» p. 52.
En definitiva, Faunario de Tomás Veizaga es un libro que devuelve al género del bestiario su potencia simbólica, pero desde la intemperie del presente. Los animales ya no encarnan virtudes o pecados, sino que ponen en escena las fisuras íntimas y colectivas de un tiempo marcado por la precariedad, la violencia y la soledad.
La escritura de Veizaga, directa y despojada de ornamentos, acentúa ese efecto de extrañamiento y deja al lector en la incomodidad de reconocer en los personajes —fracasados, rezagados, esperpénticos— una versión desfigurada de sí mismos y de la sociedad que habitan. Faunario ofrece una lectura lúcida de nuestro presente: un zoológico de heridas abiertas, donde lo humano y lo animal se confunden hasta volverse indistinguibles.
Cristofer Vargas Cayul
5 de septiembre de 2025
