Narrativa. Constanza Tapia Ojeda

 

SER UNA CASA VIEJA

 

Mirna vive en una casa vieja del puerto. Las paredes exteriores son azules y las de adentro son amarillas, tiene grandes ventanas que dan al mar y un endeble balcón, la luminosidad del hogar no se la regala a nadie, porque es increíble cómo el sol pinta de dorado todas las habitaciones durante la mañana. A pesar de todo, Mirna odia la casa vieja. Detesta el crujimiento de sus paredes cuando se inflaman por el calor, la forma en que se ven las tablas disparejas del piso y el olor a cera de la sala principal. La casa se la heredó su abuela, de otra forma, no habría tenido posibilidad de tener un lugar así para ella sola, no en estos tiempos.

 

La abuela de Mirna siempre le decía: «vas a tener que cuidar este lugar cuando yo no esté». Y esa era la única razón de estar allí aún. Llevaba ocho años en la casa vieja, ocho años desde que perdió su trabajo en la capital y ocho años desde que decidió dejar lo poco que tenía en el minúsculo departamento en que solía vivir.

 

De no ser por Olivia, su gata de quince años, definitivamente no podría seguir. En las noches de frío, Olivia le calentaba los pies, se le subía al pecho y le olfateaba la nariz, buscando ese corto y cálido aliento de su ama. Incapaz de morir, Olivia parecía más joven que otros gatos y tenía energía para regalar. La verdad era que Olivia no podía dejar ir a Mirna, no tan pronto, no mientras ella necesitara tanta ayuda.

 

¿Hasta dónde se puede extender una casa? Se preguntaba Mirna mientras veía la imponente puesta de sol. A veces, en las noches más solitarias, sentía que la casa vieja se le metía al cuerpo, que los pasillos le recorrían los brazos extendidos, que los techos altos alcanzaban su cabeza y sus pies le pertenecían a todas las puertas del lugar. Despertaba agitada y nerviosa, segura de que el espacio estaba embrujado o poseído. Sin embargo, nunca dormía tan plácidamente como lo hacía luego de ese sueño.

 

Siempre bajaba la larga escalera con temor a caerse, veía como Olivia se balanceaba en el balcón y sentía que se desprendería provocando una tragedia terrible. Algunas veces imaginaba que la antigua cocina estallaría y que las ventanas de vitral se romperían frente a sus ojos. Pero no ocurría y en vez de alegrarse, se decepcionaba.

 

Pero Mirna no siempre odió la casa vieja. Los mejores recuerdos de su niñez eran visitando a la abuela, jugando por la terraza de piso de ajedrez y desamarrando las pesadas cortinas del comedor. Cuando niña, esperaba ansiosa a que llegara febrero para viajar al puerto y cuando finalmente llegaba el día, contaba los kilómetros faltantes mientras iba en el auto. La casa vieja también era su infancia.

 

Ahí, abajo del balcón, se había casado su hermana Rosa, con el vestido más impresionante que alguien jamás hubiera visto. Las fotos de la fiesta son en el lugar, entre las flores que cuidaba su abuela y los quitasoles blancos. Mirna rememoraba esos momentos cuando sentía que la casa vieja la comía, la consumía, la atravesaba.

 

Sin embargo, cuando llegó Nito todo cambió. Sí, Nito apareció de un día para otro con sus enormes ojos negros. Mirna se enamoró de él como si no hubiera otra opción y Nito comprendió que él tampoco podía escapar de la casa vieja. Olivia lo adoraba, se paseaba entre sus pies y le estiraba la cabeza pidiendo caricias. Él, por su parte, la amaba como si fuera suya y la cuidaba para que no resbalara del balcón.

 

Nito removió la vida de Mirna de todas las formas posibles. Llegaba temprano montando su vieja bicicleta morada incluso en los días de lluvia y viento. Mirna siempre lo esperaba con té y una que otra anécdota antigua. Ambos reían, sentados sobre el sillón de terciopelo heredado y mientras Olivia los observaba, se quedaban callados, mirando la alegría del otro.

 

Un día Nito llegó tarde y con cara confundida. Su alma había sufrido un desperfecto y ahora se sentía encerrado en la casa vieja. Le contó a Mirna su sueño: «su cuerpo era consumido por la cocina, sus brazos eran la sala y sus piernas el dormitorio principal». Ahora le aterrorizaba entrar a la casa vieja, se sentía hundido, agobiado y preso en un espacio demasiado pequeño, angustiantemente pequeño. A pesar de que Mirna le explicó sus sueños recurrentes y le aseguró que no pasaba nada, él no pudo volver a entrar.

 

Pocas veces volvieron a verse, una vez en el muelle y otra en el mirador del cerro. En ninguna de las dos hubo risas.

 

Lo de Nito fue una locura, pensaba Mirna, una locura que no volverá a repetirse. La gata Olivia intentó consolarla de mil maneras, pero no lo logró. Su aliento era cada vez más débil en las noches, su pecho se inflaba menos que antes y sus pies parecían crónicamente fríos. Olivia, aunque se hacía la fuerte, también extrañaba a Nito. Echaba de menos el calor de su mano sobre su panza enorme y peluda. Pero, sobre todo, añoraba la sonrisa que él provocaba en Mirna, su dueña, su vida.

 

Nito no volvió más, dijo estar cansado de la casa vieja. Mirna entendió, después de todo ¿A quién podría gustarle un lugar así?

 

La vida se volvió monótona y lenta, los días pasaban y era como si no ocurrieran, como si en realidad no estuvieran transcurriendo. El balcón no volvió a abrirse y el sillón de terciopelo se vendió. Todo lo que trajera recuerdos de Nito desapareció y aun así, su presencia seguía más viva que nunca. Nito estaba en todas partes, en las paredes húmedas de condensación, en las lámparas del candelabro y en las vasijas picadas de la cocina. Cada objeto tenía el nombre de Nito, cada olor, cada rincón recóndito de la casa vieja.

 

Olivia murió en invierno. Todo ocurrió en una mañana de junio cuando la tos que mantuvo por meses se la llevó sin pena ni gloria. De no ser por las pequeñas gotitas de sangre en su cama, Mirna no lo hubiese notado hasta la noche. Increíblemente Mirna no lloró, la cubrió con su manta favorita, la besó incontables veces y sintió cómo el aroma de su pelo tricolor la envolvía en miles de recuerdos antiquísimos de su vida junto a ella. Tomó un taxi y bajó a la playa desolada. Ahí, la dejó ir.

 

Al volver a casa se dio cuenta que Nito también se había llevado con él a Olivia, quien lo idolatraba. Sonrió. Ahora ambos podrían vivir en su memoria sin ningún pudor y podría imaginarlos haciendo incontables cosas que jamás hicieron realmente. Olivia podría volar y dejaría a su paso estelas de colores. Nito, podría amarla eternamente, a pesar de la casa vieja.

 

Una tarde de diciembre, ya completamente sola, Mirna comprendió todo. La noche anterior, había tenido un sueño. Sí, nuevamente la casa se apoderaba de ella y se volvía su locura. Intentó huir, correr, escapar, pero nada surtió efecto. Ahí estaba, la casa se metía dentro de ella como raíces en el cemento, sin resquemor y con total naturalidad, pero al mismo tiempo, con una brutalidad conocida. Primero, entraba por los huecos de sus ojos, torneaba su tórax y llegaba a su cerebro, se apoderaba de su conciencia y su mente. Luego, le amarraba los pies y le sonreía, como burlándose. Finalmente, cuando atravesaba su boca, la ahogaba.

 

Mirna odia la casa vieja, pero vive en ella. Tiene vista al mar, una terraza, un balcón y una vieja sala. Algunas veces, Mirna vuelve a abrir las ventanas del débil balconcito y recuerda a Nito y a Olivia. Sonríe y los entiende, después de todo ¿Quién querría vivir en una casa vieja?

 

Constanza Tapia Ojeda (2 de septiembre de 1999) nació en Santiago de Chile. Es analista en política y asuntos internacionales, pero lo que de verdad ama es la escritura. Ha publicado cuentos en diferentes revistas, tales como: Revista Grifo (Universidad Diego Portales, Chile); Revista Jauja (Universidad Alberto Hurtado, Chile); Revista PhantasmaRevista Montaje y Revista El Coloso. Así también, ha ganado el tercer lugar del concurso de Cuentos para Jóvenes de la Universidad Andrés Bello (Chile) en 2022.

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