¿Quién sostiene verdaderamente el poder?
Tres horas están por delante. Y, con ellas, el peso de casi tres mil años de lecturas sobre la Odisea. No se trata de cualquier clásico. Es el poema que convirtió a Odiseo en el héroe de la astucia por excelencia y que, al mismo tiempo, dejó escrita en Penélope una inteligencia que tardamos siglos en aprender a leer. Frente a semejante peso, conviene separar dos planos que suelen confundirse cuando se habla de una adaptación: lo literario y lo cinematográfico. En el plano cinematográfico estamos ante algo excepcional, de la calidad esperable de Christopher Nolan, quien no necesitaba demostrar nada más después de Oppenheimer. Y, sin embargo, eligió filmar The Odyssey (2026). Pero decir que la película es notable en términos de oficio sería reduccionista.
Más que detenernos en el interrogante de si supera o no el test de Bechdel, interesa mirar qué elige hacer Nolan con Penélope dentro de las decisiones concretas de guion. La película construye la relación entre ambos desde una equivalencia de astucia que encuentra uno de sus momentos más significativos en el monólogo que Odiseo dirige a su esposa antes del enfrentamiento con los pretendientes. Allí se exponen su culpa, su extrañamiento y la profunda transformación que ha sufrido durante el viaje. Pero tan importante como aquello que revela es la elección de su interlocutora: Penélope aparece como la persona capaz de comprender esa vorágine y de actuar en consonancia con lo que está por suceder. No es un gesto menor que Nolan haya decidido que sea ella, ni Telémaco ni los consejeros, quien reciba esa confesión: es una decisión de guion que otorga autoridad narrativa, no solo afectiva.
Antes de llegar a Ítaca, el director reconstruye el largo itinerario que templó a Ulises como estratega, y en cada parada de ese itinerario dialoga, aunque sea por contraste, con la figura que lo espera en el trono. Atenea aparece como la inteligencia que lo orienta sin sustituir nunca sus decisiones, una suerte de «metis» externa que acompaña sin resolver el conflicto por él. Circe conserva el peligro de una magia capaz de alterar la naturaleza humana, y su isla funciona narrativamente como la primera prueba real de la voluntad de Ulises de volver. Calipso encarna la tentación de abandonar el regreso a cambio de la inmortalidad, ofreciéndole exactamente lo que Penélope no puede ofrecerle: la permanencia sin pérdida. Y el enfrentamiento con Polifemo se convierte en una de las secuencias visualmente más poderosas del film, donde la tensión, la belleza y el horror conviven con una intensidad poco frecuente en el cine épico contemporáneo. Cada episodio reafirma la capacidad estratégica de Ulises, pero también deja ver el costo humano de ese viaje. Cuando finalmente regresa, ya no es el mismo hombre que partió hacia Troya: es un hombre que necesita, antes de pelear, ser comprendido por alguien que estuvo librando su propia guerra en el trono vacío.
Esta simetría de inteligencia no es solo un rasgo psicológico: tiene una traducción política directa, que es quizás el aspecto menos comentado del poema y el que más ilumina la posición de Penélope. Durante los veinte años que Ulises pasa lejos de Ítaca, el reino no queda acéfalo. Formalmente, la autoridad debería recaer en Telémaco, pero es apenas un adolescente sin ejército ni respaldo político real, incapaz de imponer una decisión frente a los pretendientes que ocupan el palacio. Laertes se ha retirado a trabajar la tierra, en un repliegue que es también una forma de abdicación. Quien sostiene efectivamente el reino es Penélope, y lo hace desde el único territorio que la sociedad le reconoce como legítimo: «el oikos», la casa y el telar. Es un poder sin corona ni ejército, que no puede nombrarse a sí mismo como autoridad política sin poner en riesgo la posición misma desde la que se ejerce.
Ahí fabrica su instrumento de gobierno más célebre: el sudario de Laertes, que teje de día y desteje de noche durante tres años, postergando indefinidamente la elección de un nuevo esposo. No es una argucia doméstica, sino una forma de ejercer autoridad sin romper el orden social que sostiene su propia posición: cada hilo tejido y destejido es, en los hechos, una decisión de gobierno disfrazada de labor de mujer paciente. Esa misma lógica dialoga con la lectura que Nolan hace del concepto de «xenia», la ley de la hospitalidad, convertida en uno de los ejes morales de la película. Es la regla que obliga a tratar al extraño como se querría ser tratado, porque cualquier viajero podía ser, en realidad, un dios disfrazado, y es también la ley que los pretendientes violan sistemáticamente al ocupar un palacio que no es suyo. Que Penélope sostenga esa hospitalidad sin romperla del todo, aun sabiendo que la están usando en su contra, es otra forma del mismo cálculo político: administrar el tiempo, no la confrontación directa.
Que esta lectura no sea una imposición del ensayo lo confirma el propio trabajo actoral de Anne Hathaway. La actriz explicó que buscó alejarse de una Penélope meramente paciente para construir una mujer que decide, calcula y actúa. La crítica acompañó esa interpretación describiéndola como una figura táctica, consciente del sistema que intenta reducirla a una pieza de intercambio político. Un detalle de producción resulta revelador: Hathaway aprendió el antiguo oficio del tejido para filmar las escenas del telar, reforzando la dimensión material de una inteligencia que gobierna sin necesidad de levantar la voz. No hay en esa elección ningún gesto decorativo: filmar el tejido como saber técnico real, y no como metáfora vacía, es coherente con una película que en general prefiere anclar sus símbolos en objetos y oficios concretos antes que en abstracciones.
Que sea justamente Nolan quien decida iluminar esta relación no parece casual. Después de narrar en Oppenheimer la culpa de un hombre cuya inteligencia alteró el curso de la historia, dirige ahora otra historia donde la astucia también ocupa el centro del relato, pero adquiere consecuencias diferentes. La inteligencia de Odiseo conquista y destruye; la de Penélope preserva, sostiene y espera el momento oportuno para actuar. Son dos formas de la misma metis que Homero ya nombraba con una sola palabra, sin distinguir moralmente entre ellas, y que Nolan, casi tres milenios después, decide poner una junto a otra para que el contraste hable por sí mismo. Más que modernizar a Homero, Nolan invita a volver a leerlo desde un ángulo que siempre estuvo allí: la Odisea nunca fue únicamente la historia del hombre que viaja, sino también la de la mujer cuya inteligencia hizo posible que existiera un lugar al que regresar.
Hay una frase de Paul Auster, en Ensayos completos (2013, p. 81), que ilumina desde otro lugar completamente ajeno a Homero esta misma lógica de la espera. Auster escribe que cuanto más cerca está de terminar de decir lo que es capaz de decir, más le cuesta decirlo, y que pospone el final para poder convencerse de que «la mejor parte de mi historia todavía está pendiente». Esa frase, pensada para la escritura autobiográfica, describe casi con exactitud la estrategia de Penélope frente al sudario de Laertes: Tejer de día y destejer de noche es una forma de estirar el tiempo, de darle más vida a la espera para que el final del relato tarde en llegar. Es sostener viva la posibilidad de que lo mejor de esa historia, el regreso, todavía esté por escribirse. Penélope, como el narrador de Auster, entiende que hay finales que conviene demorar, no por debilidad, sino porque el aplazamiento mismo es una forma de autoría sobre el propio destino.
Antonella Finocchi es una escritora y abogada nacida en Buenos Aires, y residente en la ciudad de Zárate, formada en la UBA (Universidad de Buenos Aires) y con perspectiva de género. Su recorrido académico integra estudios de literatura y el tramo pedagógico, junto con diversas formaciones que amplían su mirada crítica sobre la cultura contemporánea. Publicó dos libros y actualmente trabaja en un nuevo proyecto narrativo, del que solo adelanta que continúa explorando sensibilidades, vínculos y memorias femeninas. Su escritura se caracteriza por una voz precisa e íntima, capaz de articular lo personal con una reflexión más amplia sobre la manera en que habitamos el mundo.
