En la tradicional sala de Sidarte, en Ernesto Pinto Lagarrigue —ese recinto gremial ligado por excelencia a los intérpretes— se presenta durante todo septiembre La CALUGA, de la compañía Conejo Muerto. Una obra que recomendamos especialmente para acercarse a una realidad carcelaria atravesada por la memoria, la represión y, también, por la capacidad de resistencia que surge incluso en las circunstancias más adversas.
Porque en esta historia el contexto siempre puede empeorar.
Las actuaciones van revelándose con detalle, con una hermosa capacidad de personificación y una energía que multiplica las posibilidades de cada escena. Hay actuaciones dentro de las actuaciones, pequeños desplazamientos que van abriendo el relato, como si poco a poco se desarmara una pequeña caluga para descubrir todo lo que contiene en su interior. Incluso las cortinas parecen recibir y transportar mensajes, en un montaje que juega con todos los elementos escénicos a mano para construir una memoria colectiva que se despliega frente al espectador.
La obra adapta el libro autobiográfico de Gabriela Richards, y desde allí nos sitúa en uno de los peores contextos posibles: el Chile de la dictadura. Un país donde se detenía a quienes tenían vínculos con organizaciones de resistencia, en el ocaso de un autoritarismo cada vez más decadente y brutal.
Pero el contexto vuelve a empeorar.
Gabriela se involucra sentimentalmente con El Negro, líder de uno de esos grupos de resistencia, y además tiene un padre abogado que simpatiza con la oposición. Son circunstancias que, en aquel Chile, podían convertirse en una sentencia. Y así ocurre: es encarcelada.
En prisión, la obra va trenzando relaciones y recuerdos. Entre ellos aparece el vínculo con otras mujeres, especialmente con su hermana Paulina con quien se desahoga y confía más que nada durante la obra. También conoce a Jessy, una mujer de pueblo que también ha llegado a la cárcel por razones políticas. Ambas comparten secretos, palabras de aliento y cantos. En medio del encierro, esos gestos mínimos se convierten en formas de resistencia.
La amistad entre ellas permite que la obra encuentre una zona de ternura dentro de una historia marcada por la violencia. Jessy sostiene a Gabriela, pero también carga su propia ausencia: recuerda a su hijo de tres años, del que ha sido separada. Esa memoria adquiere una nueva dimensión cuando Gabriela queda embarazada.
Y cuando parece que el contexto ya no puede ponerse peor, aparece una nueva forma de violencia: la represión física ejercida particularmente sobre las mujeres y las estructuras patriarcales que continúan operando dentro del sistema carcelario.
La CALUGA construye así una tensión permanente, pero una tensión que encuentra alivio en la dulzura de sus protagonistas. Los cantos, las palabras, los recuerdos y las emociones blandas irrumpen allí donde parecería que solo queda espacio para la brutalidad.
Quizás uno de los aspectos más conmovedores del montaje sea precisamente descubrir, detrás de la figura de las presas políticas, que estamos frente a mujeres muy jóvenes. La historia, el encierro y la violencia podrían hacernos olvidar esa juventud. La obra se encarga de devolvernos esa conciencia: eran jóvenes, tenían amores, familias, deseos, secretos y proyectos.
Por eso La CALUGA no se limita a reconstruir una experiencia carcelaria. Abre una pequeña caja de memoria y deja que sus capas aparezcan una a una. Como una caluga que se desarma lentamente, el relato va entregando sus sabores: dolor, miedo, compañerismo, resistencia, maternidad y ternura.
Una obra necesaria para recordar que, incluso en los contextos más oscuros, las personas encuentran maneras de acompañarse y resistir.
La CALUGA, de compañía Conejo Muerto, se presenta durante septiembre en la sala Sidarte de Ernesto Pinto Lagarrigue todos los miércoles a domingo del mes.





