LA SOCIEDAD DE LAS GOLONDRINAS
I
Doy al tuerto esa voz de la verdad y el mal, donde la sangre pasaba como un río que solo es sostenido por el tacto. Luego taparé con incienso las veredas que dan a los cántaros oscuros —esos que drenarán toda el agua dulce del cosmos—, y el bandoneón dejará caer sus brazos en el quinto sueño, y yo mismo lavaré sus lágrimas con mi piel que humedece el retrato del cielo. Espera a que trace el puñal con la mano firme podrás escribir —y morderé— y harás llorar al sol tendido en las lagunas en donde caerá en la marea que da mi nombre —a un reloj que vira—, a una flor y a los pájaros que cortan los cabellos. Te daré una pulsada en la sien del corazón que gime delante mío y está sentado aquí esperando la matanza y un pico en la planta del rocío. Veo por muerto al que va haciendo su matriz con mi llaga y le daré a culminar mi pecho y oídos hasta caer al suelo. Una lengua de llamas acarició mi mente. Se ve caer a las estrellas y giran un poco al centro de una torre —y daré volteretas y giros—. El reflejo que pinta en el marco de una puerta; este marco tiene una hendidura procreada por el mismo Dios: ahí se alzará como una cúpula en un subte mi voz. Quemaré los bosques sedientos de lava de cántaros, los ríos, las golondrinas, los instrumentos de viento que dan vuelo a las campanas. Las campanadas que suenan en un velorio. Acaricio el lomo de las esmeraldas —estas alondras que repiquetean—. Y heme aquí: SOY el arroyo a la ventana que mira a los amoríos y los veré morir solos, prendidos en los alambres-trampas de los campos. Te entregaré en mis brazos un cordero que pelé hasta caer y lo dormiré hasta que cantes. Se retuerce una tela contra el viento que da a la calle —a los prados de los mismos hombres— y saltan las palomas como si pudieran entonar una melodía. Te veré vestida en un traje de plumas lilas y lameré, a pesar de todo, los pechos hasta que sangren.
Ah, veré cómo se asoman y grabaré en un pedal los grafólogos y topólogos para poder hablarte y dormiré con un beso clavado en las ramas y hojas que dictan la verdad. Te lavaré con mis alas que nadan en el mar sin nombre, ¿puedes ver cómo caigo de golpe al foso? Llevaré colgado a un gorrión con un hilo tuyo y abriré en la noche mis ojos para poder colmarte y este es el pico sin fin de la veta que separa los mundos y ya estás aquí —parada en medio de la vía— y te soltaré con todas las ventanas abiertas.
II
Las palomas han rechazado todo el púrpura del cielo, en un nudo que está colgando de la viga que crece en el pecho. Estás sobre las cascadas de tinta y los zorzales que impregnan todo el vuelo, ¿qué estás esperando ver? El abanico y frascos de los alaridos azules. Pies clavados como un cenicero sobre la raja del cielo abierto, el infinito, ¿ves cómo se encastra y vuela? Las alas se despliegan y la voz sólida, el cuello se retuerce en un olor —tus ojos se anudan con tu garganta—. Te hallo en un color de palomas, se abre todo el subsuelo con una hoja, y están escuchando un soneto transparente por tu Dios y padre que se agita y azota.
«Heme aquí, soy el balde de plata,
Heme acá, una pluma de latón.
Soy la planta en el fin
de un latido, con las sílabas
de tu nombre».
Y abriré tu cuerpo y voz, que amamantaban a un hijo, y escucharé mi tono retumbar en los prados, en las playas, en las escaleras y la brisa que pasa como tren y levanta un cosmos empapado —el agua de las más secas lagunas—. Te vestiré con vetas como sombreros y las luces escribirán tu nombre en mi pulgar hasta su dueño.
Ah, te veo avecinar una ola con mis latidos, puestos en ella.
Tus ojos jadean en un horizonte preñador. Tu cuerpo se ha bifurcado con las llamas intrínsecas que dan a luz. Los montes, los lagos y los arroyos palpan la cumbre.
Andrés A. Belmoro (Chile, Hualpén. 2010) poeta y estudiante. Ha publicado textos en revistas literarias como Montaje, Cinosargo, Letralia y Mal de Ojo. Desarrolla actualmente proyectos vinculados a la poesía chilena contemporánea.
