Los sueños se parecen a las fotos borrosas
La fantasía más real que existe: fotografías de Anahí Ortuzar camino a Valdivia
Pensaba escribir sobre la imagen. El concepto en su totalidad. La imagen imita la realidad en un formato de fantasía. La imagen es la fantasía más real que existe. Una representación que captura lo visible, pero que también nos enfrenta a aquello que la memoria transforma, exagera o simplemente inventa.
Ahora hablemos de lo estético. El trato de la fotografía, la seguridad de un dedo índice cuando reconoce el momento perfecto. La toma exacta. La fotografía perfecta. Ese instante en que el ojo, la luz y el movimiento parecen ponerse de acuerdo para detener el mundo.
Desde ahí nace el cine y hacia ahí siempre regresa. El trabajo de la fotografía cinematográfica es de una sofisticación impresionante. Un ambicioso proyecto estético que cuenta un mensaje. Pero un mensaje confuso tiene que parecerlo. Y ahí se acaba lo perfecto. Porque hay imágenes que no necesitan explicarse. La fotografía también puede renunciar a la precisión para aproximarse a una verdad más íntima: la manera en que recordamos aquello que hemos visto.
Las fotografías de Anahí Ortuzar tienen un trabajo que aprecia tanto la imagen que la enaltece con esa toma dispersa y ese dedo índice vacilante. Son imágenes capturadas camino a Valdivia, cuando el paisaje sureño comienza a imponerse sobre la mirada y el viaje se convierte en una sucesión de apariciones. Los árboles pierden sus contornos, el horizonte parece disolverse y las aguas se confunden con una neblina que impide reconocer dónde termina la tierra y comienza su reflejo.
Agrupa tres capas de colores que definen un paraje sureño, no en su belleza evidente, sino en lo más parecido a la imagen que ves cuando estos escenarios vuelven a aparecerse en tus sueños.
Una primera capa rosada y anaranjada ilumina el cielo. Una segunda, grisácea y fantasmal, sostiene las siluetas de los árboles y la lejanía del horizonte. La tercera, verdosa y oscura, se extiende entre la vegetación y las aguas. Tres capas que parecen corresponder a distintos momentos de un mismo recuerdo.
Hay algo profundamente cinematográfico en estas fotografías tomadas durante el trayecto. No estamos frente al paisaje inmóvil de una postal turística. Estamos ante una geografía que se desplaza, que apenas se deja reconocer antes de desaparecer. Como si la ventana del viaje fuera también una pantalla de cine y cada fotografía un fotograma desprendido de una película que todavía no comienza.
La mirada de Ortuzar no parece perseguir la perfección de una imagen publicitaria. Su fotografía encuentra una belleza particular en la atmósfera, en la pérdida de nitidez y en esa luz que se confunde con la niebla. Lo que podría considerarse una imperfección técnica adquiere una dimensión poética. La imagen deja de describir un territorio para representar la experiencia de atravesarlo.
El Festival de Valdivia sensibiliza a públicos masivos. Al de gustos refinados y al que se maravilla con una imagen por asociarla a un lugar común. El cine tiene esa capacidad de reunir miradas distintas frente a una misma pantalla. El espectador especializado reconoce una propuesta estética; otro descubre una historia que se parece a su propia vida. Ambos pueden conmoverse ante una imagen sin necesidad de comprenderla de la misma manera.
Por tercer año consecutivo, Revista Montaje se hace presente en el Festival Internacional de Cine de Valdivia. Una continuidad que responde a nuestra convicción de que el cine, como la literatura y las demás expresiones artísticas, merece ser observado, discutido y compartido desde una mirada crítica, sensible e independiente.
Esta nueva cobertura comienza antes de llegar a las salas. Comienza en el camino, en los paisajes que Anahí Ortuzar transforma en una antesala poética del festival. Porque también hay cine fuera del cine: en las ventanas, en los desplazamientos, en la luz que cae sobre un territorio y en las historias que todavía no han encontrado una pantalla.
A sus sueños se parecen las malas fotos. Y eso es magia que intriga a todos los ojos frente a imágenes que no comprenden. Aquellas fotografías desenfocadas, intervenidas por el movimiento o reveladas desde algún rincón del inconsciente, pueden conservar algo que la perfección pierde: la incertidumbre de la mirada.
Quizás por eso las imágenes de este viaje no nos muestran simplemente el camino a Valdivia. Nos muestran cómo ese camino podría permanecer en nuestra memoria. La fotografía no necesita ser perfecta para alcanzar la belleza. A veces basta con que se parezca a algo que hemos soñado, aunque nunca haya ocurrido.
Desde Revista Montaje queremos agradecer especialmente a Anahí Ortuzar, una de nuestras primeras colaboradoras, cuya trayectoria como fotógrafa artística y de reporteo ha enriquecido nuestra manera de observar y comunicar la cultura. Su trabajo reúne dos sensibilidades que no siempre conviven con facilidad: la oportunidad de registrar lo que ocurre y la paciencia artística de descubrir aquello que permanece oculto en lo cotidiano.
En esta tercera presencia consecutiva de Montaje en Valdivia, sus fotografías nos recuerdan que una cobertura cultural no comienza necesariamente con una película, una entrevista o una ceremonia inaugural. A veces comienza con un dedo índice vacilante, una ventana y un paisaje que desaparece antes de que podamos comprenderlo.
Y entonces la fotografía hace su magia: consigue que el camino también sea parte de la película.
Revista Montaje — Cobertura del Festival Internacional de Cine de Valdivia.
Fotografías: Anahí Ortuzar.




