Reseña teatral montaje ‘Ánimas de día claro’ por Miguel Echeverría

Ánimas de día claro: el amor también florece entre los muertos

El clásico de Alejandro Sieveking regresa bajo la dirección de María José Pizarro y el talento del colectivo CTM. Una comedia campesina donde cinco hermanas desafían a la muerte, mientras el amor insiste en florecer entre los árboles secos.

El domingo culminó la temporada de Ánimas de día claro en Teatro Mori Constitución, una de esas obras fundamentales de la dramaturgia chilena que todavía consiguen sorprendernos. Escrita por Alejandro Sieveking en 1959 y estrenada en 1961 bajo la dirección de Víctor Jara, quien también aportó su talento musical a la obra, este clásico encuentra en el colectivo CTM una adaptación innovadora y provocadora que deja a más de algún espectador preguntándose qué ocurriría si la vida nos tendiera una trampa, de esas que confunden los sentidos y nos hacen dudar incluso de la muerte.

En el campo chileno abundan las historias que rozan el folclore sin necesidad de grandes artificios dramáticos. Seres extraños, supersticiones, brujerías y hechizos conviven con imaginarios importados de tierras lejanas. También existen casas abandonadas que parecen adquirir un valor inexplicable, terrenos donde la maleza reclama lo que alguna vez perteneció a los hombres y árboles secos que todavía esperan dar frutos.

Pero en este universo campesino habitan las ánimas. No son fantasmas destinados a provocar espanto, sino almas que permanecen en la tierra porque algo las retiene. La creencia popular sostiene que ciertos muertos no encuentran descanso mientras conserven deseos incumplidos. Sieveking recoge esta tradición y la transforma en una comedia de profunda humanidad: no es la muerte lo que atormenta a sus personajes, sino aquello que no alcanzaron a vivir.

Las cinco hermanas González —Bertina, Orfilia, Floridema, Zelmira y Luzmira— llevan demasiado tiempo sobre la tierra. Sus espíritus habitan una vieja casona campesina, rodeada de damascos sin frutos, esperando resolver aquello que la vida les negó. Sus arrebatos, contradicciones y disputas nos recuerdan a esas familias numerosas donde el cariño y el reproche han aprendido a convivir durante generaciones. Hay algo profundamente reconocible en sus maneras de hablar, en sus pequeñas rivalidades y en esa obstinación tan familiar de quienes parecen condenados a seguir discutiendo incluso después de muertos.

La propuesta del colectivo CTM, bajo la dirección de María José Pizarro, juega precisamente con esa frontera entre lo cotidiano y lo sobrenatural. Parece una comedia, pero esconde las condiciones para provocar un llanto inevitable. Buena parte de ese tránsito emocional descansa en la habilidad de sus intérpretes. El elenco funciona como un reloj, incluso con el relajo y la complicidad propios de una última función.

El resultado cautivó a una sala expectante por descubrir qué historia contarían aquellos huasos crédulos de maldiciones y aquellas ancianas enmascaradas que, lejos de representar una amenaza, parecían habitar inocentemente una casa roñosa, rodeada de árboles que habían olvidado florecer.

La aparición de Eulogio, un huaso que irrumpe en la tranquilidad de las hermanas y termina enamorándose de Bertina, introduce una nueva sospecha: ¿estamos frente a otra invención del romance por interés? ¿Tierra por matrimonio? La pregunta parece razonable en un universo donde las propiedades, las promesas y los afectos suelen confundirse. Sin embargo, Sieveking conoce demasiado bien las debilidades humanas como para reducir el amor a una simple transacción.

Bertina, la menor de las hermanas, arrastra un deseo tan sencillo como conmovedor: besar a un enamorado. La ingenuidad de semejante anhelo contrasta con la magnitud de su condena. ¿Cuánto puede pesar un beso que nunca ocurrió? ¿Cuántos años puede sobrevivir una ilusión? En esa desproporción entre la pequeñez del deseo y la eternidad de la espera reside buena parte de la belleza de esta obra.

La escenografía contribuye a construir ese mundo suspendido entre la precariedad material y la fantasía. Menos convincente resulta el uso de una pantalla que, por momentos, distorsiona la continuidad de ciertas escenas y no termina de justificar el espacio que ocupa. Es un recurso que parece competir innecesariamente con la fuerza de los intérpretes.

Porque es justamente ahí, en el trabajo actoral, donde la puesta en escena encuentra sus mejores virtudes: un manejo preciso de la picardía, del acento campesino y de esa comicidad que nace de decir las cosas más extraordinarias con absoluta naturalidad.

La obra también conserva una herencia artística que merece destacarse. Víctor Jara, responsable de su primera dirección escénica y de su música original, contribuyó a instalar este universo campesino en la historia del teatro chileno. No se trata únicamente de una referencia patrimonial: la presencia de canciones, bailes y expresiones populares forma parte de una tradición teatral que encontró en la cultura rural una manera de hablar sobre las grandes inquietudes humanas.

Pero los avatares del destino también entregan hermosas escenas de hermandad. Entre bromas, disputas y apariciones, la obra descubre la sencillez de los deseos humanos y, sobre todo, la persistente búsqueda del amor, incluso cuando sentimos que ya no tenemos demasiado que ofrecer.

Quizás esa sea la mayor virtud de Ánimas de día claro: recordarnos que los deseos incumplidos pueden sobrevivir a la propia existencia. Las hermanas González no son solamente figuras del imaginario campesino. Son también una expresión de aquello que los seres humanos arrastramos durante toda la vida: promesas pendientes, afectos que no alcanzamos a declarar y esperanzas que se resisten a desaparecer.

Hay una paradoja hermosa y cruel en el destino de Bertina. Cuando finalmente consigue aquello que tanto había esperado, descubre que el amor no termina necesariamente con el cumplimiento de un deseo. Por el contrario, puede inaugurar otros nuevos. Y entonces la eternidad, que parecía una condena, se transforma en la posibilidad de seguir esperando.

Porque el amor también puede ser cruel cuando los corazones se encuentran despojados de los acuerdos familiares, la avaricia y la lujuria que tantas veces condicionan nuestras relaciones. Entonces aparece una promesa profundamente humana, llena de realismo y ternura: volverán a verse después de un tiempo indefinido.

Y esa promesa nos invita a perseguir nuevamente la ilusión del amor correspondido. Porque puede existir. Aunque sea efímero. Aunque llegue tarde. Aunque parezca imposible.

Después de todo, incluso sin hojas durante el invierno y sin un solo fruto entre sus ramas, el árbol vuelve a intentarlo cada año.

Quizás este año florezca.

 

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