Lo que callan las sombras
La tata murió un 4 de agosto, degollá como dice la señora. La desgraciada estaba intentando coger del montacargas algo que se había atascado.
La tata se quedó con el cuerpo en un lado y la cabeza ahí abajo. No sé si la han recogido del sótano y la han tirado con el estiércol de los animales como el resto del cuerpo o si seguía ahí su putrefacta cabeza.
La señora me miró, me lo dijo y me dio un vaso de leche para consuelo, aunque en esos ojos vi una sombra, que me hizo pensar, si fue ella la que pulsó el botón del montacargas.
Llevo desde los 16 trabajando en esta casa, una antigua mansión señorial de los años 20, rodeada por tierras infértiles, antaño repletas de campos de cultivo de algodón. Mi tata llevaba cinco más que yo.
Al ser la mayor, empezó a trabajar antes de ninguna, yo conseguí acabar la escuela, el maestro me decía si hubiera nacido con dineros, podría haber sido escritora.
Ese mismo día, Mamá se colgó de la viga de nuestra casa y con ella, los pocos ingresos se fueron por el retrete. Y tuve que dejar la escuela, empezar a trabajar en la mansión, a las órdenes de los señores, junto a mi tata.
Desde el primer día, la Tata me avisó.
—No abras las puertas cerradas, no entres en una habitación si está alguno de los señores, no uses los baños de la casa, no hagas ruido.
Pero la Tata no me avisó de otras cosas, actos extraños que se realizaban en la mansión, rituales. Durante años no conseguí entrar en ninguno de sus actos, solo sabía que se realizaba porque apagaban las luces de la casa y entonaban un lúgubre canto. Más bien, un cántico que no comprendía, un idioma que desconocía. Lo que más le preocupaba era a quién estaba dirigido.
Hasta aquel día, el día en que la Tata acabó decapitada por el montacargas.
Aquel día, se apagaron las luces de la casa. Yo estaba como de costumbre en la casa de los sirvientes (anteriormente conocidos como esclavos). En cuanto vi la oscuridad de la casa me acerqué por la puerta de atrás. Sigilosa, sin hacer ningún ruido que pudiera delatarme.
—No entres en la casa cuando las luces estén pagadas, niña —resonaban las palabras de la Tata en mi cabeza
Tras muchos años, sabía que listones de madera crujían al pasar, que escalones debía saltar, los ruidos que debía vigilar para aguantar la respiración.
Subió lentamente a la planta de arriba, donde una escalinata llevaba al desván. Totalmente prohibido para las sirvientas, pero tras la muerte de mi Tata, me importaban mil demonios sus normas y sus costumbres.
Las rancias costumbres de una familia sin linaje, con tierras baldías, y un Mal presente, constante, en cada resquicio de la mansión.
La piel de los Señores emanaban olor a ceniza, la voz de la Señora, ronca, tras décadas fumando puros mientras el Señor ni voz tenía, conectado la mitad del día a una máquina para respirar. Sus ojos negros y una boca con dientes afilados, como las pirañas de la charca del pueblo donde iba con La Tata a ver cómo devoraban lo que entraba al agua.
No supuso ninguna sorpresa para ella lo que vio al asomarse al desván, llevaba años sospechando que algún ritual hacían, lo que no esperaba era encontrar el cuerpo decapitado de la Tata con la cabeza de una niña del pueblo.
Los señores estaban desnudos, bailando alrededor de unas marcas en el suelo mientras un hombre encapuchado con una mugrienta túnica recitaba en aquella lengua muerta que no conocía.
Bailaban riéndose, mostrando sus afiladas dentaduras, y embadurnándose con la sangre de la Tata y la cría. Una imagen demoníaca, para nada sorprendente, al pensar en los Señores.
Siempre hubo rumores en el pueblo.
Los señores estaban malditos y no podían engendrar ningún heredero.
Los señores eran siervos del Diablo y entregaban sacrificios a cambio de más años de vida.
Sospechaba que esos rumores, al ver la imagen frente sus ojos, eran hechos reales.
No se quedó para ver más.
Bajó las escaleras en silencio, para salir por donde había entrado. Se detuvo en el ventanal de vidrio, desde el cual se podía ver el extenso campo de cultivo, muerto e infértil hasta ese día, rebosando de algodón.
Sin pensar, siguió su camino a la salida.
Justo al tocar el pomo de la puerta, lo vio reflejado en la ventana, Aquello que nadie se atreve a nombrar.
El mal en carne y viva. Satanás.
Con el cuerpo muerto de la Tata y la cabeza de la niña muerta, moviéndose, como una oveja sigue a su pastor.
Quiso gritar. Quiso pedir ayuda.
Pero entonces recordó, que era una muerta de hambre, a donde iba a ir sino tenía ni un dólar. Así que abrió la puerta, inclinó la cabeza al Mal y volvió a cerrarla, para regresar a la casa de los sirvientes.
Al día siguiente, el Señor había recuperado su voz y vendieron la máquina que le ayudaba a respirar.
Y una nueva sirvienta fue contratada.
Celia Espaldas Robles (Granada, 1993). Filóloga inglesa, traductora y profesora. Autora de la novela distópica El ascensor de Turing (2023) y otras publicaciones (Revista Autores, Editorial Artificios).
