Narrativa. Fernanda Rodríguez Monsalve

 

VEINTIDÓS GRADOS A LA SOMBRA

 

Su casa no tenía mucho que ofrecer. Un sillón que le regaló su vecino, una mesa que le compró su hija y un tarrito para tomar café o agua con harina en verano. En ese tarrito también hacía combinaciones raras de hierbas que encontraba por ahí, le servían para el reumatismo y el lumbago. También tenía una silla blanca, típico monumento latinoamericano, con sus orificios verticales en la parte de atrás y su estructura característica para apoyar los brazos. La diferencia de su silla era que no tenía compañera y que su brazo no se apoyaba en el de nadie más.

Se sentó en esa silla a mirar su casa en pleno campo. Antes tenía un perro amarillo. Se llamaba Pituco porque era rusio, cariñoso, y juguetón, pero lo atropellaron y hasta ahí llegó su compañero. Ahora estaba ahí en su silla con su chaleco verde oscuro. Pensó que su chaleco era muy grueso para los veintidós grados que hacía, pero, al mismo tiempo, se dijo que estaba bien, que, si se sacaba el chaleco y se quedaba solo con su camisa de cuadritos azules, probablemente le daría frío. Pensó que eso estaba bien, que era la vejez hablándole y que ser viejo era escuchar al cuerpo.

También pensó en otras cosas en las que siempre pensaba, en su familia, en su vida, en su famoso paso por la tierra. Después de todo no estaba tan mal. Tuvo dos hijos, plantó varios árboles, solo le faltó escribir el libro. Se puso a pensar en cómo comenzaría su libro. En él obligatoriamente tendría que describir la imagen de Jesús que estaba en su dormitorio, regalo de su madre. Una vez quiso cambiarla de lugar, ponerla en otro sitio, en otra pared, pero en la noche su madre vino y le dijo que no lo hiciera, que la devolviera; él así lo hizo y nunca más intentó cambiarla. Sus hijos y su mujer también tendrían que estar, pero pensó que sería una parte triste, porque sus hijos eran buenos, su mujer trabajadora y él no destacaba por esas características.

Su vida fue normal, nunca le faltó el pan amasado, la compañía y las palizas. El pan amasado de su madre, la compañía de sus hermanos y las palizas de su padre. Conoció los placeres de la vida a temprana edad, incluyendo el alcohol y la infidelidad. Se casó con una buena mujer a quien secó, tuvo dos hijos a quienes crio con miedo y pobreza. Su matrimonio duró algo más de cuarenta años, nunca llevó la cuenta, y ahora estaba solo, porque su mujer se fue. No toleró sus borracheras y su violencia.

***

A su mujer la vida no le sonrió, o al menos no lo hizo hasta bien avanzado el reloj etario. Quedó huérfana a temprana edad, su madre murió de un cáncer agresivo que solo le permitió disfrutar de unos cuantos años de sus dos hijas. Su padre, en cambio, se fue cuando ellas tenían nueve años.

Un día, la niña fue a verlo a su pieza, porque se estaba demorando más de lo habitual, abrió lentamente la puerta y lo encontró sentado en la cama, como mirando el suelo para ponerse los zapatos o para ocultar la cara después de haber llorado. Le pareció divertida esa posición y saltó a la cama para abrazarlo, pero su cuerpo tenía una frialdad anormal sumada a una extrema falta de movimiento. Se agachó para verlo, tenía los labios morados, la mano cerca del corazón y los ojos abiertos, como si hubiera experimentado un dolor muy grande. Se había ido sin que ella terminara de comprender qué era la muerte.

A sus nueve años ya tuvo que trabajar y soportar los malos tratos de sus tías conservadoras y extremadamente religiosas. Ahí aprendió a rezar en varios idiomas, incluso se aprendió el padrenuestro en italiano y, con mucho orgullo, se lo recitó años más tarde a su nieta. Ella nunca se lo aprendió, pero le encantaba oírlo y le parecía una locura que alguien supiera tantas palabras en otro idioma.

Infancia no tuvo, no en el sentido convencional de la palabra, maduró muy rápido y su hija mayor pagaría el precio. Rápidamente aprendió a obedecer y después a mandar. Asistió a un colegio religioso, donde terminó la educación secundaria y se recibió de técnico agrícola. En ese período recibió visitas de un joven de porte elegante y contextura delgada. Tenía buena perorata y en menos de lo que canta un gallo estaban comprometidos y de sus años libres solo quedó una foto en blanco y negro. Una que siempre guardaría en un cuaderno Mistral amarillo, ella estaba apoyada en lo que parecían rocas a la orilla de un río, con traje de baño, pelo corto y mirada llena de esperanza.

Cuando llegó el día de su boda, estaba contenta, porque se casaría con el hombre de su vida, hombre que antes de conquistarla había cortejado a su hermana, quien lo rechazó de plano. Ella lo sabía, pero bueno, son detalles, se dijo. Lo que no fue un detalle fue lo que vio después de servir trozos de torta a los invitados. Detrás de una cortina que separaba la cocina de la improvisada pista de baile, encontró a su recién declarado marido recibiendo un apasionado beso de una de las invitadas.

Entre la mezcla de celos, rabia y tristeza separó a los imprudentes tomando a la mujer del cabello y manchándola de una buena porción de torta que aún llevaba en un plato. Todo transcurrió en un silencio sepulcral y alejados de los invitados. Nadie sospechó lo que había pasado y el novio se excusó con que no pudo resistirse a la fuerza de la mujer que lo besó y que estaba muy agradecido de que se la hubieran sacado de encima. «Está bien, pero nunca más quiero verte con esa peuca» dijo la novia.

El acontecimiento de ese día lo consideró como algo menor y estaba en lo cierto, pues le quedaba por soportar cosas peores. Con el tiempo, ya no se preocupó por las infidelidades, es más, estaba agradecida de ellas, porque así su vida podía transcurrir más tranquila. Después, cuando los hijos se fueron, abrieron un negocio modesto al que nunca le faltó nada y que gozaba de buena clientela. El esposo nunca se comprometió del todo, pero a ella no le importó, porque como todas las mujeres de esa familia, la impulsaba una fuerza invisible que le permitió no solo mantenerlo a flote, sino entregarse por completo a ese negocio.

Pero el novio nunca dejó de dar problemas, el vino nunca lo abandonó y al menos cuatro veces a la semana llegaba borracho a la casa. La fortuna era cuando llegaba, pues una vez quedó enterrado en un desnivel de la calle, porque olvidó dónde era su casa y estacionó su auto, «el cacharro», como lo llamaba ella, algo así como dos casas antes. Ella lo esperaba con agua y leche caliente, sabía que llegaría borracho y sabía que se le pasaba tomando leche, de lo contrario amanecía con un dolor que le partía la cabeza. Le tenía lástima y lo veía como un hijo problemático, que rompe el alma todos los días un poco más.

Ese día se tardó más de lo habitual, pero como era pueblo chico, le avisaron que estaba enterrado en una cuneta y que se estaba juntando un grupo de personas para sacarlo. Cuando llegaron con el bulto, les pidió que por favor lo dejaran en su pieza –desde que cumplieron veinte años de casados, dejaron de dormir juntos– y no se preocupó por arroparlo o porque se acostara así todo mugriento, ni siquiera le importó que pusiera los pies con zapatos encima de la cama. Solo apagó la luz, cerró la puerta de su pieza, hizo sus oraciones en español e italiano y se durmió en la paz del Señor.

***

Lo que siempre supo fue que Dios nunca la abandonó y que se lo demostró. Un día salieron de paseo familiar a un lago cercano. Como era de esperarse, el marido rápidamente encontró refugio en un grupo de amigos que le ofrecieron trago y se perdió de la velada familiar. Ella se quedó con su hijo y su hija mayor fue a jugar con unas amigas. Llegaron las ocho de la tarde y la niña todavía no llegaba, fue a buscarla donde las amigas y ellas le dijeron que se fue hace rato, que dijo que se iba a sumergir una última vez en el lago y que después se iría donde su mamá, que ya era tarde. Cuando escuchó la palabra «sumergir» el corazón le dio un vuelco, desesperada empezó a preguntar al que se le cruzara por delante si había visto una niña flaquita, con chasquillas y traje de baño verde, con un moño bien arriba. Todos le decían que no. Mientras tanto, el otro hijo se quedó solo y pasado un rato empezó a llorar porque echaba de menos a su mamá, lo bueno es que no se movió de su sitio.

El marido vio la desesperación de su mujer y pensó que era mal momento para aparecerse ante su familia, así que se quedó en la comodidad de su grupo. La madre, mientras tanto, estaba al borde de las lágrimas las cuales acudieron sin demora. Rezó en cuanto idioma pudo, incluso debe haber inventado alguno en medio de la pura desesperación. Poco le importó lo que pensara la gente alrededor, que estaba asombrada de ver a esa mujer tan fuera de sí. Su pensamiento estaba tan concentrado en salvar a su hija de la muerte, que no se percató de que había cerrado los ojos.

Al momento de abrirlos, vio la imagen de Jesucristo dibujada como a pincel en el cielo, pero su rezo estaba tan arraigado en la fe que eso no la sorprendió, lo que sí la desconcertó fue el brazo flaquito que le tomó las manos y le preguntó: «mamá, ¿qué pasó? Estoy aquí». Era su hija que solo había ido a dar una vuelta. La satisfacción que sintió ese día solo puede equipararse a la que siente alguien a quien se le informa que tiene una nueva oportunidad de vivir. La abrazó hasta que sintió crujir los débiles huesitos de la niña y después le dio sus coscorrones también, porque la había puesto al borde de un ataque.

Desde ese día, supo que mucho tiempo más no aguantaría en esa casa, que por el momento solo la retenían sus hijos, pero que no podría soportar toda una vida junto a ese hombre que jamás la priorizó, que nunca hizo nada por su bienestar y que solo la hizo experimentar pobreza y ganas de morirse.

***

La muerte la visitó una vez o eso cree ella. Fue en un sueño. Estaba caminando por los campos irlandeses que siempre se imaginó, pero para los que nunca encontró un nombre. Llegaba a un puente y, al otro lado estaba su madre, tal como siempre se la imaginó, tal como estaba en la foto que conservaba también en su cuaderno Mistral amarillo, la única que tenía de ella. La mujer no le hablaba y, si lo hubiera hecho, no la habría escuchado porque estaban a varios metros de distancia. Solo le tendía la mano, la instaba a ir con ella, a encontrarse. Pensó la posibilidad de atravesar el puente y tomar la mano de su madre, pero terminó despertando.

Tiempo después consultó ese hecho con una gitana a la que siempre le preguntaba cosas. Ella le dijo que su madre la había venido a buscar, que estaba preocupada por ella. La gitana también aprovechó de decirle que no se quedara más tiempo en esa casa con ese hombre, que algo malo pasaría, que ella no podía cargar con el peso de unir a una familia que estaba destinada a la soledad.

***

A ella le habría gustado estudiar más, aprender otros idiomas, viajar, ver más películas, leer más libros, enamorarse de verdad. Mucho tiempo después –y hasta el día de hoy– ronda el rumor de que tuvo un amante, que fue el amor de su vida. De la verdad detrás de esa afirmación no se supo nunca nada, su marido tampoco insistió demasiado con el tema, porque no tenía cara. No podría igualar un amante frente a las decenas que tuvo él, hasta el punto de no recordar siquiera sus nombres.

Por eso, cada vez que ella veía a su nieta con un libro en la mano, decía: «lea no más mijita, lectura es cultura». Tenía una especie de admiración con la gente que sostenía libros, como si estuvieran vedados para ella, como si fuera algo que anhelara más que cualquier otra cosa, como si algo dentro de ella le impidiera tomarlos.

***

Él no la culpaba por irse, a veces sí. Como buen hombre, la recriminaba y era más de la idea de que el amor era soportar, más bien, no estaba seguro de si alguna vez amó realmente, para él lo que aplicaba era la costumbre, que, a su juicio era más fuerte que cualquier enamoramiento. Una mujer que supiera cocinar, lavar, que tuviera carácter dócil y una conversación interesante, le bastaba y le sobraba. Lo malo era que incluso una persona de esas características habría terminado muy cerca de la muerte a su lado. La salida de ella era algo inevitable y muy en el fondo él lo sabía. Muy en el fondo lo sabía, pero lo lamentaba.

Lamentaba no haber sido un mejor padre, un mejor abuelo, un mejor marido. No solo lo lamentaba, le enfurecía, porque tuvo todo para serlo, la vida lo premió muchas veces, pero no supo aprovecharlo. Tuvo herencias, terrenos, casas con amplias galerías de las que su hija nunca se olvidaría, felicidad y esperanza. Todo eso se fue por culpa del alcohol, las malas juntas, los encuentros amorosos incompletos, las rabias contenidas; las malas decisiones. Nunca lo dijo a viva voz, porque sería como decir lo obvio, pero se arrepentía, se arrepentía de no haber pensado en su versión futura, de haberse amparado en una idea falsa de que tal vez mañana moriría. En efecto, podría ser así, pero ¿qué pasaba si no?, ¿qué pasaba si mañana y pasado y pasado mañana seguía vivo? Aferrarse a esa idea era un acto cobarde, era desentenderse de su vida y de sus obligaciones para consigo mismo; lo entendió tarde y quizá todavía no lo entiende del todo.

Hace un tiempo era feliz criando animales, pero ahora sentía que había perdido «la mano» para cuidarlos. Desde que su mujer se había ido –todo tenía su origen en ese acontecimiento– los animales se le morían, las gallinas dejaban de comer, los perros salían a la calle, los cerdos se enfermaban y los gatos se le arrancaban. Cuando estaba su mujer, todo era mejor, los animales duraban fácilmente una década y, los que no, se iban a la venta o al plato. Ahora en cambio, no resistían el ambiente de la casa, aunque eso podía explicarse porque su mujer sí los cuidaba, les daba comida y regaba sus plantas que estaban siempre verdes y sus rosas siempre rojas. Él no tenía esa constancia, pero era más fácil verle el lado místico, echarle la culpa a alguien más, creer que la esencia de ese alguien dotaba de vida un lugar.

A parte de los remordimientos, a veces pensaba también en pedir disculpas, pero se preguntaba si esas disculpas serían para pedírselas a sus hijos o para que sus hijos lo «dis-culparan», o sea, le quitaran la culpa, que es algo más egoísta, si se quiere, pero que le ayudaría para sentirse menos mal. Pensaba que no solo no podía hacerlo, sino que era físicamente incapaz, a esa edad, las palabras ya no se le acomodaban en la boca, los pensamientos no estaban tan ordenados, si quisiera pedirles perdón, se trabaría, perdería el hilo de la conversación e irremediablemente terminaría excusándose. A veces le pedía a Dios que le ayudara a decir lo que tenía que decir y callar cuando fuera el momento. Lo pedía mirando el retrato de Jesús que su madre le regaló y que estaba donde llegaba siempre la luz del sol.

A veces también pensaba en lo inestable que había sido su relación con Dios. A veces se sentía un «super-hombre», sin haber oído hablar de Nietzsche. ¿En qué criterios se basaba para hablar de ello? En que tenía éxito con las mujeres y nadie podría negarlo. Quizá era su buen humor, su picardía o el porte que ni aún la edad ha logrado contrarrestar. Lo cierto era que nunca había estado completamente solo, incluso estando casado.

Por ese motivo, en ocasiones, se preguntaba si no era digno de ser escuchado por Dios, si ese era el origen de muchas de sus desgracias en la vida, o si estas simplemente se debían a que había tomado malas decisiones. La vejez ablanda el ego, sí, pero siempre quedan rastros de la arrogancia juvenil y es ella la que le impide reconocer la responsabilidad por sus actos. Por ende, la mayoría de las veces en las que se preguntaba por los motivos de su letárgico final llegaba a la conclusión de que, probablemente, la vida le dio dotes que enfadaron al destino y que ahí residía el meollo de su mala suerte.

Pero otras veces también tenía un poco de sentido común y se arrepentía, claro está, de haber obrado mal. Era ahí cuando se acordaba y agradecía sin encontrar palabras para ello, el pensamiento de que había un alguien superior a él. Una divinidad, un creador, un Señor como lo aprendió él. Gracias a ese pensamiento, se quedaba horas mirando el retrato de Jesucristo que su madre le regaló y que nunca más pensaría en cambiar de lugar. Le parecía increíble que, sin importar el lugar donde estuviera, siempre parecía iluminado por un rayo directo del sol.

Miraba el rostro de Jesús y pensaba en la sencillez de su persona, en que no estaba seguro de si alguna vez perseguiría una vida así; en lo mucho que lo admiraba, pero en que nunca podría renunciar a la ambición interna que se llevó todo lo que amaba. Y entonces encontraba la respuesta al porqué de sus desgracias.

***

Le preguntó al viejo cerezo de su patio si algún día sería capaz de pronunciar las palabras que tenía que decir. El viejo cerezo lo miró extrañado y le dijo que no entendía a los humanos, que es rara su manera de mostrarse arrepentidos y, al mismo tiempo, no hacer nada. El cerezo pensó, además, que los humanos creen que tienen todo el tiempo del mundo, pero que su paso por la vida es corto y que, en su lugar, actuaría más rápido. Entendió el punto del cerezo, pero él no era cerezo, era humano, y como tal, no podía hacer más que esperar, sentir y llorar.

Después de todo, ese árbol era casi parte de la familia. Junto a sus raíces se habían enterrado a varios perros que encontraron la muerte bajo las ruedas de algún auto, incluidos los que traía su nieta desde la ciudad, quien no se resistía a encontrar perritos abandonados, pero que no tenía espacio para cuidarlos en su casa. Ese cerezo había presenciado, además, cuando uno de sus siete hermanos enterró los zapatos y el velo de novia de su mujer en la tierra, siguiendo algún ritual desconocido y preso del más febril de los amores.

Se preguntó por qué a él nunca no lo abrasó un amor así. Se acordó de otro de sus siete hermanos, el mejor de todos ellos, el más centrado, correcto, riguroso, disciplinado y todos los adjetivos que hagan pensar en orden y bondad. Era un hombre con tacto, jamás permitía que los niños vieran el degollamiento de alguna oveja. Cuando veía a alguno acercarse mientras se llevaban a cabo las masacres, decía: «venga para acá mijito, que esto no es para usted», lo tomaba de la mano, lo tranquilizaba y lo llevaba a jugar a otro lado, aunque nunca los pudo alejar de los desgarradores gritos de los animales.

***

Muchos pensaban que, si ese hermano hubiera vivido, las cosas habrían sido diferentes, pero como toda alma vieja, murió antes de tiempo, completó su ciclo, que desde siempre fue prematuro. Se enamoró de una mujer que trabajaba en una cantina, apenas la vio el primer día, Cupido acudió a su encuentro. Pero ese no era lugar para la historia de amor que este hermano merecía, estaba repleto de olores pestilentes, de hombres de rostros sonrosados por el vino y de quienes veían a las mujeres como una propiedad.

Eso pasó con la muchacha de quien se enamoró. Él no era el primero que se fijaba en ella, ya otro borracho había posado sus descarnados ojos en ella y no estaba dispuesto a perderla. Un día tuvieron la oportunidad de tener un poco de privacidad, ya habían estado enviándose cartas firmadas con cursilerías como «tuya» o con «quien sueña con tu amor». Ella, en una de esas cartas, cayendo en el que consideraba un acto de osadía, lo invitó a mediodía a la cocina de su casa, para cruzar más palabras de las que permitía el acto de pedir una copa.

El borracho enamorado, por puro conventilleo, se enteró de ese encuentro y el mismo día partió armado. Los encontró charlando risueños, mirándose enamorados. Hirvió de rabia, tomó su arma y apuntó al que sería el mejor de los hermanos. La muchacha se interpuso inmediatamente entre ellos, pues conocía los sentimientos del ebrio; ya era tarde, uno de los disparos ya había impactado en el brazo de su enamorado.

Ese primer impacto no solo atravesó la carne del amor de su vida, también fue la primera fractura de su historia y no sería la única. En ese momento, sin embargo, no pensó en eso y rápidamente lo llevó hasta su habitación que estaba al lado de la cocina. El borracho lo persiguió y profirió dos disparos más, esta vez en zonas letales y en la propia habitación de la enamorada, para el horror de esta pobre mujer.

Si su hermano hubiera vivido, habría formado una familia donde todos serían felices, su casa sería probablemente el centro de todas las juntas. Esas juntas se harían y no estarían todos desparramados viendo por su propio pellejo, se juntarían en las navidades, en los años nuevos, se abrazarían y comerían juntos. Nadie nunca supo que la madre de estos siete hermanos había depositado todas sus esperanzas en ese hijo, que la vida se lo había quitado y que nunca pudo recuperarse de eso.

Del asesino poco más se supo. Fue a la cárcel, habrá estado no más de quince años y luego lo liberaron. Le gustaba frecuentar las medialunas y ver el rodeo. Como es de suponer, todo el pueblo le quitó la palabra a él y, paradójicamente, también a la mujer. El hombre tuvo que irse, pero seguía asistiendo a los rodeos, donde nadie toleraba su presencia. Pero su cara nunca pasó desapercibida, estaba marcada de cicatrices, no las que dejan las heridas, sino las que deja la culpa.

***

Entre los hermanos que quedaron, hubo uno que viviría bien, pero incompleto, dicen que ahora está sentado junto a un cerezo y que, a veces, le habla, que usa un chaleco verde oscuro y que piensa demasiado. Uno de esos pensamientos lo hace llorar: quizá él debió irse. Él, que no supo amar, que falló como esposo y medianamente como padre. Pero, al final, los que se van no eligen y los que se quedan tampoco. Solo llega un momento donde no se sabe qué hacer con tanto tiempo.

Entonces mejor se sienta en su silla blanca y trata de mantener esos pensamientos a raya. Mira el cerezo y espera eternamente a que sea septiembre para que las hojas se pongan blancas y el suelo parezca como recién nevado.

Ese día cayó en la cuenta de que le faltaba escribir su libro. Se puso a pensar en cómo partiría; le pareció que lo primero que haría sería describir su casa y hablar de su tarrito para tomar café o agua con harina en verano. No podría escribir de otra cosa que no fuera la pérdida.

 

Fernanda Rodríguez es una estudiante de Pedagogía en Lengua de la Universidad Católica del Maule (Chile). Ha tenido una formación que integra literatura, lingüística y didáctica. En 2023, asistió al Congreso Internacional de Lectura 2023 Para leer el XXI 11na edición, organizado por IBBY en La Habana, Cuba. Ha participado en congresos de lingüística en Concepción: II Congreso de la Asociación de Jóvenes Lingüistas de Chile (2024) y Santiago: 27 International Conference on Historical Linguistics (2025). Actualmente, se encuentra realizando una pasantía en Dijon, Francia, en calidad de lectora de español, experiencia que le ha permitido explorar nuevas formas de encuentro entre culturas diferentes. Su formación como escritora literaria es aún emergente; sus argumentos rondan la profundidad psicológica y conexión humana con la naturaleza. Le interesan especialmente temas como la muerte, la vejez y el espacio de lo no dicho. Concibe la escritura como gesto de observación y construcción de imágenes.

Una respuesta a “Narrativa. Fernanda Rodríguez Monsalve”

  1. Muy buen cuento, retrata a la perfección la cultura latinoamericana y especialmente la chilena, gran escritor y guapa además✨

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