Reseña. Impronta: Luz Lenta de Ilma Rakusa. Por Sebastián Novajas

 

El «Impressum» del viaje

 

Considerando que este libro es la primera traducción al castellano que se hace de una obra de la autora, no deja de ser hito, como también las formas de abordarlo, es importante recalcar esto. Entonces, ¿dónde se pueden buscar referencias?, ¿a quién se puede parecer?, ¿su sabor a qué otra obra de autores de estas latitudes es similar? Bueno, la misma contratapa da unos lineamientos; lírica centroeuropea, y acercándolo al universo de poetas como Idea Vilariño, Blanca Varela o Elvira Hernández. Puede ser eso y mucho más.  El libro está dividido en siete partes de un vieja. Y todas son manifestaciones de un viaje: «Melancolías», «Lugares», «Tiempos», «Cosas», «Imágenes», «Homenajes» y «Sueños. Anhelos».

Quien lea el libro se dará cuenta que la luz cruza, cada parte del libro, tal cual un hilo en un tejido. Como también lo cruza el viaje en sus variadas formas. Además, si dejamos de lado que toda literatura es un viaje (o aventura), esta obra se podría leer como un poemario y ya, y eso sería más que suficiente, pero también se puede leer como una diario o bitácora de viaje tanto físico como emocional.

Leer este poemario es irse a algún lugar, y la vez sentir esa fugacidad que carga la luz cuando se hace destello. Un destello cosmopolita. Y como en toda poesía que trata del viaje, también se acentúa la memoria como en el siguiente poema. «Crepúsculo de diciembre»: «La tarde lavada brilla/ a través de la última hoja de arce./ Ya es tarde./ Ni ruido, ni cantilena./ En la casa, canta la calefacción./ Pronto llega el gris,/ cae frío en el asfalto (p.14).

La reflexión que busca preservar algo, aunque sea pequeño y que va de la mano del desplazamiento. Ese moverse por esos espacios de la vida de lo que evoca lo nostálgico, eso que deja impronta. Y que se cristaliza en imágenes persistentes, como en «Chernivtsí, kadish»: «Hacia abajo al río Prut/ a los arraclanes/ los jardines silvestres/ cabañas, a las bastas del/ tiempo donde la acera se rompe/ y donde nos resucita lo que/ fue. Permanecen ahí/ mudos: el seminario el/ asilo el hospital/ sin Moideles Shmuels/ Itziks. Da igual lo que hablamos,/ ya no están aquí,/ para siempre. El/ cielo que nos lo perdone y/ a si mismo su insolente/ destello azul» (p.35).

Viajes que van desde Europa central, Praga sobre todo, cruzando por Persia hasta el lejano oriente (Kioto). La mirada de lo extranjero en un sentido más íntimo. Ese deambular constante propio del origen de la autora. No hay grandilocuencia, es una poesía de los detalles, de lo mínimo y profundo.

Algo sumamente importante, es que, si bien trata de un libro que puede llamar a la movilización, invoca la lentitud, y fuera de bromas, puede ayudar a bajar la velocidad de uno mismo. Aunque por ser un poemario se tiene la idea o sensación que debe leerse rápido. Condensación, independiente de la extensión de los poemas solo refuerza esta poesía del movimiento lento en solitario y que va de la mano de la aparición de la luz dando una sensación efímera como en el siguiente poema «Domingo, diecisiete treinta»: «La luz cambió/ las belladonas brillas bajo el sol/ hace calor/ aún no sé si viene alguien/ o si no viene/ están listos los cucharones/ unánimes pero las raciones/ de arroz y carne quedan sin comer/ estoy sola/ devoro la tarde el programa de la tele/ una banana en el medio de la noche/ con la luna arriba/ así será/ el hambre quiere compañía/ no se llena con/ un no para dos (p.84).

Como se ha dicho ya, que los movimientos pueden ser mínimos, pareciendo estático, aunque estos poemas no tienen nada de esto, rozando el silencio, con ese constante tono lacónico que hace que las imágenes del viaje se vayan fosilizando en la cabeza para convertirlo en un recuerdo más. No por nada, también se expresa esa añoranza, y con un halo de estar poseída por algo a la hora de leer poemas como este. En un fragmento de «El cuenco marroquí»: «Lo sostienes en la mano,/ llena la palma de tu mano./ Cuenco de arcilla vidriado, blanquecino/ con símbolos turquesas que/ giran despreocupados alrededor/ del borde./ Como que revoloteando./ Se detienen a la luz del amanecer…» (p.97).

En el caso de la autora, ser traductora la induce constantemente en un viaje por el mismo lenguaje y a una constante construcción o evolución de una voz (la obviedad de que siempre hay algo nuevo que aprender), pero en el caso de ella va de la mano con una intensidad, dándole a este una serie de capas de sentido, entiéndase todas esas interpretaciones que otorgan al ir de un lado a otro tomado un avión o quedándose quieta frente a su escritorio. Y como bien indica el título esa luz lo va cruzando y dejando su huella. La poesía siempre deja su impronta si uno lo piensa bien.

 

Título: Impronta: Luz lenta

Autor/a: Ilma Rakusa

Editorial: Alquimia Ediciones

Año: 2026

 

Ilma Rakusa nació en Rimavská Sobota, Eslovaquia, 1946. Es actualmente una de las más destacadas escritoras y traductoras suizas. Tras una infancia entre Budapest, Liubliana y Trieste, en 1951 su familia se estableció en Suiza. Después de obtener el título de bachillerato, estudió lenguas y literaturas eslavas y románicas en Zúrich, París y Leningrado entre 1965 y 1971. Rakusa ha traducido al alemán a autores como Marguerite Duras, Imre Kertész, Marina Tsvetaeva y Danilo Kiš. Su vasta obra literaria, que incluye poesía, cuento y ensayo, ha recibido el Premio Petrarca de Traducción (1991), el Premio Adelbert von Chamisso (2003), el Premio Vilenica (2005), el Premio Suizo del Libro (2009) por Mehr Meer (Más del mar) y el Premio Manès Sperber (2015), entre otros.

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