Crónica. Presentar un libro o el arte de seducir a la concurrencia. Por Rodrigo Beraud

El 17 de enero de 2009, un incipiente encuentro de libreros y editoriales que pocos años después se transformaría en la Feria del Libro de Vitacura, anunció como actividad principal la presentación del libro ‹‹Mi vida como prisionero›› del ex integrante del trío de San Miguel, Claudio Narea. El presentador de aquel texto biográfico fue Ignacio Franzani, entrevistador en ascenso gracias a su trabajo en un canal de tv cable, quien se refirió escuetamente a la obra. Luego tomó la palabra el autor cuyo rostro lo decía todo. Sin pelos en la lengua señaló: “esperaba más de ti Ignacio. Al parecer sólo le pones entusiasmo cuando estás frente a una cámara. El público quedó sorprendido ante la franqueza del músico. El aludido, en tanto, miró hacia el horizonte y mutis por el foro.  

Como éstos, existen innumerables casos de famosos o no tanto cuyas participaciones en lanzamientos tienen gusto a nada o son francamente decepcionantes. Razones hay muchas: intervenciones por obligación, solo por el afán de figurar, por el dinero (si es que hay presupuesto para este ítem) o simplemente porque la narrativa no es lo suyo y sonincapaces de entender la esencia de un libro. Y eso el público lo percibe, más aún el autor (a), quien se guarda el comentario por respeto o para no sonar malagradecido. Pero esa diplomacia no era esperable de un ex prisionero, cuyas palabras podían ser tan afiladas como el sonido de su guitarra.

Tras unas cuantas décadas dedicado a la literatura, puedo señalar que presentar una obra es mucho más que la suma de frases grandilocuentes, un par de anécdotas sobre el autor y la invitación a comprar el libro. Se trata más bien de un arte, que se sustenta en una experiencia lectora robusta que lleva a situar la obra en un contexto biográfico del autor y sus motivaciones para escribir; en un análisis literario, social y cultural; y lo más importante, en la lectura previa del texto (un mínimo de respeto por el trabajo del autor o autora y por los asistentes al evento).

Dejando de lado las presentaciones de libros de autores superventas, cuyas editoriales no escatiman recursos en marketing y difusión, el resto de los escritores (la mayoría) debe apelar al ingenio y la creatividad para hacer rendir el escaso presupuesto y motivar al esquivo público a asistir a la presentación y comprar la obra. Se trata de un esfuerzo supremo cuyo eje central debería ser convencer a un presentador de fuste, ojalá un académico respetable o un autor (a) laureado que convoque con su sola presencia a personas con cierto bagaje cultural y cuyo discurso seduzca a la concurrencia.

Se equivoca quien cree que la sola presencia de un actor, un periodista de farándula o un político sea más que suficiente para referirse a un libro, salvo que su presencia en el panel constituya la parte anecdótica del lanzamiento o se trate de una obra superflua sobre un tema de actualidad. Su participación en un panel más serio debe ser como el café o el bajativo después de una opípara comida cuyos platos fuertes tienen que estar a cargo de un presentador consumado, capaz de aquilatar con justicia la obra que tiene al frente y conectar emocionalmente con el escritor. Este último vive un momento de gran intensidad, porque ver materializado su libro y entregarlo al veredicto de los lectores es una instancia para la cual se ha trabajado duro durante al menos, un par de años.    

Y aquí quiero entrar al área chica. He participado en muchos lanzamientos de libros (como presentador y en calidad de público) y me he encontrado con un sinfín de situaciones que podrían dar material para un extenso reportaje. En una oportunidad una chica que publicó su primer libro llamó a su hija de cinco años y a su marido dándoles el pase para que comentaran lo que les diera la gana. En otra, una autora novel exigió que hubiese un vendedor de la editorial ofreciendo el libro a quienes pasaban por fuera de la librería donde se desarrollaba la actividad. El director del sello se negó, generando una discusión que dio vergüenza ajena.

También recuerdo a un periodista que convocó a un colega para que le hiciera una entrevista durante el lanzamiento, dialogó que duró cerca de una hora. No se dio por aludido por lo inusual de esta práctica o por lo acotado del tiempo, ni menos al ver los bostezos y cabeceos del respetable. En otra ocasión, minutos antes de comenzar la presentación, una autora pidió que levantaran la mano aquellos que comprarían su libro. La respuesta la dejó decepcionada e influyó notablemente en su humor mientras un pariente, con escaso conocimiento literario, hablaba de anécdotas familiares que nada tenían que ver con el contenido del libro.

También nos encontramos con casos de presentadores que asumen un rol protagónico en esta instancia. Toman el micrófono y no lo sueltan, lo que resulta altamente desagradable. En esto hay que tener claro que se trata de los “quince minutos” del autor en cuestión y de nadie más. Es su lanzamiento y el presentador se transforma sólo en un complemento para difundir el texto. Luego de su intervención debe pasar a segundo plano en beneficio del autor.  

En definitiva, el arte de presentar un libro de narrativa requiere de planificación (el aspecto logístico es tema aparte: lugar, capacidad del recinto, iluminación, sonido, vino de honor o cocktail, estacionamientos, difusión, etc.) y elegir muy bien a un presentador o presentadora que respire, exhale y sude literatura y que cuente con la suficiente sensibilidad para leer aquel que dio vida al libro en su faceta humana, laboral, y lo más importante, en su vínculo con las letras.  

Rodrigo Beraud Guzmán es periodista (UGM), Magister en Comunicación Estratégica y Responsabilidad Social (UNAB) y escritor. Se desempeñó en El Mercurio, Emol, revista Caras, departamentos de comunicaciones de entidades públicas y ha sido editor de revistas institucionales. En el ámbito literario ha publicado siete libros, desde el año 2001 a la fecha.

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