Narrativa. Matías Villa Prieto

 

Don Iván Márquez

 

Sobre los vastos campos del valle central, el sol vuelve a salir por detrás de los cerros, el viento empieza a mecer la cebada y dentro del patio de doña Mercedes González, don Iván Márquez termina de aserruchar un tronco. No cabe duda de que el pelo de don Iván estuvo, hasta antes de comenzar esta narración, estilizado a la derecha, el bigote peinado y su ropa; una camisa de franela y unos jeans americanos, limpios y ordenados. Muy distinto a como se ve todo ahora, tan lleno de aserrín. El hombre quiebra la mecanización de sus movimientos para secarse el sudor de la frente y tose.

“Don Iván”, grita doña Mercedes haciendo que el hombre mire para atrás. “¿Cómo va la cosa?”.

“Ya casi estoy”, grita él mientras aserrucha dos veces más haciendo que el tronco, una vez grueso ejemplar de árbol, se parta por la mitad.

“Macanudo. Venga que le pago”.

El hombre, agradecido, estira sus brazos para recibir en sus manos la caja con abarrotes, pero cuando la doña se las ve, se le abren los ojos hasta su máxima capacidad.

“Don Iván, por Dios, mire usted como sangra”, grita la doña.

“Chuta”, responde él.

“¿Chuta? Pero… a ver… un, dos, tres, cuatro. Don Iván, por Dios, se aserruchó un dedo de la mano zurda, usted”.

El hombre se acerca a la que había sido su área de trabajo, sopla el aserrín y debajo encuentra el dígito extraviado.

“Doña Mercedes, disculpe que la moleste, ¿pero no me cambiaría, usted, la chancaca por un paño de cocina y un frasco vacío de mermelada?”.

“¿Pero, don Iván, acaso no se da cuenta? Perdió un dedo. Tenemos que llevarlo inmediatamente a médico”.

“¿A médico? ¿Pero cómo podría yo hacer eso, doña Mercedes?”, responde él. “¿No ve que tengo que ir a lo de las papas al fundo de don Federico?”.

 

En el fundo de don Federico, Iván deja su bolso junto a los otros y le pregunta al capataz, don Fernando Gómez, en qué fila le toca a él. Antes de empezar a recolectar, levanta su cabeza y trata de mirar al sol que se haya en su cenit, pero el intento lo hace pestañear sin control. Si uno mirara directo a la estrella le pasaría lo mismo que a don Iván, pero si uno mirara derecho a los ojos del hombre, aprendería tanto de la vida que no le quedaría más alternativa que cerrarlos para siempre.

“Iván”, grita más fuerte el capataz tratando de encontrar su sombra y le apunta once sacos de papas. “Doce por persona”, le recuerda. “Doce por persona no más”.

El temporero toma las últimas dos papas para llenar el saco, pero al levantarse no se logra enderezar del todo.

“¿Qué le pasa, compadre?”, pregunta don Fernando, mirando la calva del trabajador.

“No sé”, responde don Iván, mirando un chancho de tierra hacerse pelota. “Parece que es mi espalda”.

“Debería ir a vérsela”.

“¿Y cómo voy a hacer eso?” pregunta el hombre, “¿si la tengo atrás?”.

Don Fernando le entrega doce billetes verdes y le pide si es que puede ir a hacerle un último favor al patrón.

 

“Guau, no es necesario que me haga una reverencia como esa, Iván”, bromea el patrón, don Federico Arrizabalaga. “Seré dueño yo de todo esto, pero rey no me han nombrado aún”.

El peón se ríe como siempre se ríe cada vez que el patrón exclama de esa manera y pregunta: “¿Para qué dijo me necesitaba patrón?”.

“Iván Márquez, el tractor me ha estado fallando. Creo que es la batería, pero qué voy a saber yo. ¿Podría revisarlo, usted?”.

El hombre abre el capote del vehículo y el olor a diésel lo hacen perderse en sus pensamientos más cabro chicos. Revisa el motor, los sistemas de refrigeración, las correas y las baterías. Efectivamente, una de ellas no responde. Iván acerca otro vehículo, pesca los cables para hacer contacto y pone sus manos en el borne rojo.

Cuando don Federico abre la puerta tiene que dar un salto hacia atrás al ver a su trabajador con la cara negra de hollín y los pelos parados.

“¿Don Iván, qué le…?”.

“Don Federico, sí era un problema de corriente, pero el tractor ya está andando ya. Espero que no se moleste, pero aproveché de pegarle una lavadita”.

Don Federico le paga un par de monedas extra y le dice que se vaya para su casa a descansar.

 

Iván Márquez se sienta en el berger escarlata que tiene en el living-comedor, recoge el reposapiés y, con el control remoto, prende la tele. En cada uno de los canales están terminando las noticias.

“Iván Márquez”, grita alguien desde la cocina.

“¿Qué, Adela?”, responde el hombre mientras juega con el material que sobresale de una raja que tiene el cuero del apoyabrazos.

“¿Quieres uno o dos bistecs con el arroz?”.

“Dos”.

Iván y Adela se sientan en la mesa a comer y no hablan de nada. Cuando terminan se van a la cama y Adela saca un ungüento de su velador. El primer chorro de aceite que la mujer le pone al hombre sobre la espalda lo hacen tiritar.

“¿Quieres algo más?”, pregunta Adela.

“No”, responde Iván. “Mañana tengo que ir a primera hora a la casa del cejas de choapino que me pidió ayuda con los animales”.

Y abrazados, se duermen.

 

Matías Villa Prieto (1991) es escritor chileno. Ha publicado cuentos en diversas revistas literarias y su relato El traquetear de los 120 huesos de Ruperto Pedro obtuvo el primer lugar en la categoría cuento del I Concurso Literario de la revista argentina, Sismo Trapisonda. Es autor del libro de relatos La biblia de los dos pequeños traviesos (Editorial Forja, 2026).

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