Artículo. Educar como práctica política: feminismo, escuela y comunidad. Por Catalina Villalobos Díaz

En América Latina y en Chile, la docencia se ejerce en un escenario marcado por desigualdades estructurales, herencias coloniales y políticas educativas neoliberales que atraviesan la vida cotidiana de las escuelas. Pensar la docencia como una práctica feminista interseccional implica asumir que enseñar no es un acto neutral ni meramente técnico, sino una forma concreta de intervención en lo social que produce subjetividades, distribuye la palabra y define qué vidas y saberes importan.

La feminización del trabajo docente es un dato elocuente: en Chile, más del 70 % del profesorado escolar son mujeres, especialmente en educación inicial y básica. Sin embargo, esta mayoría numérica no se traduce en mayor reconocimiento ni en poder de decisión, sino en precarización, sobrecarga administrativa y una naturalización del trabajo emocional como parte de una supuesta vocación femenina. Desde una perspectiva feminista, este fenómeno no es anecdótico: se reproduce en la formación docente, en las culturas escolares y en las interacciones cotidianas del aula.

Las pedagogías feministas interseccionales no se definen únicamente por la inclusión de contenidos sobre género, sino por la manera en que se produce el conocimiento en los espacios educativos. Son transformadoras cuando reconocen que todo saber es situado, cuando cuestionan el currículum oficial y sus silencios coloniales, patriarcales y clasistas, y cuando legitiman las experiencias de niñas, disidencias sexuales, estudiantes migrantes, indígenas y de sectores populares como fuentes válidas de conocimiento. En contextos escolares latinoamericanos, estas pedagogías dialogan necesariamente con la violencia estructural, la desigualdad territorial y la fragmentación social que el sistema educativo suele administrar más que transformar.

Una perspectiva feminista interseccional también cuestiona la idea de que la educación institucional sea el único camino legítimo de formación y movilidad social. Durante años, especialmente en Chile, la promesa de la universidad como horizonte garantizado de progreso mostró sus límites. La educación es fundamental, pero no se agota en la escuela ni en la universidad: la educación popular, comunitaria y territorial ha sido históricamente un espacio de producción de saberes críticos, de organización colectiva y de pedagogías profundamente políticas, muchas veces sostenidas por mujeres y disidencias fuera del reconocimiento institucional. Desde el feminismo, estas experiencias no constituyen alternativas menores, sino otros modos de enseñar y aprender, capaces de abrir posibilidades allí donde el sistema formal se vuelve excluyente.

En la sala de clases —y también en los espacios comunitarios— la docencia feminista se juega en interacciones aparentemente menores, pero profundamente significativas: quién habla y quién es interrumpido, qué experiencias se consideran válidas, qué cuerpos son disciplinados y cuáles son escuchados. Enseñar desde el feminismo no busca eliminar el conflicto, sino habilitarlo como espacio pedagógico, construyendo comunidades de aprendizaje críticas donde el afecto no reemplaza la exigencia intelectual, sino que la sostiene.

La formación docente aparece aquí como un nudo crítico. En Chile, la incorporación de la perspectiva de género en la formación inicial y continua suele ser fragmentaria, normativa o despolitizada, sin un trabajo sistemático sobre poder, interseccionalidad y práctica pedagógica situada. Una formación docente feminista requiere articular teoría crítica con experiencias escolares y comunitarias reales, promover la reflexividad sobre la propia biografía docente y preparar para enseñar en contextos de controversia, desigualdad y pluralidad de trayectorias educativas.

Aunque las condiciones institucionales dificultan la flexibilidad, una pedagogía feminista insiste en que la educación no puede reducirse a la estandarización ni al control. Enseñar es también crear: abrir espacios para la emoción, la imaginación, el deseo de aprender y la construcción colectiva del sentido. La creatividad pedagógica no es un lujo, sino una necesidad frente a sistemas educativos que tienden a deshumanizar. Desde esta perspectiva, la emoción no se opone al rigor; lo vuelve posible, porque aprender es siempre un proceso encarnado y relacional.

Desde mi experiencia de ser profesora y feminista en estos tiempos, enseñar implica sostener tensiones permanentes: entre el currículum y la urgencia social, entre la exigencia de resultados y el cuidado de las infancias, entre la esperanza pedagógica y el cansancio. No se trata de heroicidad ni de sacrificio, sino de una persistencia cotidiana que se expresa en decisiones concretas: no reproducir una injusticia más, habilitar una pregunta incómoda, reconocer a una estudiante, o a una comunidad, como sujeto de saber.

La docencia como práctica feminista interseccional, en escuelas y espacios educativos latinoamericanos, no promete soluciones rápidas ni neutralidad. Propone, en cambio, una ética y una política de la enseñanza que se niega a naturalizar la desigualdad y que concibe la educación —institucional, popular y comunitaria— como un espacio vivo de creación, emoción y disputa democrática. En ese gesto cotidiano, a veces mínimo e invisible, enseñar se vuelve una forma concreta de transformación social.

 

Catalina Villalobos Díaz es artista interdisciplinaria, educadora e ilustradora. Es licenciada en Educación, profesora de inglés, y magíster en Literatura Comparada, con estudios en literatura infantil y juvenil y especialización en infancias y derechos humanos. Se ha dedicado a la docencia y a la mediación lectora en espacios comunitarios, escuelas y universidades, así como al desarrollo de talleres y proyectos multiculturales orientados a la niñez y los derechos humanos. Ha vivido en Australia y Dinamarca, donde profundizó su formación académica y artística y colabora en revistas literarias. Además, realizó un voluntariado en una escuela rural en Nepal. Actualmente articula educación, feminismo, derechos humanos y creación desde una perspectiva situada y comunitaria.

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