Entrevista a Michael Rivera Marín (escritor). Por Jessie Chamorro-Salas

El pulso de lo macabro y el barro del territorio:

Una conversación con Michael Rivera Marín

 

El cruce entre la docencia, la investigación histórica y la narrativa de terror ha encontrado en Michael Rivera Marín a uno de sus exponentes más singulares. Profesor de aula y ferviente activista del patrimonio, Rivera ha construido un universo literario donde los mitos urbanos, el suspenso y las identidades locales no habitan en el vacío, sino en las coordenadas geográficas de comunidades con una profunda carga histórica. Desde el imaginario de Maipú hasta los socavones mineros de la Región del Bío Bío, sus obras desafían el prejuicio y acercan a las nuevas generaciones a la memoria de sus territorios a través de la fascinación por lo fantástico. En esta entrevista, el autor de Francisca Macabra desentraña su proceso de creación basado en mapas rigurosos, su defensa de la autogestión y su último trabajo, Lota Sobrenatural, una entrega de relatos que rescata la dignidad y el misterio de la cultura del carbón.

El origen del viaje a Lota: Rompiendo prejuicios a través del terror

Jessie Chamorro: Michael, tú eres maipucino y tu trayectoria está muy ligada a esta comuna. ¿Por qué Lota? ¿De dónde viene este interés por la cuenca del carbón y este subtítulo, Sobrenatural, que acompaña tu último libro?

Michael Rivera: Mira, la primera vez que fui a Lota a visitarla, por el 2017, me topé con que la gente de afuera tenía muchos prejuicios. Me decían: «Oye, ¿cómo vas a ir para allá? Es muy pobre». Y sí, es una de las comunas más vulnerables, pero te decían cosas caricaturescas sobre la violencia o la decadencia del lugar. Yo encontraba que había demasiado sesgo.

Curiosamente, en ese tiempo mis colegas profesores de Historia tenían que hacer una dinámica escolar en torno a una sala temática de la Región del Bío Bío y la industrialización del carbón. Como yo viajaba a la zona, me asignaron el tema. Fue muy ilustrativo porque me di cuenta de que con mis estudiantes solo podíamos leer Subterra. El libro les quedaba lejano a los chiquillos, no lograban asimilar los conceptos. Cuando viajo y recorro Lota, encuentro una cantidad de belleza y de monumentos nacionales que están al mismo nivel que los de Santiago. Me dije: «No, yo tengo que contar esto, tengo que mostrarlo». Y para mí, la mejor forma de hacerlo era a través de la literatura de terror, que es lo que me apasiona.

Tomo estos elementos patrimoniales y empiezo a construir historias en torno a lo macabro. Fui muy respetuoso; conversé con escritores de la zona, con Alejandro Concha, con la gente del Pabellón 83 y la Fundación Cepas, que están encargados del patrimonio. Todos me dieron datos. Esas puertas abiertas me permitieron publicar una primera novela: Lota 1939, que salió en 2021. Ya estamos en 2026 y esa historia ha dado muchas vueltas.

Luego, conversando nuevamente con la Fundación Cepas, me propusieron generar otra obra que continuara rescatando el patrimonio. Yo tenía una idea en boceto y, con el apoyo de investigadores locales y de don Mario Olivares, le dimos vida a Lota Sobrenatural, que reúne cuatro relatos que van desde duendes a zombis, pasando por un asesino en serie y elementos muy oscuros, pero siempre conectando con el entorno patrimonial. Si yo le digo a mis alumnos: «Chiquillos, vamos a leer sobre las minas de carbón», me miran con distancia. Pero si les digo: «Vamos a leer un libro de terror con duendes y suspenso», enganchan de inmediato. Por eso me quedo prendado de ese lugar; sueño con Lota de una manera muy apasionada.

La triple alianza: Pedagogía, investigación y literatura

Jessie Chamorro: Es muy interesante cómo se combinan tres áreas en tu trayectoria: tu rol como profesor buscando motivar a las nuevas generaciones, tu faceta de investigador patrimonial y el oficio literario. ¿Cómo confluyeron estos tres caminos?

Michael Rivera: Yo escribo desde la época escolar. En los años noventa le pasaba mis textos a mi profesora, Yolanda Pumarina, a quien siempre agradezco. Siempre me gustó contar historias. Luego, ya ejerciendo como profesor, seguí escribiendo cuentos y un par de novelas iniciales que están guardadas porque uno las lee con el tiempo y ve que no funcionan.

En las aulas me empecé a topar con vacíos didácticos o con la dificultad de enseñar ciertos recursos, como el narrador en segunda persona. Pensé: «Oye, yo puedo escribir algo para resolver esto». Fui mezclando las necesidades pedagógicas con la creación. Si no hubiese escrito antes Francisca Macabra (2018), que ocurre en Maipú, quizás no hubiese tomado ese giro histórico con Lota. Ese mismo año sacamos también Tres balas en la Pampa con otros amigos, donde investigué sobre el desierto y la zona de San Pedro de Atacama. Nunca está de más aprender. Cuando investigas, incorporas palabras y formas nuevas de narrar. Se disfruta mucho más el largo aliento de una novela cuando hay un sustrato real detrás. El desafío es que el lector no lo sienta como una clase, sino como una lectura didáctica, entretenida y vibrante.

Escritor de mapa y el ritmo musical de las palabras

Jessie Chamorro: Los procesos de investigación son extensos. En el ámbito de la creación, ¿te consideras un escritor de brújula o de mapa?

Michael Rivera: Yo soy absolutamente de mapa. No escribo una sola letra hasta que el universo de la obra está completo. Todo está pensado de antemano, incluso lo que finalmente no aparece. Para Lota 1939, por ejemplo, quería un capítulo que recorriera el Pabellón Inglés. Le pedí a Alejandro Concha que fuera a tomar fotos específicas del suelo de ese lugar; él cruzó Lota para enviármelas y, al final, el capítulo se caía por estructura y no lo incluí. Sirve para que veas que hay que construir un trasfondo invisible muy grande antes de redactar.

Trabajo con un programa llamado Scrivener que permite organizar de forma visual los narradores, personajes, lugares y fotografías. Es como la pared de corcho de un detective. Armo los capítulos, la idea central y calculo minuciosamente la cantidad de palabras que tendrá cada sección.

Jessie Chamorro: Recuerdo que en alguna ocasión mencionábamos que medías con exactitud si un capítulo requería 2.500 o 4.000 palabras. ¿Por qué esa rigurosidad matemática en la extensión?

Michael Rivera: Porque eso me permite otorgarle un ritmo preciso al libro. Cuando concibo una idea, siempre las vínculo con la música metal que escucho. Intento traspasar la velocidad y la intensidad de las canciones a la estructura de la prosa. Si busco que un capítulo sea vertiginoso, elijo un ritmo rápido y distribuyo las acciones: qué debe ocurrir en las primeras 500 palabras, qué pasa en las siguientes 1.000 y cómo se remata en el cierre. Es un ordenamiento mental que viene de mi defecto profesional como docente. Los profesores estamos obligados a planificar el inicio, el desarrollo y el cierre de cada jornada; aplicar esa estructura a la literatura me resulta natural.

La evolución literaria y el camino de la autogestión

Jessie Chamorro: ¿Qué diferencias identificas entre el proceso creativo de tus primeros libros y tus publicaciones actuales?

Michael Rivera: Mi primer libro fue Funeral en Rieles, que se ambientaba en el Camino a Melipilla con Tres Poniente, hace más de diez años. La gran diferencia radica en creerse el cuento. En 2012, uno se preguntaba: «¿A quién le va a gustar el terror local?». Con el tiempo te das cuenta de que existe un nicho fiel. En las obras posteriores profundicé en los escenarios históricos y con las entregas sobre Lota siento que consolidé la estructura. Escribo con mayor confianza porque el feedback de los lectores te va moldeando. Con Francisca Macabra me decían que los capítulos eran demasiado cortos y que querían más; tomé esa lección y por eso Lota 1939 se transformó en una novela de más de 300 páginas, con un desarrollo más tradicional.

Hay que perderle el miedo a publicar y a la crítica. Al principio da nervios que te digan que algo no gustó, pero de lo malo se extraen las mayores enseñanzas. En este oficio se golpean muchas puertas y no todo es color de rosa. Cuando decidí publicar sobre Lota, siendo yo un autor maipucino, me cuestioné legítimamente: «¿Por qué la comunidad local va a validar que yo escriba sobre su historia?». Por eso busqué el respaldo institucional de fundaciones profesionales como el Pabellón 83, que revisaron el texto y confirmaron que la obra respetaba y retrataba fielmente la dignidad de su gente.

Mientras escribía la novela, recibí ofertas de editoriales tradicionales que querían comprar los derechos. Sin embargo, sus contratos exigían eliminar los prólogos, las palabras iniciales y los agradecimientos porque no se ajustaban a sus formatos estandarizados.

Jessie Chamorro: Claro, en esos formatos comerciales se suele perder la esencia, la autenticidad y la firma personal del autor.

Michael Rivera: Exacto. Lo conversé con Alejandro Concha en su momento y él me hizo ver algo clave: «Si firmas con ellos, harás lo mismo que la historia oficial hizo con Lota: extraer el material que sirve e irte». Yo visito la zona constantemente, difundo su cultura, me involucro. Sentía una conexión profunda. Así que decidimos rechazar las ofertas, gestionar el financiamiento de forma independiente y publicar bajo nuestros propios términos.

El tiempo nos dio la razón. El libro tuvo una visibilidad enorme, apareció en televisión abierta y se difundió a nivel nacional. El proyecto demostró que valía la pena seguir esa corazonada de autogestión. Además, logramos que todo el equipo detrás de la obra fuera de Lota: Alejandro en la edición y diagramación, y Luis Naranjo Rojas en el diseño de las portadas. Había un compromiso comunitario real.

El termómetro escolar y la literatura viva

Jessie Chamorro: ¿Cómo ha sido la recepción de estas obras en el público juvenil, que suele ser el destinatario principal de tus relatos?

Michael Rivera: Ha sido excelente, en gran medida porque el libro coincide con los contenidos escolares sobre la Revolución Industrial. Existen pocos textos narrativos que acerquen este proceso histórico en Chile a los jóvenes. El formato ayuda mucho: incluye un glosario de términos mineros, un lenguaje cercano, mucha acción y suspenso.

Que los colegios incorporen tus libros en sus lecturas es el mejor termómetro. Los estudiantes son un público muy crítico, pero les entusiasma mucho saber que el autor no es una figura muerta en un manual. Visito los colegios, dicto charlas, les grabo videos respondiendo sus dudas sobre los trabajos. La rotación docente en Chile es alta, por lo que cuando a un profesor le gusta tu propuesta y se cambia de establecimiento, te lleva consigo a su nuevo colegio. Así el nicho crece de manera orgánica.

Hay un trabajo de difusión indispensable que viene después de que el libro sale de la imprenta. Tampoco soy partidario de publicar una novela al año de forma apresurada; hay que dejar que las obras respiren. Lota Sobrenatural se lanzó a finales del año pasado, lo vinculamos con hitos estacionales como Halloween, dejamos pasar las vacaciones de verano y en marzo retomamos con fuerza las presentaciones en bibliotecas y las itinerancias en regiones. Es muy gratificante que te inviten desde el norte o el sur siendo un autor local de Maipú; te permite actuar como una especie de embajador cultural y abrir caminos para otros escritores de la comuna.

De la Virgen del Carmen a la «Chinita»: Conectando el territorio

Jessie Chamorro: Esas itinerancias te han permitido conectar realidades geográficas muy distantes a través del imaginario religioso y popular de tus libros.

Michael Rivera: Absolutamente. En mis visitas a colegios y bibliotecas públicas de Tarapacá, por ejemplo, en Alto Hospicio, me ocurrió una anécdota muy enriquecedora. Yo iba a hablar de Francisca Macabra y mencionaba las leyendas asociadas al Templo Votivo de Maipú y a la Virgen del Carmen. Los estudiantes del norte me miraban extrañados, sin conectar con el referente. Una profesora local se acercó y me sopló al oído: «Dígales la Chinita». En cuanto cambié el concepto y hablé de la Chinita y la fiesta de La Tirana, los niños entendieron todo de inmediato.

Las ferias literarias son importantes, pero el verdadero valor está en ese contacto directo donde demuestras que eres un escritor humano, que se equivoca y que puede dialogar de igual a igual con ellos. Si un niño nota que en un capítulo le cambiaste el nombre a un personaje por error y te lo señala, es maravilloso, porque significa que estuvo atento a la lectura. El Ministerio de las Culturas ha propiciado varios de estos encuentros a través de talleres. Para mí es un deber ético cumplir con las comunidades que te abren las puertas; no me gusta el circuito del autor que va a un lugar, extrae la experiencia y desaparece.

La fascinación por lo macabro y el valor del autor

Jessie Chamorro: ¿Por qué te interesa particularmente lo macabro, lo sobrenatural y el suspenso como ejes de tu propuesta estética?

Michael Rivera: El terror es un género sumamente noble y plástico; te permite introducir drama, crítica social o romance, y sigue funcionando. Si pones a un personaje enamorado y vivo, es una historia romántica tradicional; si el personaje está muerto y putrefacto, se transforma en una exploración de terror psicológico o físico. Desde niño me nutrí con películas de terror en formato VHS y con las historias orales e impactantes que contaba mi madre. Incluso obtuve una beca para estudiar cine de terror en la UNAM de México, aunque por la pandemia del 2020 tuve que cursarla de manera virtual. Es un lenguaje que me resulta muy natural y que, además, posee un arrastre inmenso en la juventud actual; el cine contemporáneo se sostiene en gran parte gracias a este género.

Hay otro factor que es de la honestidad profesional. En la industria editorial chilena, los derechos de autor que se pagan son muy bajos —generalmente un 10% del precio de venta—. Pasar dos o tres años investigando y escribiendo sobre un tema que no te apasiona o que no te resuena internamente, solo por cumplir o por un encargo remunerado, es un sinsentido. En una ocasión me invitaron a escribir una novela financiada por una universidad sobre la historia industrial textil de Tomé. Fuimos al lugar, investigamos el entorno de las fábricas, pero nos dimos cuenta de que no nos hacía sentido íntimo. Preferimos rechazar las lucas y seguir escribiendo lo que verdaderamente nos llena el corazón. Escribir debe hacerte sentir pleno, no puede convertirse en una obligatoriedad burocrática.

La «filosofía metal» y la gestión cultural colectiva

Michael Rivera: A mí me pasa algo muy similar a lo que ocurre con la música metal de nicho. Bandas de death metalcomo Napalm Death, Cannibal Corpse o The Black Dahlia Murder jamás van a sonar en las radioemisoras comerciales, pero la gente llega igual a ellas. Tienen un público extremadamente fiel que llena recintos. Quizás la literatura autogestionada no va a llenar el Estadio Nacional, pero sí va a repletar el Teatro Cariola o el Caupolicán. La gente asiste con un sentido de pertenencia. Yo opto por esa vía de gestión: invierto recursos propios que luego recupero vendiendo mi obra directamente, porque nadie defenderá mejor un libro que el autor que puso su corazón en él.

Por otra parte, considero indispensable diversificar las veredas. Además de la ficción literaria, junto a Marcelo Contreras desarrollamos una labor de divulgación patrimonial histórica e identitaria en la comuna a través de proyectos como Maipú Patrimonial y crónicas en la prensa local. Es una forma de empoderar a los jóvenes de la periferia, que suelen mirar hacia comunas del sector oriente pensando que el pasto del vecino siempre es más verde. Hay que enseñarles el valor histórico de su propio barro.

Por esa misma urgencia de abrir espacios colaborativos frente a los constantes recortes presupuestarios en cultura, levantamos de forma independiente la antología digital gratuita Historias Maipucinas. Reunimos a 17 autores locales de narrativa, crónica y poesía bajo un registro formal de ISBN, y realizamos cápsulas audiovisuales en los mismos barrios donde se ambientan los relatos (como la Villa Pizarreño o Tres Poniente) para dar a conocer el rostro de los escritores de la comuna. La cultura no es una competencia; se trata de sumar granitos de arena. Mientras más personas hablen, escriban y rescaten la historia de sus territorios, el tejido cultural se vuelve más imborrable.

 

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