Narrativa .Jesús Alberto Amaya

 

«Department of Metapoetics & Literary Mechanics»

 

Se dice que el círculo Doctus Literatorium lo habían iniciado los macedonios para poder estudiar los textos griegos en secreto sin crear situaciones bélicas. Con el tiempo llegaron a la conclusión que dedicarse única y exclusivamente al estudio, y olvidarse del mundo, era lo mejor a lo que uno pudiera optar. Cuando llegaron a mediados del siglo v vieron desde el subsuelo la vulnerabilidad social de la época, por lo tanto, decidieron que ya no sólo bastaba con estudiar, la meta ahora era de escribir y difundir sus estudios. Desde entonces han escrito análisis literarios del subterráneo de cualquier cosa importante que llegara a crear el mundo allá arriba.

Ellos crían a sus propios intelectuales desde la cuna; han vivido en sus bibliotecas subterráneas sin salir al mundo, procreando a las siguientes generaciones de académicos y llenándoles el desarrollo con su credo Académica, Sabiduría y Nada Más. Y así estuvieron por siglos y siglos, siempre en secreto. Pero a principios del siglo XIX algo cambió, Doctus Literatorium tuvo la idea que revolucionaría el mundo —la dialéctica—. Hicieron contacto con el mundo y empezaron a financiar proyectos, escuelas, departamentos e investigaciones con dinero ahorrado desde siglos. Poco a poco empezaron a salir «representantes» para expandir la dialéctica desde abajo. En los años fin de siècle se pudo ver lo que habían diseñado para las letras; había ya una profesión para críticos, intelectuales y corrientes filosóficas que publicaban revistas, libros y cuadernos universitarios. Pero no sin haberlo aprobado primero con los de abajo.

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Hay una frase coloquial que a mi juicio capta a la perfección lo que pudo haber sido la crítica literaria: «Se las dejas botando». En la primera década del siglo XX un grupo de albañiles se juntaba para hablar de la actualidad, estaban hartos de las corrientes literarias y buscaban algo radical, algo que cambiaría la dirección del estudio para el nuevo siglo. Se habían enfocado en buscarle una rebuscada literaredad a la literatura, una incesante idolatría de la técnica para muchos. Llegaron a publicar con mucho esfuerzo, e intentos fallidos, dos tratados pequeños en secreto. Empezaron a darlos a conocidos y a los maestros de los hijos de albañiles. Fue algo francamente innovador para los tiempos que eran, dejaba atrás la metafísica que había dominado el siglo XIX. Poco a poco empezó a conocerse la idea hasta llegar a las manos de crítico literarios y profesores en la Universidad de San Alexánder, Skopje. Fue un tropiezo de inocente en el terreno dominado por la dialéctica. Si hasta las ciencias exactas sufrían la ferocidad de siempre estar poniéndose en duda, qué esperarían cuando se supo que querían robarle a Doctus Literatorium lo que compone a las letras. Si sólo se hubiesen enfocado en el mecanismo, el engranaje vital.

Dos años después apareció el teórico literario Rístom Vóikof, la pieza clave de un juego de ajedrez escondido en plena vista. Diseñó una situación trampa para el grupo de albañiles; su artículo de 1928 «La colonia ya no es de Kafka» fue una bomba devastadora para aquel proyecto tecnicista. Vóikof argumentó que la época de la primera posguerra había llegado a convertir a la literatura en algo inseparable de la ideología, y que, a su misma vez, cobraba su ontología por la materia «socio-poética» vista desde hace siglos. Y que ahí, aparentemente, es donde la obra realmente obtiene su valor de ser literatura. Como ya sabemos, eso no sólo desmontó las premisas de los albañiles, sino que también anticipó cualquier concepto futuro afín a esa idea técnica de la literatura. Y cómo no iba a dominar esa postura… la literatura se había convertido en un campo de batalla para los nuevos protagonistas verdaderos.

Pero Vóikof no contó con algo se manifestaría afuera de las facultades, algo muy sencillo de hecho cuando uno sale del aula: la universalidad de la literatura. En la condición humana propensa a revelarnos lo que es ser humano. Preguntémosle a Cervantes y su cautiverio en Argelia; a Sábato morirse de frío durmiendo en plazas de París; o a Dostoyevski sufrir en carne propia el matadero de los campos laborales en Siberia.

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La corriente de Vóikof llegó a su cima en décadas posteriores. En Renato Palermo; éste había llegado a ser uno de los grandes, tipo Todorov o T.S. Eliot. Llegó a ser un gran filólogo, crítico, teórico literario y profesor de letras hispánicas; publicó numerosos libros y artículos académicos muy importantes que empujaban el estudio; llegó a ser Decano de la Facultad de Filologías Hispánicas en su universidad y editor de revistas prestigiosas. Tampoco se le escapaban los reconocimientos; los directores de revistas lo galardonaron varias veces y fue recipiente de premios. Esto me duele, todo aquello había sido una trampa escondida en plena vista. Esos reconocimientos se deben a que sus investigaciones estaban dentro de los marcos aceptados para los que establecían los parámetros de lo que calificaba como digno. Una noche, el Profesor Palermo salía de dar un curso cuando se topó con un albañil que estaba poniendo los barrotes de un edificio en el campus. Le dijo al Profesor Palermo que se había encontrado un libro en el piso al estar trabajando por los basureros; y que como estaba escrito en español que lo llevaría al departamento adecuado.

—¡Profesor! Discúlpeme. Miré me encontré esto ahí tirado al estar barriendo unos tornillos en la tarde. Lo guardé con cuidado para poder dárselo a alguien que sepa de libros; obviamente yo no entiendo de estas cosas y quise traérselo a alguien formado de verdad. Siento haberlo molestado, sé que tiene cosas importantes. Mírelo; no sé si sea importante, no quisiera que se tire por desgracia y pudo haber servido. El conocimiento es muy importante, como decía mi abuelita que en paz descanse.

El Profesor Palermo lo tomó dándole al albañil ese gesto de la sonrisa agradecida muda. Iba a dispensar del texto al basurero, pero como vio tanta humildad y honestidad en el señor, algo de lástima le hizo darle un rato de su tiempo. Ya a solas en su despacho decidió hojear el libro y empezó a notarle cosas raras. No tenía título, ni año de publicación; no había número ISBN, ni portada, ni escritor; hasta la información de copyright o de derechos editoriales estaban ausentes y nada de información bibliográfica. Lo único presente eran trece cuentos escritos en un español exageradamente estándar; sin dialectos, ni argot coloquial o frases informales de algún país hispánico. Sería una imposibilidad atribuírselo a alguien.

Decidió leer el primer cuento, «La balada de Hernán Ríquer Praust»; ese relato tenía una redacción con los pies en la tierra como quien dice, con ausencias de modas literarias. Por igual, se le hizo extraño no ver rastro de ninguna corriente, pero siguió leyendo. A mitad de cuento le resaltó algo que nunca pudo haberse imaginado: la historia se suspendía y el personaje daba una especie de reflexión con conceptos notables sobre su misma trama. Esto no era «crítica literaria», el personaje no era consciente de ser texto y su reflexión no era de corte metaliterario. Sólo eran comentarios profundos sobre su situación vivida. El Profesor Palermo no supo qué pensar, quizá eso era una especie de crítica de corte auténtico, una crítica sufrida. Le dio una especie de shock; como si le hubiese caído un rayo y la puerta de algo impensable se le habría manifestado. Siguió leyendo con fervor, casi de forma preocupada… y más de los mismo. Se le quedó nublada la mente y necesitó salir por un buen rato para tomar aire y despegarse de lo que se le había revelado. Cenó y se duchó con esa barbaridad en mente hasta estar en su cama. Y ahí su mente no pudo contenerse y pecó lo siguiente: Contempló el concepto de la validez de lo vivido; pensó blasfémicamente: «un teórico sólo está escuchando la trama que se le cuenta; no sufre en carne propia lo que el narrador le está contando». El Profesor Palermo vomitó tras haber reflexionado eso. Cuando acabó buscó un lápiz y escribió la pregunta, «¿un personaje sabría más que un crítico lo que significaría la situación por la que él pasa, conociendo elementos privados que la prosa simplemente no tiene para ofrecer?»

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           Esta enfermedad no lo dejaba. Le daban ataques de ansiedad en pleno día, semanas con falta de apetito y hasta llegó a enfermarse un mes entero por el estrés. En una visita al médico supo que había bajado de peso, su aspecto había deteriorado y, por si fuera poco, con presión alta. Se había enfermado profundamente. Pasaron los meses y pensó ser algo necesario seguir explorando las ideas en ese libro. Empezó por elaborar un borrador; quiso usar todos sus recursos para crear una nueva teoría en secreto, quizá la última. También le dio por lanzar la revista Hispagrafia: Journal of Hispanic Poetics poniendo a seis de sus mejores alumnos como revisores de redacción. Publicaron entregas tanto del ensayo como de ficción, afines o no a la revista.

Meses después el Profesor Palermo se estancó. Tuvo una especie de ceguera, quizá algo se le había escapado de las manos. Un jueves por la noche le cayó un insomnio terrible y algo le incitaba a releerse la antología en ese mismo instante, por más que ya se la conocía. Estuvo leyendo tarde con ojeras exageradas y cuando llegó al segundo cuento «El patio de la abuela» notó cosas que no recordó haber leído la primera vez. Había ahora tres páginas extras de trama. Fue muy extraño, hasta el ateísmo que se le impuso se olvidó por completo, podría jurarle a Dios en la primera banca de una iglesia que estas nuevas partes no estaban. Era sobre el personaje principal. La abuela, ahora en un nuevo monólogo sobre la maldad, dijo que el terror verdadero no es necesariamente aquello que te afecta físicamente. Sino que es algo que te corrompe el alma con sólo verlo escenificado; le atestiguó a su primer nieto cómo los soviéticos torturaron y ejecutaron a su padre en frente de ella, como una especie de obra teatral hecha sólo para sus ojos. Después de un trago de su té siguió con decirle a su nieto la tontería de que unos han llegado a autoconvencerse que ellos nunca harían esos horrores si estuviesen allí, o de que renunciarían a la maldad. «Te voy a decir una cosa, hay algo inexplicable en el alma del hombre» —contaba la abuela con ojos como dagas— «donde somos esclavos a cosas imposible de codificar»; le dijo repetidamente a su nieto que nunca lo olvidara lo que estaba a punto de contarle.

Si ellos llegaron a hacer esas cosas atroces, ¿por qué estaríamos exentos nosotros de eso, que también somos de carne y hueso como ellos? No te creas tan bueno, mi nieto; el humano es capaz de lo peor en esta tierra y de lo más noble. No subestimes esta situación que te permite tener un compás de moralidad. No presumas de algo cuya situación nunca dependió de ti.

La abuela volteó un momento para ver a sus vecinos mientras hacían quehaceres y se le escapó una sonrisa y dio un suspiro lagrimoso.

Esos soviéticos que habían torturado a mi padre son personas, igual que yo, que tú, una mesera, un barrendero, el vecino cortando el césped o enseñándole a su hijo andar en triciclo. Pero, a la misma vez, no enloquezcas con lo que te cuenta una pobre vieja como yo. Dejemos que los intelectuales de turno —que siempre los habrá— se dediquen a pensar estas cosas por uno. Al cabo, y hazme caso en esto, es mejor vivir la vida que pensarla. Ahora, ve y tráeme mi avena que ya ha de estar y te pones a limpiar el patio que está horroroso, sólo mira esas ramas.

Otra sección no recordada por el Profesor Palermo era en la parte final del cuento. Reveló que la abuela tenía un secreto; había sido una estudiosa de filosofía sin formación escolar. Había leído en secreto por décadas: mientras intentaba vender empanadas en la calle y volver entre lágrimas día tras día por no haber vendido ni una sola; al casarse con Damián José y construir una casa juntos; al parir tres niños y buscar preocupadamente cómo vacunarlos; de enviudar y criar sola a una familia entera en el exilio hispanoamericano; leía al volver a casarse con don Julio Cruz y también durante su velorio inesperado que tantas lágrimas le dio.

***

            Algo había cambiado en el Profesor Palermo; estaba dispuesto ya a perjudicar su carrera y hacer un libro que anularía toda su trayectoria. Pasó un año entero y por fin tenía tanto su mágnum opus como una cabeza llena de canas. La editorial la aceptó sin editar ni revisión, buscaban su difusión inmediata; se anticipaban cientos de citas en el primer año y excelentes ventas. El Profesor Palermo estaba convencido que su obra sólo podría titularse: Department of Metapoetics & Literary Mechanics. Fue una obra bellísima, una obra maestra que haría sollozar a cualquiera. Sólo léanse estas hermosas palabras del Prólogo: «No existe una teoría del alma o de la experiencia humana suficiente desde la distancia. No olvidemos que la literatura es de la condición humana, no de la teórica».

Fue una blasfemia total. Una transgresión a la naturaleza académica de las letras. Toda la red de Doctus Literatorium vio con horror lo hecho por el Profesor Palermo. Era ya imposible retroceder, la publicación a mayoreo estaba hecha y las librería y bibliotecas ya lo cargaban en sus estantes. Por haberse aprovechado de sus recursos la universidad lo destituyó de todos sus cargos; disolvieron su revista Hispagrafia y la Facultad expulsó a los seis alumnos ayudantes. Los encargados de las bases de datos quitaron todo lo que había llegado a publicar, los comités le retiraron todo premio a su nombre y le retractaron hasta el doctorado. Hubo muchas críticas feroces. Por ejemplo, que la obra, al hablar de «universalidad de la condición humana», daba por hecho que todos sienten lo mismo y el Profesor Palermo empezaba a negar al individuo. Que es ideológico criticar la ideología. La narrativa de la cuestión estaba en un péndulo, y Doctus Literatorium la quería en el terreno que había llegado a dominar por siglo y medio.

Con nada que perder el Profesor Palermo demostró como contradictorias las críticas de los representantes de Doctus Literatorium; y replicaron con que el hecho de que haya contradicciones en sus posturas comprueba el desenlace histórico del conocimiento. Nos lo advirtieron y no quisimos escuchar… Alguien me decía el otro día que la obra del Profesor Palermo contiene sobrecarga explicativa de tesis, y que lo único rescatable es el capítulo dedicado a «El patio de la abuela», donde se deja de explicar. Yo le contesté mientras masticaba mi empanada: «Pues claro. Ese es el punto de todo, ¿no crees? Piénsatelo bien. Yo me encargo de la cuenta. A ver cuándo te encargas tú».

 

Jesús Alberto Amaya (Texas, 1992) vive en Austin, Texas y trabaja como analista AIML en Apple, Inc. y es profesor de letras hispánicas en la universidad comunitaria ACC. Ha publicado cuentos en revistas literarias como «Poética de la Hispanidad», que formó parte de la antología Soñar es vivir un poco de ITA Editorial en Colombia; publicó su cuento «Fausto, escritor del Pierre Menard» en la revista académica peer-review Latin American Literary Review de la Universidad Cornell y «El genoma literario fue escrito en español» en Pulse Magazine de UTRGV, como sus obras más recientes.

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