Poesía. Francisco Hermógenes Urrea Pérez

 

El santuario del límite

 

La floresta del silencio no es ausencia,

sino la liturgia vegetal que custodia el camposanto.

Allí, la naturaleza inclina su ramaje en un gesto de respeto,

venerando la finitud como la única verdad que nos unifica,

sin profanar con juicios el cansancio del despojo humano.

Ese bosque de quietud no teme a la muerte,

sino a la erosión impía de la memoria:

mira con pavor el espectro del abandono,

esa segunda muerte donde el nombre se desdibuja.

Pues el cuerpo que retorna a la tierra es sagrada

semilla,

pero el olvido es el único abismo que habita

en el corazón de lo que alguna vez fue luz y fue

palabra.

 

 

La ermita del ser

 

Mi alcoba, patria efímera; mi lecho, el terruño breve.

En esta estancia, microcosmos del devenir,

la vida se rinde cada noche al abismo de la duda,

al incierto abrazo del no-ser.

Y cada aurora, renace en la terca certeza del existir,

náufrago consciente en el flujo del tiempo.

Donde el péndulo social de las urgencias banales

disputa su ritmo con la marea vital del cuerpo,

y ambos danzan, colisión perpetua,

contra el silencioso cronómetro del destino y del

paso, midiendo la estela de mi travesía fugaz.

 

 

Resonancias del umbral

 

Deambulo por la ribera del alma, playa inmensa,

donde el mar de mis pasiones, turbulento y vasto,

rompe con furia de ser.

Recojo una concha, frágil testigo del oleaje,

la acerco al oído, y la carne calla para que el espíritu

escuche:

Otro mar susurra, el mar fantasma del destino,

consorte intangible de mi paso real sobre la arena

efímera.

Un paso, y otro, y la danza hacia el confín,

hacia el último paso que no pisa, sino que se

disuelve,

eco sutil en la vastedad del silencio eterno.

 

 

El vergel de la ausencia

 

En el núcleo árido de mi desolación,

donde el desierto dicta su ley de arena y olvido,

brota una primavera clandestina de afectos,

un oasis que no bebe de la lluvia, sino del alma.

 

Ante mí se despliega un firmamento impoluto,

un vacío sagrado, lienzo de luz donde el espíritu

respira.

Allí poso mis manos, ungidas por una oquedad que

no resta,

sino que colma; una nada luminosa que, al fin,

se vuelve el barniz que consuela la herida de existir.

 

 

La pasajera del azar

 

En el vientre de hierro que traslada mi esencia,

ha irrumpido una abeja, pequeña chispa de oro y

zumbido.

Somos dos náufragos en una cápsula de movimiento

ciego, confinados en este tránsito que ignora el

aroma del polen.

 

Me pregunto si ella y yo habitamos una secreta

coincidencia, si ambos hemos decidido, por error o

por milagro,

extraviarnos de las rutas trazadas, del mapa de las

rutinas y de ese engranaje sin sentido que consume

la existencia.

Ella busca una salida hacia el viento; yo, una salida

hacia el Ser.

Dos exiliados de la inercia, compartiendo un viaje

breve, unidos por el asombro de sabernos perdidos

en el laberinto de un destino que no reconoce nuestra

sed.

 

 

La sangre de las cumbres

 

Desde el útero metálico que surca el vacío,

contemplo el abismo a través del cristal:

un umbral de vértigo donde la mirada se pierde.

Siento el hervor de una sangre antigua que me

hermana,

en un pulso mineral y sagrado, con el macizo de los

Andes

y el vuelo solitario y heráldico del cóndor.

 

¡Qué júbilo sagrado habitar este exilio sobre las

nubes,

donde el tiempo se detiene en su blancura

inmaculada!

Anhelo entonces la pupila del águila, esa lente de

fuego,

para descifrar la distancia y hallar, allá en el fondo,

mi piedra de esmeralda: ese núcleo verde de vida

que late bajo el peso del mundo, oculta, eterna y

para mí, sacra.

 

 

La dualidad del espejo roto

 

Habita en el núcleo de mi sombra un arlequín de

seda y ceniza,

un histrión que juega a las escondidas con la

sobriedad de mi aplomo.

En el laberinto de mi fuero interno,

estalla a veces la risa ante mis propias bufonadas,

un eco burlón que celebra la ironía de estar vivo.

Pero cuando la tristeza desborda sus diques y me

embarga,

el bufón despoja su máscara de colores y se sienta a

mi lado.

En la penumbra del alma, comparte mi congoja,

revelando que su danza y mi llanto son la misma

esencia:

un solo gesto sagrado ante el absurdo del mundo.

 

Francisco Hermógenes Urrea Pérez. Bogotá, Colombia, Sudamérica 1956. Abogado y Psicólogo. Escritor. Es un poeta colombiano cuya obra se caracteriza por una profunda reflexión sobre la existencia y la condición humana. A través de su poesía, Urrea Pérez invita a los lectores a contemplar la vida desde una perspectiva que abarca tanto la belleza como la fugacidad de la experiencia humana.

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