VARIANTE SOBRE UN FARO
Se delinea entre acantilados de arenisca
la sombra de un faro de tiza y carbón,
se le amputan después las raíces
dentro de un errante caracol de escalones,
grumos de sangre a merced del viento.
Así brillará la cúspide enarenada
con el rayo de una mirada perfecta.
Se arrodilla luego para caerse de bruces
y chocar contra un deseo subrepticio.
En volandas, semilleros negriblancos
respiran y buscan ahí sus nidos.
Nada más.
Como si recordaran un retumbo
en los adentros de un misterioso caldén.
Al final, se alteran con un beso
los rebordes abiertos y el faro,
horizontes encorvados por pilastras de humo,
seguirá siendo un sueño solitario
entre las altas barrancas.
ALLÍ, EN UNA DESPEDIDA
Gritarles a las nubes que lluevan
la inmensidad de su alma,
bojear pequeñas islas
acaloradas por la luna:
arrebatos y espejismos
de largas noches
e incumplidos juramentos.
¡Un corcel con el que forjar portentos!
Entretanto, estirados sus dedos hacia el infinito,
se agitan las lagunas. Contorneado
por líneas amarillentas de granito pulverizado,
un adefesio solo estorba con el amanecer
la iridiscencia de un mar de rocas
dispersas alrededor como confeti.
Y ya no hay quien rompa en láminas de luz
este tiempo de losa,
ya un andar y desandar plomífero
entre meandros y cerros descoloridos
cuando los peces son de estaño
igual que una despedida,
al saberse que allí
se prolonga el gesto de soldar el metal
para moldear olvidos y cruces.
EL SILENCIO DE AQUELLAS VOCES
Nunca más llegó a salir
a la calle del sol.
Las paredes formaban
una hélice errabunda de rejas,
un sueño recoleto
por lúgubres pasillos.
Más allá de unos abismos pasados
una carta espantosamente yacía
sobre la cama empolvada.
La tocó inhalando las letras frías.
Y desde entonces,
ausentes los pasos.
Acelerando sin piedad su ritmo,
sólo la lluvia transeúnte
se asoma a la ventana
y perpetúa detrás de curtidos agujeros
un quejido. Lo abraza
el silencio de aquellas voces
que retumbaban su olvido
ancladas al pie de las páginas.
EVANESCENCIAS
En forma de herradura
algunos perfiles descansan
dentro de un álbum.
Sólo el polvo se atreve a visitarlos
día tras día
absorbiéndoles la coloración.
A oquedad van sonando los entornos,
y una decisión se vuelve necesaria:
seguir rindiendo cuentas
como una hoja pedigüeña en el agua
ante la dirección o el juicio
en un almanaque de aquellos tiempos que apuraban
el incienso inmarcesible de las rosas.
Por una sonrisa más.
Por un error menos.
De repente, resonancia del arrebol en la nieve,
unos romances dilatan el pasado
delante de un escaparate que desgarra la mirada
y el cielo se electriza
permaneciendo detrás de los marcos,
impávidas barreras amontonadas
dentro de un álbum.
AYER EN UN CUADRO
Tramado de penumbras
entre las ramas de un tilo
y sus florecimientos colmados de oro.
Por allí volaba su turbación algún que otro
gorrioncito:
¡qué ocurrencia de la vista
tal aleteo impalpable
eternizado en los recuerdos!
Se dejaban oler los últimos intentos de primavera,
la piel los aspiraba pigmentándose
como si nunca hubiera vuelto a reconocer
la murmuración fecunda de los cuerpos.
¡Qué ilusorio seguir sintiendo el juego,
qué alivio seguir deseando envolverlo
en el ovillo de unos ojos y pájaros!
Los tilos evocaban sueños dibujados con imanes.
Un corazón se aferraba a la respiración mágica
acomodada al hoyo de la clavícula,
aquella respiración caliente
que se había convertido en un toque solar.
Todo ello coexistía hace tiempo,
cuadro tiliáceo con nimbos y hojas llanas,
hoy los cabellos ya sufren grabadas hileras de plata
mientras al ras del cielo
nubarrones preñados se van desplomando
a pedazos de palabras y arrobos.
CIUDADES SIN LIBRERÍAS
Por suaves nieblas
se infiltraba la luna llena
–tersa esclava de oro–
en la memoria del otoño.
De unas ruinas que un atardecer serrado
las absorbía calando sus redes
entre someras negruras.
Manos torpes,
su espalda amarga,
con los puños cerrados dormían
mientras el tiempo extinguía cualquier efusión
de las ciudades:
presas de los dientes del fuego,
del vicio que se había precipitado
de las nubes desconsoladas,
manchas de pañuelo a las que
apenas accedían los exangües reflejos
de un vetusto mundo.
Como pólvora glacial desparramada sobre
lagos olvidados, sobre
calles de hierros retorcidos
y salas de pasos perdidos
los expresos de largo recorrido
embalan ahora los linderos desérticos.
No quedan nobles andenes
tampoco librerías de ensueños y
espantos curados
sino haces de rectas que
vienen avasallando
los corazones de los árboles,
los astros ardientes de los poetas
encima de los prados
de unas desmenuzadas estanterías…
EN BUCLE
El frío suspende las manos
de la madrugada…
Primero eran las rosas, malva muchedumbre
en un jardín que filtraba el pasado.
Gotas de luces invadían el aire
y por la acera los pasos se olvidaban.
A la izquierda un trote grisáceo
se entregaba apaciblemente al césped rociado…
Malla de carriles y coches
por la que el perro corría sin saberlo.
El grito de atrás se hundía
anillándose en el hedor del miedo.
Ningún gesto era posible.
Como un testigo que sólo desespera
seguía gritando
al margen de una distancia implacable.
Colapso: ruedas, cifras y brazos sin sentido.
Me agarraban la vida del perro
dentro de un coche blanco.
Los gritos eran ya de espuma…
Ida la noche. Su infinito cerrado
resonará con cada despertar de lágrimas.
Sobre la soledad de las flores
las arrodillaré,
sobre la tumba que alberga
un cráneo de bronce
y un corazón eterno.
Ioana Cecovniuc. Docente universitaria en el marco del Lectorado Rumano de la Facultad de Filosofía y Humanidades, UChile (Santiago de Chile). Ha publicado poesía en las revistas de arte y literatura Montaje (Chile), Crisopeya (Colombia), Alborismos/Antología Los Herederos del Parnaso 2022 (Venezuela), Diversidad literaria (España), Yoveraqué (Perú). Igualmente, traducciones de poemas del español al inglés en Crisopeya (Colombia) y del español al rumano en Via Rumania Cultura (Rumanía). Premio internacional y diploma de honor en el XI°/XV° Concurso Natalicio de la poetisa nacional Ermelinda Díaz, Quilpué, Chile (2021/2025).
