LA CASA EN LA PENUMBRA
Con tu partida
tomé la máscara
y la hice duelo.
Una forma de llorar
en el silencio
que otros decidieron para mí.
No tuvo nombre.
Existió sin decirse.
Se deslizó en el aire
como un susurro prohibido,
como un secreto
doblado
en los pliegues del tiempo.
Fue una casa en penumbra.
Sin llaves.
Sin puertas visibles.
Habitable solo de noche.
Cerrada al mundo de día.
Un refugio
que nadie podía atravesar.
Un territorio
donde éramos solo nosotros,
donde la imperfección
dejaba de doler
y la herida
era bandera.
Dieciséis años.
Sombras respirando.
Caricias robadas.
Risas en voz baja.
Silencios
que decían más
que cualquier promesa.
En aquella alcoba
nuestros cuerpos se encontraron
sin calendario
y sin futuro.
Aceptar que nos amamos muchas veces
no es exacto.
La verdad es otra:
mi boca
delineó las fronteras de tu silueta
como quien memoriza un mapa
que sabe
que no podrá mostrar.
Mi vientre te llamó.
No para poseerte,
sino para que el tiempo
dejara de ser ajeno.
Pero el tiempo
nunca fue nuestro.
Siempre fue
un visitante
con reloj en la mano.
Tus manos
sabían
cuando tocarme el corazón,
cuando sostenerme.
Me guardaron
cuando la vida pesaba,
cuando el mundo era ruido,
cuando el pasado
todavía sangraba.
Creamos un universo mínimo:
sin promesas,
sin exigencias,
sin territorio conquistado.
Solo el presente
fluyendo
como un río invisible
entre tus brazos
y los míos.
Sostuve lo que amaba
con la serenidad
de la clandestinidad,
con la paciencia
de quien sabe
que amar
también es aceptar el límite.
Habitarte
me devolvió la respiración.
Me enseñó
que incluso en la sombra
el amor
puede iluminar.
Llegó tu partida.
No hubo despedida.
No hubo hospital.
No hubo pasillo blanco
ni sala de espera.
La noticia llegó
en un instante digital.
Fría.
Irrefutable.
Grité.
Hacia adentro.
El cuerpo tembló
como nunca.
Nadie llamó.
Nadie pronunció mi nombre.
Nadie me avisó.
Fui expulsada:
del hospital.
del ritual.
del derecho a estar.
de la historia oficial
de tu muerte.
No toqué tu frente.
No miré la urna.
No supe
dónde quedaron
tus cenizas.
Frente a mi casa
hay un cementerio.
Una tarde entré.
Lloré
ante un ataúd cualquiera
como si fueras tú.
Inventé un ritual.
Porque el duelo
cuando no tiene espacio
construye su propio templo.
El enojo nació ahí.
No contra la muerte.
Contra la exclusión.
Contra la decisión
que me arrancó
en el momento más definitivo.
Y entendí algo
que me perseguía desde la infancia:
la orfandad
no siempre comienza
con la muerte.
A veces
comienza
con la expulsión.
Después de ti
cerré la puerta al amor.
El corazón
se volvió frío.
No por falta de deseo,
sino por exceso de pérdida.
Pero incluso en el frío
algo late.
Mi grito.
Mi temblor.
Mi llanto inventado.
Fueron prueba
de que existía.
De que mi derecho a sentir
no podía ser anulado.
Ni por la muerte.
Ni por el silencio.
Ni por la expulsión.
Y aunque nadie
me reconociera
en tu historia,
yo sé
que te amé.
Y ese amor—
con todas sus sombras—
me resucitó
una vez.
Te devuelvo
el hospital al que no entré.
La urna que no vi.
El pasillo que no caminé.
Me quedo
con lo que fue verdad
entre nosotros.
Con lo que ardió.
Con lo que me hizo despertar.
No te entierro.
Te libero
de seguir ocupando
el centro
de mi herida.
Hoy mi sombra,
duelo desplazado,
camina por las calles.
Lady López Zepeda nació en 1956 en Ciudad de México, México. Poeta y docente, su obra se centra en la exploración del amor, la pérdida y el duelo. Ha participado en talleres literarios y ha publicado textos en revistas educativas y culturales.
