En decadencia
No se lo cuentes a nadie.
Ese nadie tornará en la vivaracha aptitud
de un quiosco de los que ya apenas persisten.
Y ese quiosco pasará a ser una panadería
con rozagantes molletes y brioches,
pero sin lozanía.
Y la cueva del pan se reformará
en un alcázar de austeridad comprimida,
emponzoñado en tósigo.
No se lo cuentes a nadie.
Quien quiera conocer preguntará primero.
Quien tenga alborozo en alma
y haya expulsado a la pelusa
te encoloniará en aplausos y en achuchones.
Al principio, al ínvido
le encanta poner zancadillas.
Prescindiría de una esclerótica
con tal de dejarte invidente.
Esa es su mayor maldición.
Pero cuando espían
y se topan a un sujeto
tan armonioso, satisfecho y absorto
en ser justo con los justos,
ni el más miserable
podrá arrebatarle lo que es suyo.
Los codiciosos son adictos
al agua salada.
Nunca se saciarán.
Si madrugas
No tiene relevancia
cuánto me amilane lo pusilánime,
ni este acobardamiento
fruto de la cortedad del ánimo.
No es primordial el desvalimiento
que se arraigue en mi corazón.
La orfandad y la pobreza
no tomarán la hebilla del cinturón.
Exigua envergadura
que pocos haya
con los mismos sentidos que yo.
Excavo uno esmerado cada día.
No es esencial
cuán pesimista me halle,
pues existe una fuerza
que me suplica que siga adelante.
Aún con la fobia
que me aflige ahora,
esa fibra me hará más decente.
Me obsequiará el intersticio estelar.
Puede ser que seré
Quiero ser copla gitana que desconoce la mesura,
esa explosión de predilección y afición
que se desborda en las estrofas
de cuatro versos de arte menor;
entrega el alma entera a los tobillos de la amada
Ser leyenda china grabada en jade y en bronce,
que conmemora el estatus
entre los senos de una princesa heredera
de un puesto construido
con chivatazos y severidad.
Subir al pináculo del Tíbet y convertirme en yak,
sentir el gélido presente
mientras me abanican las banderillas,
esas jaculatorias y rogativas budistas
que la ventisca lee en voz alta.
Quiero ser el astro de un aborigen
en el archipiélago prescindible y desestimado,
allí donde la sociedad desatiende
y la supeditación se vuelve batata,
donde el lenguaje es lirismo codificado,
bucolismo que imita el expresionismo
de los esbeltos orangutanes
y se encizaña entre las lianas como ellos.
Ser molusco que se suicida
con el bamboleo del salitre,
dejando que la masa que manda
decida mi rumbo y mi revuelco,
mientras mi pulso se aúna
con la tenacidad de las mareas.
Quiero ser ese cómico e irrisorio sentimiento,
pero más casto que el volver a nacer;
la correspondencia gestándose
entre dos enamorados inexpertos,
ese embebecimiento de descubrir
que el otro también está tiritando.
Ser la lluvia que el firmamento
ha preservado durante semanas,
el alivio que cae sobre la debilidad
de una plantación tradicional de arroz.
Quiero ser el denuedo del militante
que no cede ante amenazas,
el responsable de una cultura
que se niega a ser chiribita y luego pavesa.
Ser el cuadro infravalorado
en la galería de barrio,
ese lienzo que los lugareños
miran de reojo al entrar pero que,
de súbito, aminoran el tranco
y la garganta atraca frente a mí,
porque en mis pinceladas
distinguen su propia abrumación,
todo su pesar.
Quiero ser la mina antipersona,
no para desmembrar al crédulo,
sino para conspirar contra mi origen,
guerrear contra el material
y el detonante de mi condición.
Lograr, en un acto de abnegación,
desactivarme.
Quedarme quieta, ser solamente
un trebejo inofensivo en la planicie,
derrocando la meta que otros forjaron para mí.
Quiero ser exploradora
en las cumbres de Kirguistán,
sentir el aire ralo que escuece en los órganos,
con las mejillas rubescentes
por la altitud y el ahínco,
con el aliento que escasea
y la ambición que sobra.
Quiero ser el mensaje en braille,
la tregua y la estratagema,
la suma de todos los climas
y todos los dialectos,
ocupar cada rincón de esta existencia
que me es inabarcable.
Quise ser tantas cosas
que tuve que dejar ir
y dejar de ser.
Lucía Braña (Principado de Asturias, 2001) es una autora española dedicada a la educación que, cuando encuentra el tiempo, se expresa a través de los versos. Su obra se caracteriza por un profundo simbolismo y un manejo preciso de la lengua, donde lo cotidiano se eleva a categoría de mito. A través de las metáforas entrelaza lo orgánico con lo inorgánico, indagando en la ética de la resistencia y la búsqueda de una autenticidad despojada de artificios. Lucía publica sus escritos en su cuenta de Medium (@luciasdiary).
