Reseña. Ahora tengo un gato de Matías Saá Leal. Por Laura Padilla

 

Una generación que aprendió a vivir sola: Ahora tengo un gato de Matías Saá Leal

Hay una edad en que uno empieza a darse cuenta de que la adultez no se parece demasiado a lo que imaginaba cuando era niño. Para quienes crecimos durante los años 2000, esa distancia puede resultar especialmente evidente. Nos dijeron que estudiar, trabajar y conseguir cierta independencia era parte de un camino más o menos ordenado. Que después vendrían la casa, la pareja, la familia, los hijos. Que eventualmente encontraríamos una forma estable de estar en el mundo.

Pero algo ocurrió entre medio.

Crecimos viendo cómo internet pasaba de ser una novedad a convertirse en el lugar donde ocurría buena parte de nuestra vida. Vimos desaparecer algunas certezas y aparecer otras formas de precariedad. Estudiamos, trabajamos, arrendamos piezas, nos mudamos de una ciudad a otra, aprendimos a hablar de salud mental y descubrimos que muchas veces la compañía podía llegar en formatos inesperados: una conversación por WhatsApp, una videollamada, un animal durmiendo a los pies de la cama.

Ahora tengo un gato, de Matías Saá Leal, puede leerse desde ese lugar. El libro comienza con una historia aparentemente pequeña: un hombre termina una relación y se queda cuidando temporalmente a Pandita, el gato de su expareja. Pero poco a poco esa historia se transforma en algo más amplio. Pandita deja de ser solamente el gato de L. y comienza a convertirse en una presencia propia, capaz de reorganizar la vida cotidiana del narrador. «Me gusta Pandita», dice en un momento, cuando le preguntan si le gustan los gatos. La precisión de esa respuesta anticipa uno de los movimientos centrales del libro: pasar de las categorías generales a los vínculos concretos.

Pandita no es simplemente una mascota. Tampoco funciona como una solución sentimental. Es una compañía que aparece en medio de una vida que se ha quedado sin demasiadas certezas. El narrador vive en una pieza, trabaja, estudia, va a terapia, toma medicamentos, revisa el teléfono, conversa con amigos y vuelve una y otra vez a una relación que intenta terminar. Su vida tiene algo reconocible para quienes hemos crecido en estas décadas: una independencia que muchas veces se parece demasiado a la soledad.

«Durante años busqué vivir acompañado para no sentirme solo. Ahora, por primera vez, parece bastarme un gato», escribe. La frase podría leerse como una declaración sobre Pandita, pero también como una pequeña síntesis de una época. La familia dejó de ser necesariamente el centro de la vida adulta, las parejas dejaron de funcionar como garantía de estabilidad y vivir solo dejó de ser una excepción. La habitación se convirtió en casa, oficina, dormitorio, refugio y, algunas veces, mundo completo.

El libro entiende esa transformación sin convertirla en un manifiesto generacional. No necesita explicar qué le ocurrió a nuestra generación. Le basta con mostrarla.

Por eso resultan importantes detalles que podrían parecer secundarios: comprar un rascador por internet, recibir mensajes por WhatsApp, evitar el patio de una pensión para no encontrarse con otras personas, quedarse dormido porque el gato está sobre el pecho, subir una fotografía a Instagram, transportar a un animal en una mochila en el metro. Son escenas pequeñas, pero contienen una época. En ellas aparece una generación acostumbrada a mantener vínculos a distancia, a narrar su vida mediante pantallas y a construir espacios domésticos cada vez más íntimos.

También aparece una relación diferente con la salud mental. La depresión ya no es solamente aquello que se oculta o se explica en voz baja. En Ahora tengo un gato hay psiquiatras, psicólogas, licencias médicas, medicamentos, llamadas de emergencia y conversaciones sobre el duelo. Pero el libro tampoco convierte la terapia en una respuesta definitiva. De hecho, una de sus escenas más significativas ocurre cuando el narrador intenta explicar que está cuidando a un gato y su amiga le responde: «No me refería al gato». El chiste funciona porque detrás del gato está todo lo demás.

Hay humor en Ahora tengo un gato, pero no es un humor que alivie necesariamente la tristeza. Es más bien el mecanismo que permite convivir con ella. La botella de Gato Negro que el padre presenta como su supuesto nuevo gato, la farmacéutica que pregunta si el narrador se siente muy mal, los dos rascadores que quedan en una pieza después de que Pandita se va, la posibilidad de terminar con nueve gatos como L., el libro encuentra constantemente pequeñas situaciones absurdas dentro de momentos dolorosos.

Ese humor también permite que la experiencia del duelo no quede encerrada en una solemnidad literaria. El narrador puede hablar de una crisis depresiva, de una ruptura y de una llamada en la que no logra pronunciar una sola palabra, y pocas páginas después pensar seriamente en adoptar dos gatos. La contradicción no es un defecto: es precisamente la forma en que funciona una vida.

La literatura ocupa otro lugar importante. Sigrid Nunez, Sylvia Molloy, Joe Brainard, Nobuyoshi Araki, Gastón Carrasco y Alejandro Zambra aparecen como parte de una conversación íntima. El narrador lee para comprender lo que está viviendo, pero también utiliza los libros para establecer una distancia con aquello que le ocurre. En ese sentido, Ahora tengo un gato pertenece a una tradición muy contemporánea de escritura autobiográfica en la que leer, escribir y vivir terminan mezclándose.

Pero quizá el vínculo más significativo sea con Formas de volver a casa. No solamente porque Zambra aparezca citado, sino porque el libro de Saá Leal comparte con esa novela una preocupación por la memoria, la intimidad y los límites de contar la vida de otras personas. «Dejaste algunos billetes en la bodega, pero igual robaste el banco», recuerda el narrador. La frase introduce una pregunta incómoda: ¿qué derecho tiene alguien a convertir una relación en literatura?

La pregunta atraviesa todo el libro. El narrador declara desde el comienzo que no escribirá sobre L. porque ella se lo pidió. Y, sin embargo, escribe sobre ella constantemente. Lo hace a través de Pandita, de los recuerdos, de las conversaciones, de los objetos y de aquello que queda después de una relación. Esa tensión hace que Ahora tengo un gato sea también un libro sobre la imposibilidad de escribir sin involucrar a otros.

Por eso Ahora tengo un gato puede leerse como algo más que un libro sobre una separación. Es también el retrato de una generación que aprendió a vivir con la incertidumbre de no tener demasiado claro qué viene después. Una generación que creció con internet, que entró a la adultez entre trabajos, estudios y arriendos, que aprendió a hablar de depresión y terapia mientras todavía intentaba descubrir cómo vivir sola, y que encontró en los animales una forma de intimidad que no siempre encontró en las personas.

 

Matías Saá Leal (San Felipe, 1997) es escritor, entrevistador y columnista. Estudió Licenciatura en Lengua y Literatura en la Universidad Alberto Hurtado y un diplomado en Historia y Estética del Cine. Su trabajo cruza literatura, cine, crítica y escritura autobiográfica. Ha publicado cuentos, poemas, ensayos, reseñas y entrevistas en medios como Le Monde diplomatique, La Raza Cómica, Lo que leímos, Carcaj e Imagi. En 2026 publicó Ahora tengo un gato, una plaquette editada por La Raza Cómica. Actualmente trabaja en Centro Arte Alameda.

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