LOS SEDIMENTOS DE LA MEMORIA
Ju, protagonista y narradora inicia el relato recordando que se demoró cuatro años en extrañar las llamadas de su progenitora. Una obra que inicia con el final de la madre para desencadenar una serie de recuerdos que irán construyendo la identidad de la protagonista a lo largo de la narración. La voz que cuenta esta historia casi con un tono lacónico y a ratos más cercano a la crónica provoca cierta sensación de mesura que hace que su lectura no se desborde en lo emocional y la historia pueda ir progresando.
Ambientada en el norte de Chile, Taltal, si no ceñimos al origen de la autora y detalles que va entregando a lo largo de la novela: «un norte donde pareciera que la pobreza ha de ser la peor» según dice la narradora. Es una tierra donde el único gran movimiento rutinario era el tren que pasaba por la ciudad, tren como una marca de un tiempo antiguo. Y así uno podría estar pensando que recae todo en el pasado, pero no, la narradora cuenta el pasado no desde el origen de esos hechos sino desde otro lugar en el presente para luego retornar en un momento a su lugar de origen y dar vuelta la página junto a Damián por ese desierto costero, que tampoco viene solo a ser un espacio físico, sino la metáfora de ese transitar aparentemente desolado que puede dar algo de consuelo o solo mantener una ilusión de esas aparecen en el horizonte del paisaje.
En esta novela hay que considera cuatro preguntas que la protagonista tiene ahogadas en la garganta: «¿Cómo amabas entonces, mamá? ¿Cómo es que se siente entregar el corazón sin confiar jamás? ¿Qué sucedió cuando creíste un hombre, madre? ¿Por qué con el paso de los años lo olvidaste?» Son preguntas que se plantean al principio de la obra. Son importantes porque sirven para saber sobre la vida de la madre mediante recuerdos, pero a su vez, la narradora va armando su propia formación vital. Cada mujer presentada en la obra de la autora sirve como una especie de sedimentación en su formación. Capas geológicas que van formando su historia sentimental.
Comenzando por la tía Sonia (prima de madre) y su vozarrón, tal vez la parentela más rebelde, aquí se marca la infancia de la protagonista donde lo que le decía su madre aún le resbalaba. La protagonista quiere saber porque los enamorados se toman las manos y Sonia le responde, como leyéndole la mente, que los hombres piensan en una sola cosa. Esa desmesura de la tía podría marcarse como el termino del estado infantil y abrir los ojos al mundo como mujer de la narradora. El recorrido continúa con la tía Camelia (hermana menor de madre). Mujer que vivido en su propio mundo como si el mañana no importase, con la rebeldía constante donde las bofetadas nunca eran suficientes por parte del padre, viene al caso una frase que dice la narradora y puede resumir la vida de la tía: «La vida crea espejismos». Mujer que se había enamorado de un marinero: Marco y que estaba dispuesta a dejarlo todo, pero su padre se lo impidió y de paso quebrando algo en su interior; posteriormente apareciendo Salvador otro hombre, que supuestamente ella amaría, que parecía mejor partido, pero que fin de cuentas era el equivocado —un vividor—, ese espejismo roto. Manifestándose la imposición de un mandato familiar al negarle el primer amor, mandato que se irá presentando en distintas formas a lo largo de la novela.
El proceso de crecimiento por medio de sus «ancestras» como les dice la protagonista no termina y al contrario continúa con su abuela Odeth que soñaba con ser una gran cocinera, pero al conocer a Luis y formar familia perdió la posibilidad y solo le quedó conformarse con ser conocida por algunas recetas en el pueblo hasta caer en el alcoholismo para obviar la vida que le tocó por ser una mujer que tuvo hijos y que debía dedicarse al hogar y a la crianza. Ese mandato sobre las mujeres se refuerza con la abuela de Damián, doña Sofía que fue casada a la fuerza cuando todavía era una niña con el «hombre bueno». Obligada a vivir con un viejo y a tener su descendencia y asumir un papel y toda responsabilidad por ese rol impuesto antes de tiempo para luego terminar en una tragedia como si no fuese suficiente ya el peso del mundo sobre la que fue apenas una niña.
Por último, viene Agnes (madre) y en su historia se recuerda la injusticia de la vida hacia las mujeres, no solo por ese mundo construido por hombres, sino también por los designios de la vida misma. En donde recuerda a su querida tía Olivia que al momento de dejar este mundo el marido (tío Gadiel) ya estaba casándose con la tía Narcisa, Odeth y Agnes lo resumen perfecto: «impotencia». Esa impotencia de ser mujer y estar encadenada a algo siempre dejándolas como seres a medias, y que, a su vez, tampoco son amadas y deseadas como ellas quisieran, como ellas merecen.
Punto aparte es Damián que es invocado en el presente de esta narración como el acompañante de este viaje por el recuerdo, pero que nunca fue conocido por la madre de la narradora a diferencia de Luan que apenas es una somera aparición al final, ese resabio de recuerdos que ya no tienen fuerza. Al final Ju recuerda a todas las mujeres que han tenido que renunciar a sus propias vidas por otros por ese mandato patriarcal o a las que se quedan solas por no aceptar ese orden preestablecido de lo que la mujer debería seguir cumpliendo terminan pagando un precio. Pero la narradora. Y como se mencionó en un comienzo, cada una de estas mujeres, viene a dejarle algo a Ju para que ella pueda llegar más lejos en esa evolución —o sedimentación— como una mujer libre, amada y cargada de cicatrices heredadas por sus antecesoras.
Título: Alguna vez fuimos niñas
Autora: Isabel Lemus
País: Chile
Año: 2025
Editorial: Ediciones del Gato.
Isabel Lemus. Administradora pública y comunicadora, especializada en Medio Ambiente y Derechos Humanos, nacida en Taltal, Chile. Ha publicado las novelas Alguna vez fuimos niñas (Ediciones del Gato, 2025) y La caza del pecado (Forja editorial, 2015). También ha participado con colaboraciones en los libros Historias asombrosas de gatos I y II, de Fundación Adopta. Obtuvo el segundo lugar en el concurso Historias de nuestra tierra (Fundación Fucoa, 2014) y el segundo lugar en el concurso de cuentos 100 años de Nicomedes Guzmán (SECH, 2014).
