Narrativa. José Baroja

©Leyda Mariscal

¡CHINGA TU MADRE, GUTIÉRREZ!

 

«El fútbol es la única religión que no tiene ateos».

Eduardo Galeano

Su cuerpo aún permanecía en el suelo tras una fenomenal atajada. Todo el estadio lo tenía claro, todo el estadio lo había visto, tanto la hinchada local como la visitante no tenían dos opiniones al respecto: había sido una fenomenal atajada. Gutiérrez se había estirado desesperadamente hacia su izquierda en busca de ese balón, balón que ahora se elevaba caprichoso tras golpear sus hasta entonces inexpugnables guantes. Ciertamente, había sido una jugada extraordinaria la de Ortiz, merecedora de un gol: cuatro defensas en el camino hasta quedar solo frente al portero, completamente solo. Lo merecía, merecía ese tanto, sin embargo, el deber de Gutiérrez era ahogar a toda costa cualquier grito de gol, y así lo haría, heroicamente, como solo los más grandes pueden hacerlo. Gutiérrez evitaría en doble instancia el tanto que todos anticipaban como si fuera una ola naciendo detrás su portería. Indudablemente, una atajada fenomenal, digna de los aplausos y gritos que la coronaron.

Fue hermoso. Tras treinta minutos de juego, y después de tan lucidísima jugada, Ortiz pateaba a quemarropa provocando la reacción felina de Gutiérrez, quien, casi al mismo tiempo en que el delantero tocaba la pelota con el borde interno de su botín, ya se arrojaba instintivamente hacia su izquierda para evitar ese gol. Gutiérrez, en ese momento, no pensó en nada, ni siquiera en el cómo el cabrón de Ortiz podía chutarle con tanta libertad cerca del área chica. Con sus manos estiradas, Gutiérrez simplemente se arrojó logrando así desviar el balón de una trayectoria que acababa ineludiblemente al fondo de su arco. Su cuerpo, tras horas y horas atajando durante la semana, finalmente cumplía su propósito.

 

—¡Tapó! ¡Increíble! ¡Lo detuvo!—, se escuchó primero en una radio.

—¡Dio rebote!—, gritaron varios hinchas enardecidos a continuación.

 

Sin embargo, Gutiérrez no estaba para sorpresas, por lo que después de unos segundos en el suelo, logró desprenderse del césped alcanzando de milagro la segunda pelota, justo cuando Ortiz ya ensayaba un improvisado cabezazo, obra de su propio olfato de goleador.

 

—¡Soberbio Gutiérrez! ¡Qué gran arquero!

 

El empate se mantenía, al mismo tiempo que los aplausos, gritos y sentimientos de victoria de los hinchas locales contrastaban con la frustración, el silencio y el semblante preocupado de los visitantes, quienes veían cómo el campeonato se esfumaba en manos de ese pinche guardameta. Nunca mejor dicho, pues los «¡Gutiérrez! ¡Gutiérrez!» se multiplicaron durante casi toda esa tarde en el Estadio Azteca, sin saber que, al final, los cuántos goles evitó y las cuántas veces detuvo a Ortiz solo valdrían para la estadística. ¡A la FIFA!

 

—¡Un muro ese Gutiérrez! ¡El campeonato es suyo!

Solo halagos se repitieron una y otra vez desde la cabina de transmisión, una y otra vez… Hasta que la vida se manifestó… en gloria y majestad, cuando en el fatídico minuto cuarenta y cinco del segundo tiempo, un grosero error de nuestro héroe nos recordó, de golpe y porrazo, que todo partido dura noventa minutos, más alargue.

 

—¡Gooooooooooool, gol, gol, gol! ¡El gol del campeonato!

 

Luego, un minuto adicional solo para cumplir con el infumable protocolo.

Al final, «¡Chinga tu madre, Gutiérrez!» sería el condenable y único grito de cierre de una hinchada incrédula, enojada y decepcionada frente a un encuentro que acabaría uno a cero en contra. El ahora antihéroe Gutiérrez, tal como era de esperarse, no emitió ninguna declaración después del partido.

 

José Baroja es un narrador chileno nacido en 1983 en Valdivia. Entre sus libros destaca Un hijo de perra y otros cuentos (2017), El lado oscuro de la sombra y otros ladridos (2020), No fue un catorce de febrero y otros cuentos (2021) y Sueño en Guadalajara y otros cuentos (2023).

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