Poesía. José Ramón Muñiz Álvarez

© José Ramón Muñiz Álvarez

 

LA RUINA SILENCIOSA Y OTROS POEMAS

 

LA RUINA SILENCIOSA

I

Testigo del milenio,
de lluvias incesantes,
la ruina silenciosa
seguía dominando el panorama.
Seguían dominando el panorama,
los campos, las colinas, sus almenas,
cansadas como el viento
—los vientos siempre tienen, en su estilo,
sus gestos, sus renuncias, la fatiga
de siglos cabalgando cada valle—.

II

Dejada a su capricho,
vencida y olvidada,
la ruina silenciosa
también era guarida del raposo.
También eran guarida del raposo,
del cuervo y la lechuza, aquellas piedras
bañadas en los siglos
—los siglos siempre muestran la paciencia
que pide cada siglo, porque el tiempo
bosteza, fatigado de sí mismo—.

III

Rendida a su fatiga,
manchada por los líquenes,
la ruina silenciosa
lloraba sus tristezas cada tarde.
Lloraban sus tristezas cada tarde
los verdes del helecho, los helechos
y más de algún arbusto
—arbustos hay que lloran cuando el agua
desciende de la altura con la lluvia
que quiere ennoblecerse con sus bríos—.

IV

Vencida por el tiempo,
cubierta por la hiedra,
la ruina silenciosa
miraba los paisajes de la zona.
Miraban los paisajes de la zona
las nubes que pasaban cada tarde,
los brillos del crepúsculo
—también arde el crepúsculo a lo lejos,
con púrpuras, con oros, con destellos
que pierden cada tarde una batalla—.

V

Maldita, destronada,
dejada a la intemperie,
la ruina silenciosa
sabía consolarse en el silencio.
Sabían consolarse en el silencio
los rayos de una estrella, los colores
del alba primeriza
—la aurora, cuando nace, pide el beso
que quiere pronunciar las esperanzas
al bosque, al eucalipto, a las aldeas—.

VI

La voz de algún zorzal nos lo repite.

 

LA ESCARCHA QUE DESCANSA SOBRE EL PRADO

I

La escarcha que descansa sobre el prado
nació de madrugadas inclementes
que, lejos de templar el tiempo infame,
trajeron, en las noches despejadas,
alientos asesinos y violentos.
Después, cuando la aurora halló camino,
se vio en cada sendero, y la vereda,
queriendo retratar, con sus pinceles,
la luz del alba clara y su reflejo,
robó de su paleta los colores.

II

La rosa moribunda conocía
su suerte, su destino, y la esperanza
de hallar reposo al fin, tras las tormentas,
jugó con la ventaja del engaño,
pues ella consintió su decadencia.
La visteis decadente y engañada,
desnudo su capillo de los pétalos,
lo mismo que los versos descarnados
que ya pintaron toda la dureza
del viento en los momentos del Barroco.

III

Y, muerta ya la rosa, su fatiga,
sus luchas, sus esfuerzos, sus batallas
y el triste desenlace que sufrieron
su aroma y el espíritu valiente,
que asume su final con el crepúsculo
—las rosas tienen algo de crepúsculo—,
los parques se quedaron solitarios,
quedaron los eneros sin amigos
y todo fue, de pronto, melancólico,
lo mismo que la tarde de un domingo.

 

TAMBIÉN HUBO UN VERANO

I

También hubo un verano
y el eco mentiroso
del brillo, para junio,
lo dijo ya muy cerca de los pueblos,
las costas y las sierras encrespadas
de un norte que, cansado granizos,
le dijo un sí a la vida.
Fue mayo el que le trajo esa sonrisa
de luz en cada playa ante la espuma,
de fuego ante la noche interminable.

II

Y un brillo ante la noche,
mirando lo lejano
y el horizonte herido
por ese gris que trae la amanecida
—el brillo que no cede ni negocia
con sombras y cortinas, esparciéndose—,
lo dijo claramente:
es hora de que grite la atalaya,
es hora de que cante la atalaya,
que se alce a los lugares más recónditos.

III

La voz de la atalaya
voló, como los vientos,
dejada a su capricho,
como esos bandoleros de otras épocas,
montando yegua overa y conquistando
baladas y romances que cantaron
en tascas olvidadas.
Pero este fue un relato sin corceles,
sin bellos garañones que corrieran
los campos y la sierra a su albedrío:

IV

la voz de la atalaya
voló, como la brisa,
buscando nuevos reinos,
queriendo conquistar mundos extraños.
Y, cuando, al conquistar mundos extraños,
islotes y penínsulas perdidas,
halló lo inabarcable,
dejó de ser posible lo posible
y el eco que dejó fue confundiéndose
con ese olor a mar que hay en el aire.

V

La voz de la atalaya
voló, como las aves
que corren todo el cielo,
para encontrar las luces de los faros,
los cabos de los faros, los cantiles
de cabos y de viejos promontorios
que aguardan en silencio.
La voz de la atalaya halló el silencio,
sabiendo confundirse, sin apuro,
mezclándose al silencio de la nada.

 

UN VERSO REPENTINO ABRIÓ CAMINOS

Un verso repentino abrió caminos
en el color del alba con el el alba
—el alba fue más bella con el alba—.

 

LAS OLAS PEREGRINAS

I

Las olas peregrinas
conocen a estas gentes,
comprenden su carácter.
Son muchos los kilómetros que siguen,
cuando el viento, a su capricho,
las hace que se arrastren a las playas,
buscando las arenas.
En esos viajes ven al atunero,
su fuerza, sus afanes entre espumas,
su empeño en el peligro y la tormenta

II

—no siempre es un amigo,
llegado de lo lejos,
el brillo del verano,
pues, muchas veces, toca marejada,
tormentas de violencia indescriptible
momentos de dolor y de penuria—.
Impone su respeto
saber lo que se arriesga, pues los mares,
hermanos del descanso del bañista,
son duros cuando quiere su capricho.

III

Y, ahora, cuando vemos
que el mar está en sosiego,
sabemos que hay poesía,
que vibra la poesía en la belleza del mar,
su inmensidad y su potencia.
Muy lejos, los pesqueros, en las aguas
del sueño del Cantábrico,
se enfrentan sin temor a lo que el aire,
los vientos y el azar vayan dictando
—Neptuno es obediente con su juicio—.

 

DE PRONTO, YA ES SEPTIEMBRE…

De pronto, ya es septiembre, y, en septiembre,
la helada vuelve a hablarnos en su idioma.
¡Qué triste es el lenguaje de la escarcha!

 

EL FARO VIO EL CREPÚSCULO

I

El faro vio el crepúsculo,
las luces del crepúsculo,
las noches del crepúsculo
—no siempre los crepúsculos son tristes,
y el faro, al ver las luces de otros faros
abrió su luz al mundo de la noche—.
El faro y el crepúsculo
tenían su noviazgo con la noche,
vivían su noviazgo con las sombras
del mar que nunca calla en los cantiles.

II

Entonces se apagaron,
llegados a un octubre
de lluvias y otoñada,
las luces que encendían la mañana
con esas alboradas repentinas.
De golpe, las auroras, temerosas,
se hicieron algo tímido.
El sol lamió su herida al asomarse
por esos horizontes que, en el fondo,
preparan escenarios sorprendentes.

III

Son una balconada
al alma que los mira,
sabiéndose el reflejo
del mundo que despierta y que, despierto,
se deja adormecer, se ve cobarde,
lo mismo que ese sol que nos traiciona,
dejándose al otoño.
Lo mismo que la ruina en la colina,
vosotros, como yo, sin esperanza,
nos desvaneceremos sin apuro…

 

José Ramón Muñiz Álvarez (Gijón, 1974), tras una infancia en Candás (concejo de Carreño), de donde es natural su familia (la otra rama procede de Puerto de Vega, villa naviega próxima a Luarca), estudió Filología Hispánica y Especialista en Asturiano, si bien, en la actualidad, vive de la docencia, como profesor de Enseñanzas Medias, en la Comunidad de Castilla y León.
Caracterizado por un fuerte vínculo con su tierra y su gente, Muñiz cultivó la poesía desde muy temprano, llevado por una pasión que ya venía de antes de la adolescencia, conectando tanto con la naturaleza de su propio lugar de origen (Asturias) como con la poesía de los tiempos barrocos, interesándose desde muy pronto por formas clásicas y lo efímero de la existencia.

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