El nombre de Dios
Al culminar la guardia, escuchó los estertores del anciano, que ya llevaba tres días internado. En esa respiración entrecortada, los yah y los weh se sucedían uno tras otro, como el péndulo desgastado de un reloj antiguo. Él sabía que el hombre iba a morir; menos mal que su turno terminó y no tendría que firmar los papeles de siempre.
Había leído que los místicos decían que en el jadeo de la agonía se articula el yah–weh del tetragrámaton primordial, quizá como un último clamor.
Salvo el anciano, la desvelada fue tolerable: un hombre retorciéndose por un cólico y una mujer embarazada con preeclampsia.
Dejó el hospital y condujo a casa. La ciudad despertaba somnolienta; solo vio a un barrendero recogiendo los desperdicios de la noche previa. Planeaba descansar unas horas y luego salir al campo por un par de días.
Se estacionó y entró al departamento. Cerró las cortinas y se aflojó el cinturón. Apenas se hundió en la cama, el teléfono sonó.
—A última hora entró un viejo con neumonía. No saldré a tiempo —dijo la mujer.
—Acabo de salir de guardia. Llevo dos días sin dormir.
—No va a ir al colegio solo, ¿no?
—Está bien. Yo me encargo.
Tomó las llaves y bajó. A medida que avanzaba en el tráfico, los párpados se le cerraban. Destapó la botella de agua que tenía en la guantera y la vertió sobre los ojos.
Frenó. Salió del auto, se acercó a una casa y tocó el timbre.
—Matías, ¿qué sorpresa? —dijo el anciano.
—La sorpresa también es mía, don Aníbal. Se le complicó la guardia a Sandra y he venido por Santiago.
—Justo acaba de desayunar y se está cepillando los dientes.
Matías se acomodó en un sillón. El anciano se alejó. Tosió.
—Se ha resfriado, don Aníbal.
—No, solo es alergia. A mi edad hasta el sol es nuestro enemigo.
—Estos días nos están llegando varios pacientes con complicaciones respiratorias.
—Sí, algo me dijo mi hija.
Santiago apareció en la sala y sonrió a su papá.
—Mamá dijo que vendrías.
—Sí, hijo. Ella ya te recogerá.
El anciano se sentó y tosió con más intensidad.
Matías lo observó. Pensó en el hospital, en los monitores, en el oxígeno.
Don Aníbal comenzó a jadear.
Santiago cerró la mochila y se la dio a su papá.
Matías la dejó sobre el sillón y le entregó las llaves del auto.
—Tráeme el estetoscopio.
No quería volver a escuchar el nombre de Dios.
Martianus Hlothari, seudónimo de Elías Ernesto Aguirre Siancas (Lima, Perú), es neurocientífico y docente universitario. Su escritura explora el cruce entre el rigor biológico y la ficción simbólica. Es autor de El libro circular (2025), La geometría de los reflejos (2025) y La frialdad del metano (2026). Asimismo, su obra ha sido publicada en revistas y portales literarios de Perú y Chile, entre ellos Revista Montaje, Revista Mal de Ojo, Hoja de Babel y Voces Inéditas.
